Vigías

Después de cerca de treinta años sigo sintiendo nostalgia del río, de vivir en una ciudad con un río grande, la humedad cuando cae la noche y estás cerca, las brumas matutinas, el otoño cayendo sobre el agua, mirar la corriente que es un poco como mirar una vida, pasar.

Hay un edificio en el que casi no he pensado y ayer por alguna razón volvió a mí, igual que el río. Puede que conducir de noche, tras un día de escalada, escuchando una canción de Neil Young… volar bajo no es muy recomendable…

Un edificio destartalado y sin encanto pero que en la parte de atrás tiene unas escaleras olvidadas que ya no van a ninguna parte, se oye el ruido de los coches cuando pasan por la autopista una cadencia repetitiva que es casi relajante, se ve la sierra a lo lejos, y alguien ha pintado grafitis en la puerta abnegada. Me dieron allí uno de mis primeros besos, en un atardecer otoñal, hace siglos de eso. Hace aún más de cuando iba a ese mismo lugar con mi padre, a un bar que hacía esquina y donde a veces me invitaba a una hamburguesa, o al cine que ya no existe (ahora creo que hay una tienda de zapatos, ¿contarán más historias los zapatos que las películas? seguro que sí) pequeño e incómodo donde vi la primera peli de mayores que recuerdo, una de Indiana Jones con mis hermanas y todos mis primos y me aburría tanto que me escapaba de la butaca y me ponía a enredar a gatas entre las piernas conocidas y extrañas.

En la rampa de entrada del edificio comíamos pipas y fumábamos unas adolescentes ávidas de conversación trascendental y superflua. Pasábamos de la metafísica al liso del pelo o del amor verdadero y único y para siempre al chico tan guapo que acababa de aparcar… y viendo pasar la gente se nos pasaban las tardes de invierno con olor a chimeneas y calefacciones y tubos de escape, el verano con el asfalto ardiendo y la rampa que nos quemaba el culo por culpa de las diminutas faldas que nos hacían pertenecer a algo o eso creíamos entonces… en primavera siempre estaba todo revuelto, como siempre pasa en primavera, y los almendros en flor quedaban demasiado lejos pero empezar a quitarse la ropa era una liberación en esa piel en ebullición. El otoño mojaba la entrada y a nosotras nos daba igual (siempre que no influyera en el liso de nuestro pelo) porque hablábamos de cosas importantes con tremenda naturalidad.

Después de mucha gente entrar y salir también nos movimos a otros lugares y otros mundos, dispersándonos, y esa entrada a ese edificio resultó ser punto de encuentro para partir a las paredes, y había adolescentes en la rampa mirándonos ir y venir mientras comían pipas y fumaban hablando de cosas importantes.

Y en el bar de Carlos debatíamos nuestros sueños, sin miedo a que se nos rompieran en pedazos, solo los poníamos sobre la mesa entre café y café y cigarro y cigarro antes de ir a trepar…

Recuerdo aparcar una furgoneta amarilla después de venir de correr y mirar un cielo de noviembre. Entrar en el bar de la esquina con la emoción de que iba a estar ahí, y ver el brillo que él veía en mis ojos, sentirme en casa en ese edificio destartalado y fuera de lugar. Predecir el comienzo de algo.

En las mesas altas con taburetes incómodos, hablar durante horas. Con amigos del alma, con él… pasando el tiempo sin prisa, de vuelta o de ida a alguna parte o simplemente permaneciendo, mientras alrededor todo cambiaba de lugar.

Y con el útero tremendo de vida desayunar hasta hartarme tostadas y café y notar que las sillas eran demasiado incómodas para un cuerpo transformándose.

Verla trepar por esos taburetes, golpearse con todo, porque no es un lugar adaptado para un bebé que gatea… y seguir hablando de cosas importantes, porque nunca se acaban por mucho que crezcas y los problemas son igual de intensos aunque parezcan más serios.

Hace tiempo que no entro por esa rampa, que no me siento en el bar de la esquina, que no aparco mirando la autopista y el cielo, o me escabullo a las escaleras abandonadas de la parte de atrás. Pero es mi lugar vigía.

Las paredes no se mueven, nosotros somos los que nos iremos algún día, y ellas seguirán ahí. Eso me esperanza, pensar en el trascurrir y en el misterio de lo que ellas verán cuando ya ninguno andemos aquí.

El edificio blanco y terrible, un cubo boca abajo en mitad de un cruce de muchos caminos, quizá también se vaya, como yo. De momento permanece. Y yo me muevo y me remuevo aunque él ya no me puede ver crecer.

Sin sentido

Tengo unos ojos que ya no saben ver. Cómo voy a mirarte a ti si tengo unos ojos que ya no saben mirar. Cómo voy a entender tu mirada con estos ojos ciegos de imágenes auténticas, plagados de copias y copias y copias y copias de las miradas de otros, de otras, de miradas y miradas que no son mi mirada.

Creo que ante un amanecer puedo ver. Imposible no mirar ese rayo de sol que, a primera hora de la mañana, hace dibujos en la pared y los dibujos, igual que las cortinas, se mueven con el viento.

Cómo voy a acariciarte con estas manos que no saben nada del tacto. Que llevan años tocando el mundo pero son infinitamente menos sabias al roce que tus manos.

En la roca pinchuda, a la que creo que subo esperando encontrar algo arriba, algo que se deje tocar que me deje sentir el tacto… poder ver desde lo alto. Puede que ahí sí sienta algo parecido a lo que tú debes sentir tocando un minúsculo grano de arroz, la arena de la playa, una mota de polvo, el barro, las baldosas…

Cómo decirte a qué huele este aire de otoño en mi olfato atrofiado de tanto que huele y huele sin pararse a olfatear como tú… Los almendros en flor, el sudor en la piel, tu olor recién llegada… me hacen conectar un poco con ese olfato del que tú no has desconectado.

