Cosas del viento

Lucha por salir, pero la piel es tan dura, los músculos tan duros, los huesos tan duros que se da cabezazos sin saber qué hacer. Se choca con otros cuerpos, en búsqueda, se sube por paredes en búsqueda, corre y corre… pero no lo consigue. Y busca el cuerpo como conexión, como expresión, como sentir que va más allá de la palabra y de todo lo demás, dos almas que luchan con la carne por encontrarse y conectar en algún lugar intermedio entre el miedo, el deseo, el amor, LA ESPERANZA

Estoy fuera del mundo.

Hoy que todo es poesía.

Aunque los lunares en el cuello y en la ingle, me hagan creerme parte del mundo, el universo sigue su curso sin pensar en mi existencia.

Estoy muriendo en mí, no pertenezco a lo que veo ni a lo que siento, en un limbo solitario incapaz de comunicarme: muda, ciega, sorda, inmóvil.

Como espectadora de mi propia vida.

La miro pasar, a veces me sonrío, otras me pongo triste, nunca sé qué hacer para subirme a ella.

 

No abras los labios si no estás seguro que lo que vas a decir es más hermoso que el silencio, ese proverbio Árabe le crea mucha presión, mientras piensa insistentemente “Vamos a arder bajo la misma noche”.

Si se calla se muere, se seca, se consume, se descompone. Por eso, aunque sea por su misma condición suelta lo que sea blabalabalabla…

¿Un idioma también es una manera de pensar concreta? Es imposible que piensen de la misma forma una lengua que contiene el subjuntivo (tan ambiguo, tan interpretable, esquivo) que otra que no lo tiene… pero en lo esencial podemos conectar porque ¿reír, amar, soñar, sufrir, comprender, soltar…? ¿se pensará igual en todas las lenguas?

La primavera entra por su ventana y tiene ganas de volaaarrrr pero de momento solo se desliza por el teclado… LAS PALABRAS

 

Puede ser un atardecer. El viento refrescando mi axila mientras escalo. La princesa patinando entre escombros, la luz sobre los árboles, respiraciones.

Mirarla reír, su voz mientras me lee en alto en esta guarida que nos hemos buscado, ¿o quizá él es mi guarida?

Le abrazo mientras ella desafía las convenciones de las princesas moviéndose entre macarras y grafitis, y un dulce olor a almendro viaja entre nosotros y nos rescata la primavera.

Sé que si me voy una parte de mí se quedará aquí, como el polen que se va esparciendo y esparciendo… pero el polen ¿sentirá nostalgia o solo la alegría de dar vida?

 

Él sueña con seguir adelante, ella con un mundo nuevo, él nunca mira hacia atrás ella siempre se para en cada flor, ella le caza en una esquina y él, inexplicablemente se detiene. Él le pregunta ¿te he dicho ya que eres preciosa? Ella le contesta: con palabras no. Él se agita, quiere sentirla pero viven en universos dispares y él se resiste y ella quiere detenerlo siempre. Están en un continuo desencuentro y eso que solo quieren permanecer a su ritmo, ¿el uno sin la otra serían imposibles? ¿Se desvanecerían? EL TIEMPO Y LA MAGIA

 

Te robo tu visión de mí, como un beso furtivo, porque somos a la vez lo que los demás ven y lo que nosotros mostramos y también aquello solo nuestro que nadie más conoce.

La cicatrices, el sendero, la mirada sensible.

El sonido más relajante, los pájaros y el aire cuando el techo es de nubes y los viajes, el silencio, la nada.

Lo que más me gusta de este equinoccio es el viento, suena a metal, vibrante, como una hermosa anunciación: dulce y violenta.

Me dejo llevar por la esperanza, por el amor, por las palabras, por el tiempo,por la magia… Hilando, en la tarea de tejedora de palabras, como una araña laboriosa y completa.

Ha vuelto el invierno a despedirse.

 

Respiro… sigue el sabor del Sahara

RESPIRA… Ya se pasa.  Eso pone en una bolsa para vomitar del avión.

Recién aterrizada con arena aún entre los dedos de los pies, el corazón algo encogido y la cabeza medio al revés… respiro y no se pasa.

