Y sigo viajando

Un viaje empieza casi siempre en la cabeza, en la ilusión de irte a un lugar u otro, ya sea en la otra punta del mundo o cerca de casa. Después te subes a un avión que te traslada milagrosamente al destino previsto. Ahí arriba, en ese espacio atemporal, en esa cabina presurizada, alimentas tus expectativas de viaje.

Voy de casa al colegio, son unos veinte minutos ida, veinte vuelta. Son como un puente: hacia una dirección me despido de la realidad, hacia la otra me reencuentro con lo imaginario. Necesito ese puente para conectar y desconectar. Para hacer el viaje mental que me lleva a mis sensaciones más profundas, a lo que realmente quedó de ese viaje corpóreo. Busco imágenes evocadoras en mi cabeza:

Un mar de olas que se mecen, un mar de trigo y amapolas, suave desde lejos, áspero de cerca… a veces verde, a veces rojo, dependiendo de dónde sople el viento.

Nosotras cuatro ( cinco si contamos al elemento diminuto que nos acompaña, como compañera silenciosa) sentadas al pie de una pared, como tantas veces a lo largo de nuestra amistad.

Una copa de vino, una risa, un bocata, la noche estrellada, la luna llena, una cama estrecha para dos, el grigri en las manos, su voz, la roca pinchuda, los brazos cansados, ganas de cagar, hambre, sueño… su compañía.

Somos amigas y no nos importan demasiado los defectos ajenos, aunque a veces, solo a veces, nos cuesta convivir y pensamos ¡Ay que bien se está en casa con mi chico sin tener que esforzarme por aguantar a nadie ni por explicarme! Pero es de esos esfuerzos que dan gustito, como escalar una vía muy dura con alejes, esos esfuerzos que si dejamos a un lado nos dejamos un poco a nosotras de lado, a la esencia de vivir de lado. Porque nuestra amistad se sustenta en el respeto de las pequeñas debilidades de cada una.

Es difícil que la amistad perdure, es como el amor que perdura, como todo lo que perdura, un trabajo de tolerancia y complementos: tú tienes los pendientes que a mí me gustan y yo la falda que te sienta bien y así las dos vamos tan guapas…

Nos entendemos bien, no a la perfección, tenemos nuestras diferencias, nuestras tensiones, esos momentos de juzgar o de desencontrarnos que forman parte de la verdadera amistad. Y nos reímos de nosotras y del mundo. Y nos entendemos sin palabras. Y nos criticamos abriertamente. Y alguna palmadita en la espalda para sentirnos mejor. Y hablamos de todo lo inimaginable y qué gusto cuando se acaban los temas de conversación y los pájaros cantan fuera, en la noche, y solo una copa de vino y esa presencia nos sirve, es nuestro refugio. Ese lugar solo para nosotras, sin sexo, sin familia, sin patria, sin dinero… pero solo para nosotras. Como brujas de un aquelarre misterioso al que estamos orgullosas de pertenecer.

Después te subes a un avión que te traslada milagrosamente al destino previsto, pero mi viaje no ha sido solo moverme físicamente de un lugar a otro, ha sido una experiencia. Una amiga me preguntó ¿por qué conocemos casi todo sobre Scott y casi nada de Amundsen que al final fue el primero en pisar el Polo Sur? Porque Scott escribió, se molestó en poner en un diario cada cosa que le pasaba o pensaba y al final, ese viaje se hace infinito, y habrá tantos viajes como lectores… porque un viaje se vive tantas veces como se lee.

Ahí arriba en ese espacio atemporal, en esa cabina presurizada, sigo escribiendo y leyendo, sobre ese camino recorrido, sobre esas mujeres que me acompañan en la vida a pesar de las distancias y los desastres. Alegremente sigo viajando, a su lado.

Posibilidades

¿Cómo moriré?, se pregunta a menudo, en los momentos más morbosos o tétricos. ¿Tumbada en una cama? ¿Vieja y senil? ¿Asesinada violentamente? ¿Sufriendo una terrible y larga y lenta enfermedad? ¿De manera absurda y accidental? ¿Sin darme cuenta? ¿Salvando una vida?

‒La muerte tan asumida y tan incierta. Menuda, mierda.

Siente que todo está muy lejos, que lo que fue y lo que viene está muy lejos… siente que las posibilidades son infinitas y a la vez son aterradoras, porque es la posibilidad de que ocurra algo lo que le asusta, lo que le apasiona.