Y si te hablo del gusto… sin saber que lo que tú degustas y deseas es realmente lo que necesitas mientras que mi gusto maltrecho en años de colorantes aromatizantes y mil mierdantes está muy por detrás del tuyo.

Los sonidos… la noche que te asusta en la que escuchas hasta el caer de esas pajitas que trae el viento. O las conversaciones en la distancia. O los aviones a lo lejos. ¿Puede ser que me haya acostumbrado tanto al ruido que ya no puedo oír? Y aún me atrevo a decirte desde mi sordera ¿me escuchas?

Y ya ni te cuento acerca del sexto sentido del que tanto habla todo el mundo pero al que no hacemos caso… intento que razones, darte razones que yo pueda (sin vista ni tacto ni olfato ni oído ni gusto) entender, que estén entre mis certezas sin comprender que tú portas tus propias certezas basadas en tu pulso interno, en tu escucha, tu mirada, tus caricias, tus olores y sabores y que tú ya estás formada. Vienes hecha sin necesidad de que yo te haga.

Desconozco quién vas a ser y además no me importa estoy deseando conocerte, vivirte, acompañarte.

Aun así insisto en prepararte, acondicionarte, asegurarte, lo que creo que es importante que entiendas y aprendas de este mundo. Un mundo que sin duda es el mío pero desconozco más qué tú cuál va a ser tu mundo.

Y tú me miras, disimulando, con el tacto suficiente para no decirme a la cara: mamá yo ya sé, ¿quieres que te cuente?

Y yo con estos pelos

Parecía que todo estaba roto o estropeado, pero ella quiso pensar que para ser subversiva en lugar de tanto hablar, pretender convencer o decir a los demás cómo deben hacer su vida, había que intentar ser la heroína de su propio cuento… al menos algunos días.

Quería vivir sin depender tanto de lo externo y material, sin depender tanto de todo el decorado que hace de nosotros y de nuestro mundo, de los demás y su mundo… una imagen: las cosas bonitas, las caras bonitas, lo perfecto, lo armónico… quería poder desprenderse.
Así que fue a casa de una amiga muy querida y le dijo que le cortase el pelo. No era peluquera ni lo pretendía pero no pensaba ponerse en manos de desconocidos para esa tarea, solo quería alguien en quien pudiera confiar. Alguien a quien confiarle su cabellera de tres años de vida. En ella había enredado los dedos ¡más de una persona!, y también había estado el viento y se había mojado con la lluvia, con el mar, con el sudor, con la saliva… solo flaqueó cuando la niña le dijo que se despidiera del pelo porque no lo iba a volver a ver.

–Ya pero volverá a crecer igual…

–Tú no lo sabes, a lo mejor te sale todo blanco…

Demasiado tarde, la larga trenza ya había sido muerta a tijeretazos.

Busca heroínas ficticias sin largos pelos, no las encuentra (a no ser que sean mujeres disfrazadas de hombres) está harta de princesas de pelos largos, de sirenas de cabellos brillantes, quiere ser su heroína particular: la de pelo rapado que a veces no actúa como el cuento se cuenta.

Esa que dobla la esquina por donde el viento silva, y pasa por el árbol caído y se encuentra un cielo en llamas. A lo lejos las siniestras agujas conglomeradas. Los dos, de la mano, no es un príncipe azul ¡menuda pereza! es un compañero de vida.

 

La misma que sube jugando con el viento que casi les arrastra. Sobre la cresta, el mar al fondo, el cansancio de un día de escalada, las cuatro juntas… dos madres y dos hijas mecidas por el viento. La caricia en la nuca, el soplar en la cabeza, sin pelo, le recuerda que todo lo que está fuera a veces nos desconecta de lo que llevamos dentro.

 

Aquella que escribe arriba, mientras abajo dibujan mundos en papel. Cada una con su taza de café, con su imaginario, compartiendo sin estorbarse. Le gusta sentirla cerca, como si las musas, al repartirse entre las dos, fueran más creativas y generosas.

Para ella ahora ni siquiera es importante el espacio que habita (que hace tiempo le parecía su reino) las paredes, el suelo, los cristales, las camas, las sillas… forman parte del mobiliario de las convicciones.

Renuncia a una ventana concreta desde la que mirar, sabe que en su cuento de brujas no es necesario asomarse a ningún sitio, a veces solo con cerrar los ojos y mirar para dentro y sentir el cuerpo, el movimiento espontaneo… el movimiento… el movimiento… la vida que se mueve… ese es su propio reino.

No quiere ser gobernada, ni siquiera por el subconsciente propio o colectivo. Sueña un anarquismo absoluto, una autorregulación total, buscar lo que viene realmente de ella… sus deseos auténticos.

Eso sí no piensa renunciar a un cielo en llamas. Ni a su compañía. Ni a la belleza de todo lo que le resulta hermoso sin adornos ni artificios. Y si el mundo se derrumba es cosa suya. Se queda aquí. Sin nada. Contigo.

Y en su cuento, cuentan, que dice una sabia mujer: ahora soy menos ficción.

 

La lista de la compra

Estaba sentada en una silla, al lado de una rotonda de una carretera secundaria. Pelo largo y brillante, botas altas de tacón… ¿En qué estará pensando mientras espera? Y justo a su lado un cartel de “se vende suelo”, iba a hacer la compra y tenía cielo sobre mí ¿estará en venta, también? He pensado en todo lo que no se vende ni se compra y tiene un valor incalculable. Se me han escapado los números en la cabeza intentando ponerle precio a un corazón de viento, a una mirada traviesa, la saliva cuando el miedo o la excitación suben por la garganta, el pensamiento esperanzado y fugaz de algo que se escapa por la ventana pero siempre vuelve… y en mi lista de la compra he metido todo lo que no se paga con dinero ni puede meterse en una lista ni está en venta.

Un rayo de sol para cuando sienta frío.