El coche corre entre el polvo y solo se distinguen brumosas y enclenques las acacias del desierto.

Recuerdo un cuarto envuelto en vapor con una ventana pequeña por la que entra un rayo de sol, grueso, en el que puedo contar las motas de polvo. Me gusta el sonido del agua cayendo desde el cubo, el agua caliente sobre mi cabeza, el polvo que se va, el sol que se pega a la piel mojada en un abrazo de rayos.

Ya me despido de esta tierra desolada y viva. Tengo la piel de desierto, los ojos de desierto, el pelo de desierto, el grito de las mujeres saharauis retumba en mis tímpanos como una alegre despedida.

Si me quedo un rato en este rayo de sol puedo convertirme en un pedacito de desierto. No ser nada y serlo todo, la vida que trascurre sin más, la arena que navega sin más, el sol que se cuela sin más. Y le digo a Eslaca si vendrá a verme a España. Detrás de la melfa, me contesta una atrevida voz en castellano «No, mejor yo te espero aquí». Solo espero que esos lindos ojos y esa viva alegría no se conviertan en un pedacito más de desierto, de olvido.

Y el aire de secador natural mece mi pelo de ceniza mientras los niños corren con los zapatos en la mano, sus pies ya conocen de sobra el tacto ardiente del desierto. No sé en qué momento entenderán que aquí no están con el mundo bajo sus preciosos pies sino a merced de la arena, del viento, de los recovecos de la política y los intereses internacionales, de la ayuda externa que acaba acomodándote con la etiqueta de refugiado que te impregna de una dependencia que no te deja ser autónomo ni en lo más elemental, como una sutil falta de libertad.

Me cansa todo aquello que se expone desde la queja o desde un espíritu reivindicativo y guerrero. Quiero huir del discurso panfletario, me cuesta encontrar desde donde hablar de toda la situación del Sahara Occidental ya que tengo opiniones en ocasiones poco definidas, sentimientos encontrados y por supuesto ninguna verdad que pueda hacer brillar ninguna luz al final del largo túnel de cuarenta años de exilio.

Sois nuestros ojos, decía en un discurso uno de los miembros del Frente Polisario. Joseph Conrad habló de las palabras que se entrometen en lo que se quiere decir… Mis ojos buscan palabras que no se entrometan entre imágenes y emociones. Pero nunca serán de mirada tan pura y directa como los de la joven Rabía.

Y la frase «correr por los derechos humanos en el Sahara Occidental» que reza este solidario Maratón del Sahara que me ha llevado hasta aquí, me retumba en la cabeza.

Y solo integro lo que vivo. Lo que me cuenten, lo que lea, los documentales, los artículos y los textos como este que estoy escribiendo… me pueden hacer reflexionar, despertar cierta conciencia… pero mi realidad es que si no pasa por mí, por mis ojos, por mi respiración, por mi estómago, por mi piel… soy incapaz de interiorizarlo y conmoverme hasta el compromiso.

Por eso cuando digo que he corrido por los derechos humanos ahora lo digo sinceramente, no como slogan solidario.

Mis piernas que se han arrodillado en la casa de Fatma, una casa de adobe siempre llena de gente donde los vecinos, los amigos y los familiares vienen a tomar el té a cualquier hora como un acto social y humano. Piernas que se han impulsado por el pueblo saharaui que fue ocupado por Marruecos hace cuarenta años en pleno proceso de descolonización española. El gobierno de turno, y posteriores, les han dado la espalda,  hace 22 años que han dejado las armas en post de un decreto de autodeterminación del pueblo saharaui que nunca llega… aunque la soberanía marroquí no es reconocida ni por las Naciones Unidas ni por ningún país. Mi espalda se contrae ante esta falta de horizontes que no dibujen la silueta de un tanque.

Mis pies, que fueron delicadamente decorados con gena por las cariñosas manos de Eslaca en esa habitación que vale para todo, “la sala de ser” le llamaría yo. Ahí dormimos juntos: niños, adultos, visitas, hombres, mujeres… La cercanía de otro cuerpo no los incomoda, al contrario, les reconforta. A mí también. Pisaban por su derecho a volver a su tierra con esos pies nómadas que resistieron la ocupación: algunos desde la lucha, otros se fueron perdiendo hacia el desierto, esta vez no en busca de agua para sus camellos sino en busca de libertad.