Escala, la chapa alejada del pie y sigue subiendo y se siente asustada, de pronto, no solo por la caída en sí sino por la posibilidad de caer, por ese instante justo antes de caer. En el que eres tan poca cosa.

La casa en silencio y a oscuras, una casa que hace unas horas era toda gritos y bullicio, ya no se imagina un hogar silencioso, que no tenga risas de niños y lloros y rabietas… sería una tumba. No es que no le guste la soledad sino que le angustia pensar en la verdadera soledad, en la posibilidad de una casa vacía. En la posibilidad, cada vez más certera, de seres humanos encapsulados.

‒Me pregunto, a la hora de la verdad ¿dónde se mete todo el mundo?

En la playa había una piedra y la niña rubia decía que era del mar y entonces, la niña rubia, dedujo que eso antes había sido todo mar… ella piensa que le hubiera gustado vivir mil años antes, o  mil años después.

‒Es conmovedor que todos hayamos sido niños llenos de inocencia, de ilusión y posibilidades de ser…

Conversa con la chica y le dice algo de una página de contactos, de la pérdida de espontaneidad en esas citas. Otra vez las posibilidades: ¿es posible que me gustes, que te guste, que nos gustemos? Las estadísticas dicen qué sí pero ¿qué sabrán las estadísticas de física y química?.

El facebook y su ensalada de historias que mezcla terremotos en Sumatra con felicitaciones de cumpleaños, encadenes, muertes, algo de poesía… todo con la misma importancia y diseño…

‒Quizá somos así, ‒reflexiona‒ un montón de variables dentro de la misma ecuación, un misterio sin resolver. Esa esperanza puesta en un quizá.

A ella le preocupan las posibilidades de cambiar, de realmente decidir lo que eres y lo que quieres sin condicionantes, le interesa romper la cadena. Dejar de hacer, decir, pensar lo que hicieron, dijeron, pensaron, los padres de nuestros padres de los padres de los padres… crear otras posibilidades del mismo mundo.

‒Tomarse en serio el tema este de cambiar las cosas, de que nuestra responsabilidad con la vida es cuestionarnos lo establecido, lo aprendido. Poner nuestro punto de vista.

–Porque si nadie se hubiera preocupado de mirar más allá, de dejar de decir “siempre se ha hecho así” nada habría cambiado nunca… ¿no?

Realmente antes todo esto era mar.

Y mientras habla se da cuenta de que todo está dicho, demasiadas palabras… ¿Queda algo para decirte mirandote a los ojos?  las expediciones a los lugares más salvajes y peligrosos, los viajes, con tanta comunicación on line, seguimiento instantáneo, noticias a todas horas, video conferencias en directo…

‒No es mejor ni peor ‒aclara con mucha seriedad‒ pero vuelves a casa con menos cosas que contar.

Una botella golpea contra las piedras. Su cara se ilumina. Se acerca a ella expectante ¿llevará dentro algún mensaje?

Una página arrugada, borrada, rota, una cuantas palabras ininteligibles…

‒¿Qué pondrá?

Las posibilidades son infinitas.

Del montón

Creemos que somos especiales, que hemos hecho o que haremos algo que nos diferencia de los demás. Pensamos que lo que nos hace únicos es lo que nos hace diferentes, a lo mejor porque nos vendieron ese slogan de que lo mejor es lo primero o lo más valioso lo que otros no serán capaces de hacer. De que somos irrepetibles por lo que logramos hacer.

Fuera el viento trae una lluvia afilada que choca contra la fachada y las ventanas. Dentro hacemos el amor a escondidas, no solo por escondernos de las miradas sino por escondernos del mundo, ¡es tan grande y hay tanta gente en este preciso instante haciendo el amor a escondidas! Pero la lluvia me habla a mí y su piel, aquí y ahora, es solo para mí. Y además me da tanto gustito que no me importa ser una del montón.

Confío demasiado en las capacidades del ser humano: todo está pensado, todo está hecho y dicho y escrito y escalado, inventado, descubierto…. y si no ya lo estará independientemente de nosotros, de todos nosotros que en cien años ya no andaremos por aquí. Lo que no hagas tú lo hará otro, quizá no ahora pero háblales a los marcianos, que nos miran sorprendidos, de mil insignificantes años.