Tu presencia que hace habitable cualquier estancia.

Azúcar para las lágrimas, alcohol para las heridas, consciencia para vivirlo todo sin deshacerme.

Lo pequeño, intenso y delicado que aprendo a tu lado.

Si la vida es esto estoy tremendamente viva.

La nube gris que trae viento de lluvia y huele tan bien.

Tantas rocas que no me quepan en una sola vida, por si el ansia y la avaricia me sientan mal puedo compartir con los de siempre y con gentes que endulzan el caminar.

El bosque oscuro, donde las brujas y los duendes se esconden.

Un rincón (más pequeño que un mundo) donde me amen incondicionalmente y sea capaz de amar sin condiciones, sin exclusiones, sin miedo.

A cada lado, cuando el mundo se oscurece.

Un sauce llorón, debajo caben casas para todos.

Días que traigan fuertes sacudidas para no perderme dentro de un aletargado ensimismamiento.

Un recorrido de aprendizajes.

Todos los libros que no han escrito Daniel Pennac, Sylvia Plath, Sándor Marai o David Benioff…

Todo lo que dejaste de ti.

También lo que te llevaste contigo.

Y lo esparcido por la tierra donde quizá crezca una encina.

Palabras desbocadas que salgan de una parte no racional, inconsciente. Sin método, sin objetivo, ni estructura, ni finalidad… que nacen como un torrente desde algún lugar del organismo como si fueran una prolongación de la mano o de los labios o de los dedos de los pies o del clítoris.

Los sueños que te despiertan en mitad de la noche.

Una educación sin comparación, sin juicio, sin chantajes, sin juegos de poder, sin premios ni castigos.

Las letras que dibujo sobre tu piel y tú inventas o adivinas.

Todo lo que se habla en voz baja, susurrando y ronroneando.

Y los gritos de alegría, de indignación, de placer, de ira, de alivio.

El espacio necesario para asimilar.

Las personas con las que te encuentras y te juntas y juntas cambias por dentro y por fuera y por alrededor.

El tiempo necesario.

La aceptación absoluta sin una tenue expectativa de…

HOY, aquí, en este lugar, somos únicos, somos exclusivos y no te pido nada más que HOY.

La infancia que perdura hasta siempre en el alma.

El sueño profundo para cuando la noche, cansada de verme pasearme por ella, se enfada.

Eso que flota y me da justo lo que yo necesito.

La respuesta a por qué nos cuesta siempre relativizar las cosas y no convertir nuestros hallazgos en el centro del mundo.

El hilo de la memoria, la maraña de los recuerdos, el tejer redes para un futuro más amable.

La escalada como expresión vital.

La certeza: nada puede salir mal.

Estas imperfecciones que somos.

Pies fríos por el viento del otoño.

Cuando el cuerpo huele a ejercicio saludable.

Y no te das con el cielo en la cabeza.

Ni tienes necesidad de bucear a las profundidades en busca del improbable paraíso de las sirenas.

 

Como perdí la lista, con tanto ajetreo, y el dinero me quemaba en las manos, me mandé hacer un vestido que por algún motivo siempre he imaginado que sería de color verde esperanza.

 

Paralelo

Llueve fuera. Dentro hace un día soleado.

Mundos paralelos se chocan en un único mundo: nublado, 19 grados, chubascos intermitentes… mientras:

Le gustaría confiar en su Yo del pasado, la que tomó aquellas decisiones. Pero es como encontrarse con alguien a quien has dicho te quiero y ahora casi ni reconoces.

Cuando murió su padre se encerró en la habitación de la música y estuvo aporreando las teclas durante horas, de forma agresiva, liberadora, mientras lloraba a todo pulmón con sus 15 años recién cumplidos.
Ahora desliza los dedos todo lo rápido que puede, mientras un millón de lágrimas se deslizan por sus mejillas.
Le gusta verla así, a pesar de la tristeza que le produce verla así, Ella tan dura tan “todo bajo control” pierde los papeles, la paga con el pobre piano y llora, sobre todo, llora.
Hay muchas formas de llorar. Ella no desvirtúa el llanto, llora con tanta naturalidad y sencillez que parece que esté disfrutando su llorar como si de una carcajada se tratase.
No le importa que Él esté ahí, mirándola sin saber qué decir pero sin sentirse incómodo, simplemente disfrutando del bonito espectáculo de verla llorar mientras toca el piano.

Sintiendo su dolor como yo lo siento.

La araña vive escondida en el retrovisor aunque a veces, cuando Ella la espía desde dentro del coche, puede verla caminar a toda prisa por su tela para cazar a la mosca que, paralizada, espera que la esconda tras el espejo, donde Ella imagina que tiene que haber un país de arañas con sus casas, sus hijos, sus supermercados arañiles… no se inventa que puede haber mundos muy diferentes, sin esquemas, sin que el miedo sea proyectar un mundo en el futuro, sin supermercados, ni estructuras, ni siquiera para una araña.

Los espacios, cuando Ella está, son para Él algo distinto. Ella siempre tuvo el don de entrar en una habitación y llenarla de luz con sus ojos y de música con sus carcajadas. Ella siempre tuvo el don de salir de una habitación repleta de gente y dejarla vacía sin su presencia. O eso siente cuando llena el espacio que habita Él.

Intenta escuchar las palabras ¡pero a veces las palabras dicen tan poco!, y su lenguaje no verbal le habla de sexo, de una complicidad que sienten a la distancia justa de lo excepcional y lo cotidiano.