Mi corazón que latía al ritmo de su música en cada desayuno, cada cena… porque el silencio no es un bien muy preciado por aquí, todos hablan y cantan mientras alrededor algunos duermen. Liberados del insomnio en esta tierra.

Se desbocaba por esas mujeres y hombres maltratados, torturados, humillados, en la zona ocupada. Mi corazón, mientras corría, intentaba saltar las piedras que bloquean un pueblo partido por ese muro de la vergüenza con 2.700 km (el muro más grande del mundo) con militares y minas antipersonas, muchas de ellas fabricadas en España, construido por Marruecos para separar el territorio ocupado del liberado.

Mis poros, resecos por este desierto que todo se lo come, incluso la basura que a nosotros tanto nos asusta ver (creemos que porque no la veamos no hay mierda en todas partes)… sudaban por esos tratados absurdos que Marruecos firma con Europa sobre la explotación de los recursos naturales, en detrimento de que el pueblo Saharaui regrese a su tierra.

Derechos humanos: qué lindo concepto, qué fácilmente nos los saltamos por intereses socioeconómicos, geopolíticos… y dejamos la vida de muchos en manos de muy pocos sin sentirnos sus compinches. Pero si no lo has comido, bebido, respirado, sudado… si no ha pasado a través de ti es muy difícil de entender.

Me llegan mails de Amnistía Internacional, veo noticias sobre Siria y Ucrania y Corea y me estremezco mientras pienso lo que voy a hacer hoy para comer.

En la entrega de premios las mujeres cantan, como dice el alma máter de todo esto, Diego Muñoz Avia, «El Sahara Maratón es la única carrera del mundo en la que los verdaderos protagonistas no son los que están en el podio». Todo es fiesta y alegría y folklore. Aún así hay quien sale con su bandera particular, o con la pancarta de su proyecto deportivo… y entonces me pregunto qué les estamos pidiendo a los dirigentes del mundo. Echo de menos a gentes sin banderas.

Ya en la cinta de recoger el equipaje parece que todos recogemos nuestro yo de aquí, conectados de nuevo a los móviles, ya no nos miramos a los ojos, no buscamos el sol tras las dunas, ni las mujeres bajo sus melfas, ya estamos aquí. Pero seguimos sin ser capaces de estar ahora, y eso que venimos del presente absoluto, de un lugar donde el futuro no existe, donde pensar en mañana es casi hacer una fotocopia del día de hoy y aún así qué capacidad para vivir la alegría por la alegría… mientras el tiempo discurre a ritmo de té, como prueba de generosidad y paciencia de los saharauis.

Pienso en la imagen colorida de Eslaca perdiéndose en la inmensidad de la nada, buscando un lugar donde esconderse… camino por los pasillos brillantes del aeropuerto a la caza de mi equipaje. Pero mi equipaje, el que importa, lo llevo ahora en los ojos y se me llenan de lágrimas ante el velo rosa al viento del desierto, y los ojos maquillados con cuidado.

No siento vergüenza caminando recorrida en lágrimas.

No miro a nadie, nadie me mira. Nadie se va a acercar a preguntarme si estoy bien, esto no es el Sahara, donde la intimidad no tiene mucho sentido. Tiras una moneda al suelo y milagrosamente se han enterado en la otra punta del desierto. Tu espacio personal no es algo que puedas rodear con los brazos.

Y siento, como occidental que mira desde su ventana, que tenemos una tremenda necesidad de deconstruir para poder construir. De compartir con ellos no solo lo nuestro sino también lo suyo, para enriquecernos todos.

Mis pies recorren el camino de carteles, etiquetas, anuncios, tiendas… vivo lo solos que estamos en este mundo tan limpio en la superficie, tan educado en la superficie, tan libre en la superficie. Aquí no pasa lo que decía Nezha que las vecinas, si no vas a verlas, vienen a tomar el té contigo.