Y antes la escalada era así, pienso. Estamos solos y la roca nos saluda porque ya nos ha visto por aquí, el sol pica pero las nubes vienen acompañadas de viento norte y hace frío. Ahora el sol pica y hacemos el amor al descubierto, y si el buitre mira será que no tiene nada mejor que hacer, y si me siento especial tal vez es porque el cielo ahora ha decidido arroparme, arroparnos. Una manta, por muy inmensa que resulte, todos sabemos que no da para tantos cuerpos desnudos. Si alguien viene y nos pilla así probablemente sería escandaloso, vergonzoso… Me pregunto que pasaría si nos encontrasen discutiendo, tristemente nos sentiríamos menos mal.
La hormiga también me ha descubierto y escala por mi rodilla, debe creer que está subiendo la montaña más alta en solitario…

¿De dónde he copiado estas palabras, estas ideas? Y esa insignificancia nos da toda la grandeza. Como la virtud de ser mortales nos dota de intensidad y dramatismo, el empeño de ser únicos y grandes en este universo inmenso llena de dignidad nuestra insignificancia.

A lo mejor me están mirando a través de un microscopio, puede que solo sea un bicho en una jaula gigante que a mí me parece un mundo lleno de posibilidades ¿seremos un experimento de otra raza superior?

En ese caso qué pensarán de una mujer menuda, en absoluto frágil, colgada sola 32 días en una pared para su particular exploración vertical. Sin teléfonos, ni radios, ni partes meteorológicos, yo sé de su mirada independientemente de todo lo demás ¿pero ellos?… seguro que les hace plantearse que realmente somos unos bichos muy raros. Tan especiales haciendo proezas, tan especiales haciendo el amor. Tan del montón.

Y pienso que nunca has mirado a nadie como me miras a mí. Y siento que si tuviera la certeza de que sí lo has hecho ya no tendría tanto valor esa mirada aunque seguiría aquí, reflejada en tus ojos, y dentro estoy yo; irrepetible, única, a pesar de los demás a pesar de las miserias y las grandezas.

¿Has soñado esto alguna vez? Seguro que no, pues eso.

Castillos de papel

Son las 3:19 de la mañana y un par de chicas discuten sobre el significado de mis palabras y la realidad que llevan tras ellas. Imagino que también hablan de cómo las historias nos ayudan en la vida. Cómo estamos hechos de retales de historias, de cuentos, de ficción…

Por la mañana me levanto cansada. Me levanto llena de dudas. Me levanto con nubes negras. Enciendo el ordenador mientras visto a la niña, juego con ella a que sus pies están dormidos y para demostrarme lo contrario corretea por toda la casa… doy a “enviar y recibir” a la vez que me dice adiós con la manita y la veo alejarse, alegre, segura de que el mundo está en sus manos, abierta a todo lo que le queda por descubrir.

Me preparo un café que me inyectaría en vena pero prefiero saborearlo. Estoy triste, por los libros secuestrados en argentina: las librerías y las editoriales argentinas han sufrido un estricto bloqueo que impide la importación de libros editados fuera del país, incluso los libros comprados por particulares y enviados por correo van a parar a la aduana.

De pronto parece que todo lo que hay es mierda, y me dejo vencer.

Reviso los correos, trabajo, algunos de facebook que ya veré cuando abra el face, los voy borrando sistemáticamente pero me encuentro el de dos apasionadas de la lectura y la literatura que me regalan esa noche en vela hablando de La piel desnuda… la piel recientemente resucitada de la quema. Y  me vuelven a conectar con la esperanza.

Vivo en un castillo de papel. Un castillo construido por los ejemplares que la editorial iba a destruir de La piel desnuda porque no cumple sus expectativas de venta. Espero no tener que construir realmente un castillo con ellos, estaría bien dormir entre palabras pero ¿Qué pasará cuándo llueva?

Esta mañana también me encuentro con el interesante video que habla del best-seller contra el mindundi y la política editorial respecto a ellos. Como un lúgubre aviso a los escritores. No pretendo ir contra las editoriales, tiraría piedras contra mi propio tejado y gastaría energía en el lugar incorrecto. Pretendo usar esa energía para hacer libros y textos de otra manera; hay que volver a apasionarse con leer y escribir; hay que defender a muerte la cultura para que esté en nuestras manos, ahora que todo parece estar en manos ajenas…

El problema es que la producción, el consumo y la cultura en general, está marcada por el imperativo de la industria: consumo rápido, obsolescencia programada. El valor de lo nuevo. Lo bueno es que en nuestras manos está el cambio, en nuestras manos está recuperar el valor de las cosas que fueron descartadas porque no se puede parar de producir. En nuestras manos está el ponerlas a circular… de mano en mano…

Y aquí estoy, con una montaña de libros para escalar, libros salvados de la pira o de la guillotina. En cualquier caso de una muerte temprana, quizá para morir como un sueño loco y romántico en el que caes en mitad de la noche.