No puede evitar escuchar el sonido de su risa. Desvía la mirada a la foto desgastada y se deja llevar por las mentiras de la memoria para que el corazón no le engañe: Los que amas cerca, la boca reseca de nervios y deshidratación, el olor del campo en primavera, la alegría por estar al aire libre, entre jaras y roca granítica…
Vuelve y cierra los ojos para verla bien. Si le pregunto, ahora, no podría decir si Ella viste con vaqueros o falda, si el pelo vuela suelto o contenido en una trenza, si son las tres de la tarde o las cinco de la madrugada, ¿bajo sus ojos hay una sombra gris? ¿el brillo de la pasión? Si hiciesen una fotografía fidedigna para inmortalizar este momento se vería el aire tibio que entra por la ventana entreabierta, el olor a tierra mojada de una tarde lluviosa y el sonido, fresco como una cascada, de su risa.

Las moscas están muy pesadas. Deben saberse a punto de morir. Y justo llega a su puerta un paquete de un pez, una estrella y J.

Dice el diccionario que sois dos o más líneas o planos: Equidistantes entre sí y que por más que se prolonguen no pueden encontrarse. Pero ¿y si justo ahora, a la vez, en el mismo instante miráis por la ventana?

¡Sí, sí asomaros!

Con lágrimas, con deseo, con miedo y risas. Creo que, aunque no veáis lo mismo, puede que vuestros ojos se junten en ese mirar común, porque también sois “a la vez”:

Se ha desatado un fuerte viento que viene acompañando sus ráfagas de una lluvia fina que parece polvo. Veis a unas mujeres en sus velos caminar por la acera, entre fachadas blancas, en tradiciones que las hacen parecer lejanas y exóticas. Dos niñas juegan y paran en seco porque el viento las desequilibra: el gesto vuelto al cielo, sonrientes, con los ojos cerrados y los brazos abiertos como avión en vuelo.

También abren la boca para beber la lluvia y se ríen, con una risa que imagináis aguda y espontánea.

Quiero vivir, decidís en paralelo.

 

 

 

Pequeño tiempo

Ocupa poco,  el tiempo. Palabras, pensamientos, imágenes. Muchos eslóganes que hablan de su valía y nos llenan de la certeza de sentir que entendemos su devenir.

En la esquina de las piernas blancas siguen fumando mientras dentro seguramente alguien se muere de pena o de enfermedad o de… intento no atropellarlos.

El gato que lleva un día espachurrado en mitad de la carretera ha dejado de darme pena para darme cierta envidia: inmóvil, seco, ausente de todo lo que pasa por encima, sin miedo a otro atropello, sin dolor ni tiempo.

Cierta semilla de algunos ismos se está reproduciendo enérgicamente, aunque algunas creíamos que estaban cerca de la extinción. Crecen, y no solo me entristece pensar que se repiten los modelos de siempre sino constatar que se incrementan y exacerban: nacionalismos, machismos, fundamentalismos… una encuesta hecha por el Instituto de la Mujer esta temporada, en chicas jóvenes de diferentes culturas, etnias y diversa situación económica… asegura que el machismo en la mujer ha empeorado. Afirman estas jóvenes (que ocuparán poco tiempo pero el suficiente este mundo) que les halaga que su chico, compañero, amigo, pareja… les controle el móvil, les diga que se pongan una falda más larga… es una prueba de su amor.

Y que nuestras madres o abuelas o bisabuelas…. Confundieran:

amor con posesión,

amor con control,

amor con poder,

tenía su explicación histórica, su lógica dado el tiempo que ocuparon. Que suceda ahora me resulta un insulto a tantas mujeres que han intentado cambiar esos modelos, un insulto al recorrido histórico de la mujer, de la mujer y el hombre en convivencia.

Y por supuesto una prueba más de que la cosa (el tiempo) no funciona, ya que vivimos constantemente las mismas vidas, movidas por los mismos miedos, impulsadas parecidos rencores;

unayotravezunayotravezunayotravezunayotravez

 Me viene el sabio Sócrates a la cabeza cuando dijo algo así como: ¿No te avergüenzas de dedicar tanto tiempo a conseguir la mayor cantidad de riquezas, honor y estatus posible y dedicar tan poca atención a la comprensión de tu alma?

 Le mataron al poco… Yo sí me avergüenzo.

 La ambulancia pasa junto a mí. Me siento feliz y apresurada en este tiempo que me pertenece ¿qué sentirá quien vaya dentro de esa ambulancia? ¿Estará acabando aquí? ¿Dando a luz a un nuevo ocupante?

Sigo corriendo, mientras mis pensamientos vuelan, no vaya a llegar tarde.

Como estoy cansada de frases hechas sobre un póster con un mismo atardecer… rescato de una casa de cachivaches y vivencias (las casa del polvoesoro) una retazo de una larga conversación con mi admirada H Santolaya.

–¿Está casa tiene nombre?

–Se podría llamar jaleo… Entre el grupo de dibujantes de cuadernos se conoce como “el museo del polvoesoro” porque durante diez años conservaba el polvo por encima de esos libros del pasillo, quería llevar todo eso a una exposición como metáfora del transcurrir del tiempo, llevar todo tal cual, con el polvo cubriendo los libros y las cosas y cada vez que venía alguien a dibujar mientras nos juntábamos se generó esta idea:

si el polvo es la metáfora del transcurrir del tiempo y el tiempo es oro, el polvo es oro

 El camionero iba con su autocaravana recorriendo Europa, los meses de invierno alquilaban una casa en el sur de España y el resto en ruta… llevaba toda la vida esperando la jubilación para recorrer el mundo junto a su mujer en su autocaravana… eran felices de aquí para allá con sus pertenencias en esa caja con ruedas….

Me pregunto cuánto tiempo soñó esa vida.

Se puede hacer una lectura positiva que quizá me valga para otro tiempo más optimista: consiguió aquello por lo que tanto había luchado. Yo leo, hoy: se pasó la vida esperando que pasara el tiempo.

Ahora quiero que se detenga aquí, en este momento preciso de enfado, insatisfacción, de sentirme taimada aunque sin grandes tragedias.

Cuantas veces he oído no te regodees.

Me regodeo.

En bucle.

Sin salida.

No hay salida.

No la busco.