Las maletas caen una por una y hacen su recorrido. Me seco las lágrimas mientras todos esperan.

Ha pasado una semana. Respiro. No se pasa.

Muerta la Superwoman

Ha sido asesinada la Superwoman. También dicen que suicidio. Yo pienso que se dejó ir… cansada de ser tan perfecta. De cargar con el peso de siglos y siglos de opresión. De lamerse las fragilidades por miedo a no ser lo suficientemente independiente.

De tener que demostrar constantemente todo lo que vale y que además vale para todo.

Con ese feminismo que a veces se convierte en una pesada carga. Y ese machismo que la aniquila.

En algunas esquinas las mujeres que venden su cuerpo la hacen creer que aún queda mucho para la libertad.

Las paredes y el musgo y esas manos que se mueven entre liquen antiguo la ponen en una dimensión más salvaje y esperanzada.

Decide dejar la comida al fuego, la cama sin hacer, el texto sin terminar, mil libros por leer, muchos hijos por tener, paredes sin explorar, los besos (eso sí) por todos los rincones… el teléfono suena pero no lo piensa coger. Se va un rato al mar.

Y ya no vuelve más.

El cuerpo no ha sido visto lo que hace que el suceso se convierta en una verdadera leyenda urbana.

Dicen que la Superwoman se ha hecho transexual, otros hablan de un posible exilio a una isla donde solo ¡solo! ¡¡¡¡solo!!! se habla una lengua a base de monosílabos y los monos campan a sus anchas. Algunos aseguran que, en contra de todas las versiones habidas y por haber de Superwoman, ha ido en busca (por supuesto no vaya usted a creerse que las cosas han cambiado tanto) de su príncipe azul. Una gran parte de la gente opina que está con Elvis. La versión más aceptada es que su cuerpo apareció descuartizado en tantas partes como mujeres habitaban en ella.

Han hecho camisetas con su foto, cosa que la habría horrorizado.

Estoy agradecida de esta gran pérdida, ¡por fin, que cansina, ya era hora!

¿Si existiese la reencarnación cual sería la de la Superwoman? Me gustaría que fuera una mujer cíclica. Será porque me siento cúmulo de ciclos e incongruencias.

Serán las brujas, no las de los cuentos clásicos con verrugas y un gran dolor que les produce mala leche descomunal, sino mis brujas particulares, que probablemente no he inventado yo pero que voy a intentar definir. Más que nada para estar preparada cuando mi hija me pregunta si las brujas existen.

Mujeres que conocen su cuerpo y el poder que tienen en él. No hablo de ese poder de guerra sexual que nos ha otorgado el patriarcado, sino el poder de su sexualidad: sus ciclos menstruales, su orgasmo, su embarazo, su parto, su amamantamiento…

Disfrutan de este círculo en el que se convierte su vida gracias a la menstruación, cansadas de que digan que con la regla estás así o asa.

Saber que yo soy esa… no la mujer alegre de la primavera, la sensual del verano, la melancólica del otoño, la cerrada del invierno… soy todas ellas en un solo mes.

Y estas brujitas que a veces nos reunimos en akelarre alrededor de un fuego, en una terraza junto al mar, tras subir esas empinadas escaleras de “paz” para que las hadas que cuelgan de las ventanas viajen a través de las nubes y el bosque. Otras en una casita con niñas y alimentos en el puchero. A veces al pie de una pared en busca de ese horizonte que nos equilibra y nos impulsa. Muchas simplemente en familia. En ocasiones los brebajes no son más que una copa de vino, una cerveza, una infusión de hierbas ¿mágicas? O algo que porte muucho azúcar. Y los conjuros son secretos susurrados, promesas de “esto que no salga de aquí”, o irnos de la lengua porque total las palabras siempre se las llevó el viento.

Y de Superwoman no se habla mientras nos reímos a carcajadas al hacer palabras con el cuerpo.

Y reivindicamos nuestra sexualidad, la del útero y los ovarios y las tetas y el clítoris y los orgasmos y los partos y la leche que brota de nuestros senos.