Mientras tomo el café y escucho “Andando”, un poema de Juan Ramón Jiménez cantado por Daniel Mata, leo el mensaje de las trasnochadoras lectoras-escritoras, «Nosotros leemos, nosotros decidimos. Podemos cambiar todo lo que nos propongamos, solo hay que intentarlo» y me alegra la mañana. Las palabras de estas chicas en mitad de la noche me ayudan a recordar que en el silencio de nuestra soledad seguimos peleando cada día, porque hay historias que solo se agotan cuando el tiempo vence al papel, hay historias que nunca se dejan vencer.

The wild side

Un pulpo apareció en la orilla. Un pulpo grande y despistado. Un pulpo grande y desorientado. Un pulpo dañado por algo. En cualquier caso un pulpo apareció en la orilla.

Fue hermoso verle luchar por volver mar adentro, primero una estrella de mar inmóvil, después un alienígena enloquecido, para finalmente emprender esa danza de tentáculos contra la marea y perderse en las profundidades.
Las niñas juegan desnudas en la arena, tan cómodas en su desnudez, tan salvajes, al fondo los edificios crean un contraste grotesco y bello a la vez.

Escribo frente a la playa, mis palabras son como olas que van y vuelven. Suenan los coches y suena también el mar rompiendo. El sol se escondió hace rato, aún hay luz, una luz mágica como la última caricia de una despedida. Se encienden las farolas, y los faros de los coches, pero el día aún no dice adiós y cuando todo se solapa es cuando más siento que no puedo dejar de mirar este mundo de contrastes.

Más lejos aún me saluda el Puig Campana, detrás el valle de Sella donde hemos estado perdidos. Mientras me descuelgan de una vía me doy la vuelta, veo el valle, los árboles, el cielo que se rompe entre las crestas.  Me gustaría recorrer cada rincón de este valle, perderme como el ermitaño que lleva aquí quince años, quince años sin salir del valle… reencontrarme con lo salvaje.

Me pregunto por qué nos alejamos tanto de la naturaleza, de nuestra naturaleza. Por qué no dejamos correr a nuestras piernas, por qué nos empeñamos en ser otra especie que no fue diseñada para trepar y cazar y caminar y amar. Y nos quedamos en el sofá sin que despierte toda nuestra inquietud, y renunciamos a la incertidumbre que nos hizo estar alertas para descubrir y crecer y evolucionar. Y esa evolución nos ha acabado tirando en el sofá.

Por un momento me gustaría renunciar a todo lo racional, lo cerebral, me gustaría dejar de escribir sobre este teclado y hacerlo en la arena de la playa, quitarme toda la ropa y estar plenamente cómoda en mi piel desnuda, descubrir que la comodidad no es lo más fácil sino lo que me hace sentir más natural. Escuchar esa parte de mi animal que me lleva a caminar por el valle para oír el canto de buenas noches del búho a lo lejos…
Saber cómo se llaman las estrellas y las flores y sentir el paso de las estaciones y comer fruta de temporada y sostenerme sobre las puntas de los pies a punto de caer pero en un mundo más sostenible y reencontrarme con mi lado salvaje.

Veo las luces de las farolas a la vez que una luna enorme se refleja en el mar. Motos a todo trapo, amantes abrazados en la arena.

El pulpo ha preferido meterse mar a dentro. Apago el ordenador. Bajo a la playa. Me quito la ropa. Escribo en la arena. Me sumerjo en el agua y ya solo pienso en el frío.

Al otro lado

Sé que estás ahí. Sé que te puedo ver si levanto los ojos de estas líneas, si dejo de explorar el interior de mi cabeza y me asomo a la ventana. Al otro lado de mis palabras.

Me gustaría ponerte rostro. Saber cómo hueles, cuales son tus gustos. Pasear a tu lado una noche de verano, con los grillos cantando y la cálida brisa en la piel. Me gustaría que me contases tus deseos y me desvelases tus miedos, quizá que me agarrases por la espalda para susurrarme algo al oído, algo en un idioma desconocido… me gustaría preguntarte si te leían historias en voz alta.