El tiempo es tan pequeño que no me va a dar para encontrar la puerta de atrás… esa que tiene largas escaleras que llevan a la azotea desde donde ver el horizonte y, si me elevo sobre las puntas de los pies, incluso un poco más allá.

Qué triste estoy, hoy, de lo pequeño que es el tiempo,

del polvo de oro que se va con el viento.

Grandes éxitos

 

La de cosas que tenemos.

Deshacerme de todo.

Necesito deshacerme de todo.

Sentir que viajo realmente ligera no para las vacaciones sino para la vida.

No expresar para buscar mi expresión fuera de mí.

Los objetos me pesan. La ropa me da calor. Lo electrónico me desconecta. Como con las manos. Camino descalza y esto es lo que soy: un ser en su cascarón de huesos y vísceras y piel, no necesito más envolturas.

Esta casa con ruedas a veces me sobra también porque las estrellas brillan fuera y no aquí dentro y no quiero resguardarme de las estrellas.

Solo quiero protegerme del peso de las cosas, del peso de todo lo que creo necesario y me estorba.

Siempre me pregunto qué es lo que queda al final, tras un viaje, tras una vivencia o después de un fugaz pero intenso encuentro. Qué deja en las orillas el río de la vida, qué no se lleva la corriente ni se desbroza con las rocas ni se desgasta con el roce del agua ni se atrapa en una presa ni se acaba en el mar.

Aquí mis 28 “grades éxitos” de este largo verano dejando muchos momentos fuera de este MIX ¡tantos que son invisibles e innombrables! No se pasarán de moda por mucho que el río venga fiero y suenen y suenen. Su sintonía habita en mí.

1) Corremos por el bosque: él con esa piel del norte que soporta estoicamente el calor y la humedad. El mar al fondo. Nuestros hijos nos esperan en casa, el tiempo ha corrido y milagrosamente seguimos un poco siendo los mismos.

2) La plaza se mueve mientras nosotras permanecemos inmóviles ajenas a lo de fuera, comiendo y bebiendo durante horas, charlando de todo lo que nos inquieta y nos emociona. Alrededor la plaza suena y se mueve.

3) Miramos el atardecer desde la cubierta y los delfines vienen a saludarnos, con los brazos hacemos un corazón. Juntos parecemos una tribu majara y divertida y somos invencibles cuando bailamos con el pelo, como pulpos, dando botes en círculo… cada cual a lo suyo gracias a la generosidad de M la gorda y al amor que nos une y pata palo y “vivir vivir lalalalala”… Qué suerte tenemos del pez y la sirena… y de entender “mi gente la vida es una”.

4) Cogen ranas diminutas mientras arañas gigantes se comen una mantis… Escalo lo más alto que me atrevo con la intención de tirarme… y cuando estoy a punto de rajarme voyyyuuuu  y me deshago en el río.

5) Mermelada de castaña, galletas de canela, pizzerías ambulantes… y una regresión a tantos viajes de vidas anteriores.

6) Por la mañana una crisálida de cigarra descansaba en la chancla ¿solo el capullo? Al rato la chicharra adormilada nos da los buenos días desde el fondo del zapato.

7) Buscar agujeros, regletas, un pie, una postura, controlar el ácido láctico y luchar con la sensación de vacío… ser dueña de cada movimiento, de cada pensamiento, de todas las decisiones. En el reposo miro un castillo en la colina que habla de tiempos de cátaros y mujeres luchadoras. Parece que el pájaro no está a gusto con mi presencia y se le escapa la lombriz que sobrevive milagrosamente y deja que tú la domestiques por una tarde.

8) Colgando encima de unas zarzas:

—¡Joder y ahora qué!

—Mami yo preferiría estar en la furguito.

—¡Y yo cariño pero esto es la aventura !

9) Por la ventana, febril, escucho a unos paisanos jugando al mus; la Pepa va ganando y me recuerda a la mujer jugona y pendenciera que ya no espera noticias de mí.

10) Me pide que suba el volumen y juntas cantamos Persona a todo trapo, baila con sus puñitos cerrados…

11) Hay un paisaje al que vuelvo y me vuelvo melancólica, parece que mi mirada aquí se posa en todo lo que una vez fui, lo que fuimos mientras nos trasformábamos. Vieja, niña, joven confluyen en la sierra, arremolinadas como nubes enganchadas a la cumbre, apretujadas como antes de una tormenta, liquidas y gaseosas me llenan el estómago de mariposas.

12) En el arcén crece un girasol enano que ha sabido abrirse paso en el asfalto y no se deja vencer por la soledad ni el alquitrán.

13) Ella dibuja una falda movida por el viento, él hace mi retrato, yo leo Informe del interior, suena Massive attack. Me sonrío ante el día que abriré para algo este libro y todos los dibujos caerán al suelo.

14) Toc toc toc, uuuuu sssss… latidos, gotas, truenos, viento, frío, calor… y tus brazos mi guarida.

15) Las gotas de lluvia son tan finas que sobre el cristal hacen un dibujo de arenilla difuminada y tras ellas los niños pedalean hacia la calle empedrada, recién alumbrada por dos farolillos.

16) Buscar un sector entre garrapatas y caminos desplomados… oh la aventura de buscar… y las niñas en su mundo de juego nos producen tanta felicidad que realmente todo es fácil juntas.

17) La luna llena ilumina rostros queridos y otros recientes que sin embargo se vuelven familiares por la fuerza que emanan. La campana suena y guardamos un respetuoso silencio. Al rato el mil flores llena las copas y los chavalones siguen haciendo de las suyas mientras en la cabaña pasiega dos niñas duermen profundamente.

La casa es un pequeño escenario de biombos y mesas desmontables y camas móviles… Los actores, directores, escritores, bailarinas… hablan de su particular éxito: no intentar nada concreto cuando creas solo expresar.