A veces imagino que eres un admirador obsesionado que me persigue en la noche, a veces anhelo que me raptes, secuestrada y exiliada a una isla desierta. Otras te adivino entre mi gente, como ahora, entre esas palabras de Bego en los comentarios de la anterior entrada, que me suenan conocidas: «Mis manos quieren libros, quieren liar y quieren juegos. No entiendo el deporte como esfuerzo, ni superación, ni competencia, me enseñaron que el deporte era diversión, para jugar necesitas compañía, para asegurarte un amigo, no sé que opinas tú».

Es lo más hermoso de escribir, compartirlo, que te lean, sentir que entablas un diálogo que no siempre es unidireccional. A mí también me enseñaron que el deporte era diversión, un juego donde tocar árbol era su máxima expresión, o a veces era una cuestión de supervivencia cuando el famoso bestiapolo que sufrimos toda la familia casi acaba con más de un ahogado. Ahora entiendo que el deporte, como casi todo, sobre todo aquello que se hace para uno mismo, debe ser lo que uno quiera que sea. Así lo vivo yo, porque la diversión no es la misma para una que para otros, porque el motor por el que nos movemos es diferente en cada cual. Lo más lindo de la escalada que los límites son increíbles porque te los pones tú y van evolucionando como tú, que aprendes mucho sobre quién eres, lo que la escalada te cuenta de ti, de cada uno… una amiga dice que se escala como se vive, la manera de escalar de cada uno es el reflejo de sus fantasmas, de sus sueños, de sus ambiciones, de sus limitaciones, de su magia… supongo que es ampliable a cualquier actividad deportiva.

Y si no todos vivimos la vida igual tampoco vamos a vivir el deporte igual.

Lo mismo pasa con el amor, con la familia, con la escritura… para qué escribo ¿solo para mí? Escribo para ti, para que me leas, escribo para el que no conozco, para aquellos que amo, para mis deseos secretos. Escribo para el posible hombre del futuro que encuentre un cuaderno escondido entre unas rocas. Para cuando mi hija crezca, para cuando ya no quede nada más. Escribo por el placer de escribir. Por la necesidad de escribir. Por el amor a las palabras, sus formas, sus significados, su catarsis liberadora.

Lo mismo que cuando viajas y vas de noche por carreteras oscuras y solitarias, sobre todo en invierno. Cruzas un pueblo o una ciudad, ves casas, edificios, dentro de ellos luces encendidas, luces de vida y hogar. Y quisieras estar ahí, quizá no para quedarte, ni siquiera para quedarte a cenar, solo para ver qué vidas se esconden tras esas ventanas encendidas, qué promesas.

Escribo para descubrirte al otro lado de mis palabras.

 

 

 

 

Otra primavera

Me acerco a la chica joven del autobús y, al bajar, la sigo porque siento conocerla. Llega a su portal, sus pies se arrastran ligeramente al llegar a casa, y eso que nada más tocar el asfalto tenían una pisada poderosa.

Iba mirando por la ventana, distraída. Mirándome las manos doloridas, entre las grietas de mi piel creo ver aún restos de magnesio, un poco de sangre, seguro que minúsculas porciones de roca… esto es lo más grande que puedo hacer con mi cuerpo, pienso mientras disfruto del dolor de las manos, de las agujetas del esfuerzo, del merecido reposo en este autobús, mirando por la ventana cómo los copos de nieve se estrellan contra el cristal. Me pierdo mirando las manos de la chica de al lado intentando adivinar de cuáles serán: las que acarician, las que golpean, las que escalan, las que limpian, las que mecen, las que hablan en silencio, las que masturban, las que curan, las que teclean….

Suena su móvil con una melodía moderna, que me hace sentir mayor porque es demasiado moderna para mí. La chica habla sin ningún pudor, consciente de que está sola. Los móviles convertidos en los altavoces de nuestra vida. Parece que su madre le dice (porque también oigo a la madre a través del aparato) que no ha llamado a su padre el día del padre. La chica sonríe y con sarcasmo responde que el día del padre es un invento de El Corte Inglés y que será, cree ella, para los padres, no para los que van a su bola.

Discuten un buen rato, tan alto, que no necesitan móvil. Pero yo ya estoy lejos de ese autobús, del dolor de manos, de la nieve… y recuerdo que mi padre se fue una primavera y que irremediablemente ha llegado otra primavera sin él. También Pau Escalé se acaba de marchar, aún en invierno, en una cascada de Gavarnie, uno de sus amigos asegura que para entenderle había que encordarse con él. Mi padre nunca se encordó conmigo. Pero pateó los caminos y saltó las jaras y pisó la nieve y contó estrellas fugaces una noche de verano.

La chica cuelga y mira la nieve con ira, creo que ella se quiere estrellar junto a esos copos y bañar el cristal de sangre. La imagen me produce un escalofrío.

Y la canción de Lana del Rey me lleva a otro amigo de Pau muy afectado por el accidente, está sin palabras y solo puede decir: Simplemente era mi amigo. Y con eso lo dice todo.

Recuerdo el programa de redes del 11 de marzo donde la investigadora en bioquímica y fisiología, Mónica de la Fuente, cuenta que ha descubierto que, analizando el estado del sistema inmunitario, podemos predecir la longevidad que alcanzará una persona. En resumen que el tiempo biológico no es el mismo que el cronológico. Mi conclusión: el tiempo está en nuestras manos…aunque siga siendo implacable. Aunque siga pasando rapidísimo cuando charlamos con una amiga y no se acaban los temas de conversación, y muy lento a la espera impaciente… el tiempo está en nuestras manos. Pues entonces quiero volver atrás, a aquella primavera de hace muchos años, con mi ira y mis ganas de sangre, quiero abrazarle y decirle adiós.

La chica se pierde en su portal y yo me marcho. Me falta valor para decirle que esta primavera el tiempo sí está en sus manos.

Inspiración

A veces no me siento capaz. Otras creo que voy a lograrlo. Algunas ni siquiera me apetece. En ocasiones pierdo el sentido y luego, en alguna esquina de luz intermitente, lo vuelvo a encontrar como si un viejo amigo olvidado y lejano llamase a mi puerta para darme un abrazo que me sabe a nuevo pero también al abrazo de toda la vida. Seguir leyendo Inspiración…

El elefante en la habitación

Hay un elefante enorme, está complicado caminar por la estancia, o sentarse en una silla… aún así todos hacemos como si no estuviera ahí y lo esquivamos y movemos la cabeza para mirar a los ojos del interlocutor sin que la enorme mole nos quite visión. Nadie habla de él, por supuesto.

Consigo sentarme en un rincón, entre las patas del enorme elefante parece que puedo ver algo… van a darle el Premio de Hoy de ensayo a Vicente Verdú con su obra La hoguera del capital, … y hablan, como suele hacerse en estos casos, del libro, que trata sobre las crisis que estamos viviendo y con su elocuencia nos cuenta que estamos en la era de la información, que las dos palabras más buscadas en Internet son sexo y Dios; lo que nos hace pensar que seguimos inevitablemente preocupados por la sexualidad y la trascendencia. Y alguien comenta que después de esta saldremos menos ricos pero más iguales. Y otro que todos somos víctimas civiles en esta guerra. Y el autor concluye que la crisis no es una crisis financiera sino una crisis del sistema democrático. Y también esta frase tan cierta y tremenda «fuera intermediarios parasitarios» lanzada en una sala inevitablemente repleta de intermediarios: agentes literarios, editores, periodistas, distribuidores… sonrío por lo bajinis ¿qué celebramos aquí? y sonrío más cuando pienso en una vaca dándonos la leche directamente de su teta ¿el individualismo ha llegado a tal extremo que solo hay sitio para uno mismo? Sí, los parásitos quizá deban largarse, lo que no sé es qué sucederá con todos los demás…

Pasan las bandejas llenas de exquisiteces, me cuesta alcanzarlas con el maldito elefante siempre en medio… estoy charlando muy entretenida…

–Aquí ha muerto alguien.

–¿Ahora?

–No… en algún momento… ha muerto alguien…

–Y nosotras aquí, zampando.

Me quedo sola, mirando al elefante a los ojos y cojo una uva de la bandeja. Se me acerca una desconocida muy simpática.

‒Eres la única persona a la que he visto coger una uva ¡ha sido tan espontáneo que ha quedado hermoso!

¿Estarán de adorno? Pienso. ¿Cómo una uva puede ser un adorno? Conversamos un rato muy agradable que no hace que se desvanezca el paquidermo… me pierdo en la conversación vecina:

‒Ya es primavera.

‒Bueno, nunca fue otra cosa este año.