18) Le he visto crecer y ahora dejo mi vida en sus adolescentes manos. Coloca el grillo, empiezo a escalar y siento una mezcla de miedo y cómplice cariño. Una mezcla de inseguridad y tremenda certeza de que no me dejará caer y eso le hace más cercano a pesar de todo lo que inevitablemente en esta vida nos aleja.

19) Melancólica y ausente de mí, desdoblada siempre entre la realidad y lo imaginario.

20) Lluvia fina, chocolate caliente bajo el techado. Intransigente, incapaz de estar en sociedad, incapaz del amor. No sé dónde está el límite entre respetar al otro y defender aquello en lo que creo… me siento poco guerrera, impregnada de esta sociedad hasta la médula. Odio al mundo y me odio a mí por mi intolerancia.

21) Debilidad por las marquesinas, fotografío todas las que encuentro para un posible estudio que jamás haré. Esas manías que reconfortan.

22) Los sauces llorones abren un siniestro y bello camino hacia el acople en esa playa del norte, el mismo de cuando crecías dentro de mí. Y las sardinas nos unen entre olas y rampas donde deslizarse en felices reencuentros.

23) Su imagen descalza, recién duchada, en albornoz, regando las plantas al sol.

24) Llevo rato mirándolos, aquí tumbada, son dos y no sé si se pelean o juegan o se abrazan esos castaños gigantes movidos en el viento. Cierro los ojos y detrás de los párpados el sol y la sombra de los árboles me llevan a realidades paralelas.

25) Hacer de jueza en un concurso de tortillas, acompañarla en su cigarro nocturno para hablar de todo y de nada y disfrutar de su compañía incondicional o ese pueblo okupa en el que sentimos que otras maneras de hacer la vida son posibles.

26) En la piscina veo las imágenes de ese hombre que se casó con los pies sobre la mesa y ya no está y en sus ojos húmedos sobrevive y quiero que este momento nos sobreviva.

27) Paseo recién levantada y me sorprende el rocío durmiendo en maravillosas telas de araña, como ayer mis dedos se sorprendían agarrando el sílex atrapado en la caliza o mis labios deslizados en tus labios.

28) En una terraza, convalecientes, las croquetas de cocido nos reconfortan a los tres, aunque sabemos que esta compañía es nuestra cura y como he leído hoy “un buen día+un buen día=una buena vida”.

Me cuesta hacer fotos o elegir instantes porque siento que desvirtúo un momento dándole peso en el futuro para fugarlo del presente, pero inevitablemente la música que suena o que resuena me mueve…

Con lerelelere te veo haciendo el payaso y ojos color sol me llevan al mundo que merece su gran oportunidad. Los garrapateros nos viajan a Chulilla, y resistiré me trae tus lágrimas de impotencia y emoción, y entre las cejas bailamos los tres libres de juicios en esa casa de vigas. Gracias a la vida a las lágrimas de perdida. Y los titiriteros me llevan a una tarde en lavapies, a mi madre… pueblos del mundo a una playa donde junto a los maitias le das otro aire al tema.

Y mientras pinchamos una canción cada uno me trasporto vacía de objetos y materias…, a otras versiones de nosotros y a un futuro donde las mismas canciones me traerán a esta carretera de montaña con una luz que parece de otoño, una vida en movimiento y un viaje que, por suerte, nunca acaba.

Gracias

Lo tengo aquí, entre las manos. El olor del papel recién cargadito de tinta es de mis olores preferidos. La mariposa se escapa por arriba mientras la tortuga pasea tranquilamente, con parsimonia. Cada cual acorde a su naturaleza, como debería ser.

Las Gracias en la mitología griega eran las diosas del encanto, la belleza, la naturaleza, la creatividad humana y la fertilidad.

Va por ellas o por todo lo que representan y también va por esa gran virtud que es para mí la gratitud y por el lindo regalo de tener un libro entre las manos que hizo un largo viaje: del corazón a la cabeza a las entrañas a las manos al mundo cibernético al papel a…

Dar las gracias siempre se me alarga porque tengo ¡tanto que agradecer! en abstracto y en concreto. Me voy a centrar en agradecer todo lo relacionado con este blog del que nace la idea de este nuevo libro Mujer Mariposa, Mujer Tortuga.

Gracias a Desnivel en general y Darío, Carmen, Yáñez, Marijo, Javi y Lluis en particular. Por apoyarme siempre, cuidarme, creerme, y dejar que mis palabras vuelen cibernéticamente y se materialicen en este objeto que tanto adoro.

Gracias a este invento del blog que hace que sea fácil escribir y leer sin barreras, ni espacio, ni papel, ni tiempos, ni fronteras y que las palabras te puedan conectar con aquellas personas que te leen, no como entes invisibles, sino como alguien al otro lado dándole su propio sentido.

Gracias a las y los incondicionales que estáis en ese otro lado, que me leéis y me inspiráis, en especial:

M, Berto, Chisti, Presente, Gorri, Rosaura, La Que Ríe Llorando, Coqui, Cualquiera, Raquel, Alex, Bego, Eiderelizegi, Lupita, Aitana, Aitor, Trond, Ángela, Clarita, Ana, SilviaRicenwind, Felipecolorado, Diego, Edu, SoledadGallardo, rojo, Mali, Marta, Helena, Eva, Sara, Debbye, JuanjoSultán, Lau, David, Julia, Pipi, Amaia, Abby, NuriaHernández, Carmen, Steppen, Yendris, Gonso, J.

Gracias al tiempo que, como un bumerán, te devuelve lo no resuelto para que tengas otra oportunidad. Hace unos cuantos años cuando se editó mi primer libro Andando la vida, Beata, la editora, me recomendó cambiar el nombre… como soy cabezona y me cuesta desnombrar algo que llevo tiempo llamando y acariciando (me parecía que lo despojaba de cierta identidad), no lo hice. Uno de los nombres barajados por ella fue Mujer Mariposa Mujer Tortuga… ¡me gustaba tanto ese título! Pero estaba tan aferrada a “mí” nombre que lo dejé ir… o mejor dicho se quedó a la espera, paciente como la tortuga de Esopo.