Y vuelvo a Vicente Verdú: «se ha demostrado que se saca más de la cooperación que de la competitividad. La idea de que yo gano si tu pierdes es una idea antigua…»

Nos perdemos en lo general olvidándonos de lo particular, vivimos tan aburridos, tan agobiados por la crisis que ya no tenemos pensamiento crítico, que ya no sabemos cooperar, solo destruir… si estuviera aquí mi amiga Jillian o Nik diría esa frase tan apropiada, esa metáfora inglesa: There is an elephant in the room. Hay algo debajo de cada conversación y todo el mundo sabe que existe pero nadie lo nombra, algo obvio y grande… que no es lo mismo que gato encerrado… quizá el elefante pisó al pobre gatito… y de pronto el chaval de al lado se decide a hablar del elefante, con cruda naturalidad: «no os equivoquéis, esto no es una crisis, es el mundo real».

Apenas un segundo

Sentadas junto a la pared, al fondo un mar de árboles y de paredes es su horizonte.

La primera tiene arrugas en la cara aunque aún es joven, arrugas de sol y viento. La segunda tiene ojeras de los últimos tiempos, la tercera el brillo del amor estrenándose…

Esperan a que baje el sol para escalar, hace demasiado calor.

La segunda se recuesta, poniendo los brazos tras la cabeza, piensa que no le huele el sobaco demasiado bien. Cierra los ojos, escucha el sonido de la tierra recociéndose al sol. Si fuera verano estarían cantando las cigarras. Siente el polvo enredándose entre los dedos de sus pies descalzos. Siente su cuerpo muy presente. Viaja a aquella sala de hospital en la que estuvo hace apenas dos días. Vuelve a ser consciente de su cuerpo, no solo el polvo entre los dedos, el sudor de las axilas, el sol sobre la piel… es consciente del interior: un corazón latiendo, la sangre fluyendo, la saliva, los tendones que palpitan.

La primera lee en alto ese libro de Pennac tan sabio…

–Releer no es repetirse, es ofrecer una prueba siempre nueva de un amor infatigable.

Y siguen releyendo. Y su amor es infatigable.

El sol ya viaja hacia la tarde. La segunda escala en ese conglomerado de huecos y extensiones, de bolsillos ocultos y agujeros trampa. Sube mientras el ácido láctico empieza a hincharle el antebrazo, el viento en la nuca, el bocata en la boca del estómago, una nube ha puesto el mundo apenas un segundo en blanco y negro ¡qué gusto esto de escalar! Piensa. Y le viene Neruda a la cabeza «Muere lentamente quien no viaja» y su mente viaja a esa sala de espera. ¿Qué sentirá la anciana? ¿Tendrá realmente constancia de su cuerpo deteriorándose, como un pez que se ahogase? Intenta visualizarse en ese cuerpo, no está mal, se nota que he vivido lo mío…

Vuelve al reposo y a la vía y a la voz de sus amigas que la animan. Y a Neruda «Muere lentamente quien se transforma en esclavo del hábito». ¿Escalar es un hábito, una esclavitud una pasión o nada de eso? No le importa, escalando se siente de todo menos esclava así que sigue subiendo; ahora una mano y un pie y la chapa que se aleja y el cielo un poquito más cerca… La puerta de la consulta está difícil de abrir, sobre todo para una mano temblorosa, para un corazón angustiado. ¿Cómo enseñan a alguien a decir que no hay remedio, que los días están contados? Imposible aprender eso, es un conocimiento antinatural. Aún así las palabras salen de su boca sin media duda, y ellas entienden con total certeza que no hay nada que hacer. Ahora vámonos a casa.

Chapa la cadena y baja lentamente, mirando lejos, más lejos de lo que su vista alcanza… hasta ese pasillo largo y tortuoso que se ha vuelto oscuro a pesar de su recalcitrante blancura. Lleva a la anciana agarrada del brazo. «Pues menos mal que no me operaron en 2009 sino no conocería a la niña». Y de pronto parece como si el doctor serio y distante les hubiera regalado tres años de su compañía.

Caminan hacia el coche, casi sin luz, con el silencio en el que duermen los grandes días de monte. Se siente afortunada de ese momento de esa compañía, ojalá fuera tan fácil robar segundos, le prestaría unos pocos. Que no se me escapen, piensa mientras el paisaje corre tras la ventana. Y otra vez Neruda «Muere lentamente quien evita una pasión».

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