Gracias a La Mariposa y su metamorfosis; huevo, oruga, crisálida… esa grieta que se abre y rompe a volar, y en su vida breve, diurna o nocturna, atrapa todo lo fugaz, instantáneo, como símbolo hermoso de la trasformación.

Gracias a la música que me acompaña, esos temas escuchados vuelta y vuelta que han marcado muchas de estas líneas. En especial Persona entre paréntesis, que pondrán melodía en la celebración del nacimiento.

Y a esas poetas, escritores, que me han inspirado tanto durante este proceso creativo, muy presentes: Wisława Szymborska, Daniel Pennac, Raquel Bullón Acebes, Eider Elizegi, Helena Santolaya, Lennon, Kilian Jornet, Antoine de Saint-Exupéry, Pablo Neruda, Edu Sallent, Emily Dickinson, Violeta Parra, Julia de Burgos, Ivan Doig, Daniel Benioff, Haruki Murakami, Pura Vida, David Eloy Rodríguez…

Como estas páginas para mí son como una radiografía de mi día a día, del sentir, del pensar, del vivir… tendría que agradecer a quienes me acompañan en las rocas, el asfalto, las flores, el camino que es la vida, ¡hay tanto vuestro aquí! sabéis quienes sois y dónde estáis ¿a que sí?

Gracias Mamá, Papá por enseñarme a creer en las personas y las historias, os echo de menos y os busco a menudo en cada punto suspensivo.

Gracias V. Te dediqué este libro, mi amor, porque hay mucho de ti, mucho de ese crecer a tu lado, cambiar a tu lado, ser a tu lado mi parte más auténtica y ancestral eso que no se explica ni con miles de palabras pero que me inspira cada día.

Gracias a la perspectiva que me hace desprenderme de todas las palabras escritas como si las hubiese creado otra, ya no me pertenecen y no las siento mías y eso me hace libre y las hace libres.

Gracias S porque tu voz mece mis sueños y tu mano sostiene mi camino.

Gracias a ese arco iris doble mientras la lluvia nos moja sin importarnos: cuando estamos juntos somos impermeables.

Gracias a La Tortuga primitiva, lenta como el mundo, de pies ásperos y fuertes, y arrugas y coraza.

Y Violeta canta «gracias a la vida que me ha dado tanto me ha dado la risa y me ha dado el llanto» mientras los aplausos acompañan tu partida… Dejaste tu caparazón en tierra, en tu mar… y ahora vuelas y vuelas libre quién sabe a dónde, mientras aquí tantos te echan en falta.

Te doy las gracias por todo lo que has dejado, tus pedazos, y una frase dicha me retumba en la cabeza: me hacía compañía saber que existías.

 

Poco común

Me gusta como huele cuando llueve en primavera.

Me gusta que las frases hechas se desmoronen buscando un nuevo sentir a las palabras, porque si todos los caminos llevan a Roma ¿Cómo narices vamos a salir de Roma? Y el sentido poco común redimensiona la realidad hasta hacerla totalmente diferente, perdiendo el sentido común en busca de la propia sabiduría desde dentro hacia fuera y se cuestiona todo venga de la fuente que venga (a no ser que “la fuente” sea alguien a quien se quiere mucho y que nunca ha dado motivos para dudar, para eso sirve el amor y la amistad).

Me gusta amarte tal y como estás en cada momento.

Y sorprenderme cada día.

Me gusta que, como dice Brené Brown, “difícilmente una respuesta pueda mejorar las cosas”.  Y olvidarme de las palabras para no decir nada y solo abrazarte, mirarte, conectar.

Al fin y al cabo estos son pensamientos de alguien que vive encima de una roca pensando que es su propia isla.

Me gusta caminar sobre la fina línea que separa todo lo importante.

Me gusta “Déjame vivir” en esa sala preciosa, antigua, fuera de lugar… porque viene de la mano de un chico que vive a su manera y ese es su éxito.

Me gusta pensar que cuando doy a “me gusta” estoy siendo sincera y no simplemente intentando comunicarme.

Hace más de mil años y durante siglos, mujeres de algunas regiones de China utilizaron una caligrafía de 2000 caracteres incomprensible para los hombres llamada nushu. Se dice que la inventó la concubina de un emperador para poderse comunicar con sus amigas sin ser descubiertas. Me gusta que nuestro lenguaje secreto no necesite códigos ni caracteres.

Me gusta creer que soy capaz de leerte y que al minuto me parezcas indescifrable.

Estoy mirando por la ventana y me gustan como se pierden a lo lejos unas enormes nubes de agua, de esas gordas y blancas que parecen hongos nucleares o esponjosas camas de algodón y ella imagina que puede saltar y saltar.

Me gusta la piel de gallina: por una canción, un paisaje, un texto, una imagen, un roce.

Me gusta ser consciente de que la libertad es una putada: compromiso, elección, asumir riesgos, aceptar consecuencias… y elegir la libertad.

Y las praderas siguen llenas de flores a pesar de nosotros.

Me gusta lo que dijo Ortega y Gasset: lo que diferencia al hombre del animal es que el hombre es un heredero y no un mero descendiente.

Lo peor de intentar convencer es que sueles insistir en tener razón incluso cuando no es necesario que alguien tenga razón. Me gusta perder la razón y el sentido y la ropa y las alas y jirones de piel y la memoria y la vergüenza y el tiempo…

Me gustan los lugares donde el cielo puede empequeñecerte.

Y las conversaciones que te enriquecen tanto que puedes comer de ellas mucho tiempo.

Me gusta que mi compañía calme tus miedos.

Y charlar al aire libre, el viento de tormenta, las caminatas bajo el sol de invierno, las noches de verano con las luciérnagas latiendo en los arbustos, los besos bajo un cielo sin luna atestado de estrellas…

Me gustan todas las vías que he hecho y sobre todo aquellas que me quedan por hacer.

Me gustan las cartas escritas a mano. Y tu mano sosteniendo mis sueños y tu voz, solo tu voz, viajando siempre en mí.

Me gusta tener teorías y referentes y también pasármelo todo por el forro.

Me gusta que la aventura forme parte de cada día.

Me gusta casi cualquier cosa morada.

Y la exploración, la incertidumbre, el entusiasmo, la valentía.

Me gusta entrar en otro mundo y me gustan los misterios. Y preguntarme ¿dónde tengo la cabeza? Y notar que no la necesito.

Me gusta la nostalgia de los momentos que ya no volverán, no solo porque pasaron hace tiempo y son irrepetibles sino porque nosotros ya no somos los mismos.

Me gusta que puedas llamar a mi puerta y que siempre la encuentres abierta.

Me gusta echarte de menos y ser consciente de que no estás. Me hace muy consciente de que estoy.

Me gusta un corazón de viento.

Me gusta imaginar para ti un mundo nuevo que se basa en confianza, generosidad, libertad, creatividad, pasión, entrega, cuidados.

Me gusta pensar que lo que hago vale la alegría y no la pena.

Me gustan las cosas usadas, gastadas, vividas, prestadas, remendadas…

No hay nada más vivo y más auténtico que un niño. Me gusta estar cara a cara con la autenticidad, con la parte cruel de la inocencia que no tiene filtros y te hace ver lo artificial o poco auténtico que hay en ti, que hay a tu alrededor.

Solo puedo creer lo que he vivido o experimentado… me gusta la vida.

Me gustan los finales que son principios. Y desprenderme de lo común para buscarnos un lugar poco común donde estar y ser como queramos, sin sentido. Te espero ahí.

El charco habitado

Pasamos por encima con nuestro andar invasor y descuidado, pero ella dio un salto desafiante en mitad de la noche.

Y descubrimos que en medio de ese monte donde siempre es otoño y los árboles aún están por florecer, con el brote preparado, brillante, a la espera de un calor más cercano. Ahí, en ese charco, vivía una rana. Había dejado el agua turbia embarazada por esa especie de placenta flotante donde se fraguaban los futuros renacuajos.

Dormir junto a un río, por la mañana buscar renacuajos y tritones, por la tarde vigilar como avanza la vida en el charco, volver siempre de noche de las paredes mientras las abejas duermen tras un laborioso día de trabajo en el romero florecido.

Mientras escribo en este cuaderno negro, que hace años me regaló mi mejor amiga, se posa una mariposa parda, igual que la que aplasté con mi mochila el día anterior.

¿Y éramos felices, ahí, en ese charco? Sí, mucho. Te contestaré esperando que esa referencia y lo poco de mí que te puedo regalar, sea el lugar al que quieras volver cuando viajes al pasado. Quizá debería esperar que no quisieras viajar al pasado pero entonces puede que no quede nada del charco donde la rana le cantaba a la luna.

Y no se me olvida que hay tantas cosas que tendré que aprender desde el principio. Hemos visto a las primeras luciérnagas, escuchado a los primeros grillos y alimentado a un escarabajo carnívoro. Aquí donde las antenas no alcanzan y las ondas se quedan perdidas entre los ecos de los valles y las paredes.

Filosóficamente hablando de escalada o alpinismo lo que más me atrae es la idea de asumir riesgos. De saber lo que puede pasar y aún así decidir hacerlo. Va en contra de la naturaleza de perpetuidad del ser humano. Igual que aceptar la muerte con calma, con alegría, es su rebeldía… Y la de ella es no dejarse vencer por la muerte, intentar no apagar la curiosidad por vivir y ver más y más. Y los dos saben que se han dado todo lo necesario en ese lujo de relación incondicional. Y ella dice: que corra el aire, sin percibir la primavera, y él nunca deja de construirle origamis de papel con formas de molinos y colores esperando su viento.

«Las ideas son como peces», dice David Lynch, «Si quieres pescar pececitos, puedes permanecer en aguas poco profundas. Pero si quieres pescar un pez dorado, tienes que adentrarte en aguas más profundas».

Con un café humeante y el sol colándose entre las palabras intento atrapar pececillos, mientras suena una y otra vez Girl from the North Country. La segunda canción del segundo álbum de estudio de Bob Dylan, publicada en 1963, pero escucho la grabación en dúo del tímido Dylan al lado de su idolatrado Johnny Cash, voces que se mezclan y en lo profundo mezclan mucho más que voces dejando colgada en una melodía, en el ADN de las notas y los acordes dos visiones, sin edad ni diferencias. Me conmueve ese tema… si pudiera viajar en el tiempo sería cantante de rock en los setenta, o pincha en una radio de esas piratas que estaban en un barco en mitad del mar… me conmueven dos grandes de la música cantando a corazón abierto dejando de lado egos para dar lo mejor de los dos para los dos. Y esa melancólica letra de esa ciudad del norte donde los vientos golpean fuerte la frontera, y vive una chica de cabellos largos que dan vueltas… y se pregunta si le recuerda, en otro tiempo ella fue mi verdadero amor…

«Abre las alas, le dijo la tortuga a la mariposa, mientras la tortuga se acurrucaba en su caparazón, sostenida, cálida, feliz… y la veía volar y volar hacia las flores»

Aquí estoy viendo volar a una mariposa idéntica que la que aplasté ayer con mi mochila, y oigo voces infantiles que gritan ¿ves cómo no estaba muerta?

Y es que se me olvida que no tengo que olvidarme de aprender todo desde el principio.

En el futuro, si puedo viajar en el tiempo, seguro que vengo aquí, a este charco vivo, a esta compañía mientras de fondo suena una y otra vez la misma canción.

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