Reivindicamos esa femineidad que va más allá de ropas, culturas o peinados, iconos políticos o subversión social, que se lleva dentro, sin muletas, que cada una la muestra como le place, como le dejaron, como siente…

Y dicen que ha muerto esa mujer que está en guerra con ella y con ellos, que no encuentra un sitio en este mundo loco y agujereado, que no quiere ser hombre pero adopta lo masculino, que no quiere roles pero se enrola en lo sexy, que lo quiere todo y se descuartiza.

Adiós querida, que te vaya bonito, tuviste tu momento transitorio en la historia.

Se cuenta (en círculos secretos) que se ha trasformado de verdad y para siempre.

Ella va por el mundo con palabras. Entonces sí, ahí nos encontramos.

 

 

Final provisional

 

Hay tempestad esta mañana en mi tierra.

Mi tierra, mi tierra. No la que me parió, tampoco en la que crecí, ni siquiera aquella en la que me gustaría estar ahora, o donde he sido feliz, o a donde sueño viajar.

Mi tierra… justo la que está en este momento bajo mi par de pies.

Y mis pies hoy están llenos de mar. Celebrando. Celebrándome.

Hace unos cuantos años (muchos para algunos, pocos para otras, relativos casi siempre) había mucha gente esperándome, intrigados por saber cómo sería. Una hermosa mujer, aún joven y peleona, me sacó a través de su útero y su vagina como conductora de mi primer viaje.

Lo hizo con una facilidad pasmosa, quizá la práctica de tantos viajes de vida, pero con la misma ilusión que en el primero.

Me puso en el mundo. En el pedazo de mundo que me tocó. Sin pedazos. Como dice mi querida Helena Santolaya: «Unafronteraesunalíneainvisiblequehacepedazoselmundo».

Con una lengua universal que todas las madres y sus crías entienden.

No me sentí de ninguna parte salvo de sus brazos, de su casa, de su tropel de hijas y un hijo, de sus hermanas, de su amado monstruo vagabundo.

Me recibió con el nombre que quería para mí: Leticia, por su significado de Felicidad. Ya que durante el embarazo todos le decían con cara apenada; “otra niña, vaya” , pero ella desafiante se sentía feliz de que llegara y no le apetecía que cargase con las amarguras ajenas. Por votación familiar, por una vez la democracia fue real, el nombre de la alegría solo fue susurrado en su pecho, una tarde noche de 1978, en un hospital cerca del río Pisuerga.

Y soy de ese río, y de este mar picado que se despertó a su estilo mediterraneo con sutiles espumarajos. Y soy de la tierra seca, y de las montañas, y de las paredes calizas, graníticas, volcánicas, conglomeradas, areniscas…

Sobre todo soy de allá donde está mi gente, mis amigos, y soy de donde nacieron las palabras de todos los escritores y escritoras, poetas y poetisas, que me han acompañado en el viaje (como dijo Grassa Toro) y de donde surgieron las imágenes de esas películas que me trasportaron, y de donde da la vuelta el aire, y de donde se fabrican los besos, y la electricidad de algunas caricias, de donde se curan las heridas y se guardan las lágrimas para brindar cuando la vida aprieta.

Y soy patro y mamá y amor y petra y cariño y patilina y amante y petarda y amiga y peque y hermana y muchacha y chochona y patrol y amore y patinete y mami y hilda y patiuski y piltrafa y mamita… también soy hija.

Tras ver el otro día el trabajo de tantos poetas, escritores y sobre todo del maravilloso Ricardo Calero en el que participé, entendí más que nunca la importancia de las líneas finas que separan la identidad de la nacionalidad, los mares de las tierras, los abrazos de las guerras, los sueños en el mar, de los finales en el mar, el tiempo del espacio… su obra en movimiento. También soy de esos sus “sueños en el mar” en el que se bañan hoy mis pies inquietos.

Una amiga de Kiev (ahora más que nunca también me siento de Kiev) me ha contado que en el aniversario se regala un deseo, la petición de un deseo… yo te deseo… su deseo ha sido precioso y yo me sumo a desearme que se alargue el viaje todo lo que se pueda, que los años no pesen sino que nutran, que la nada no me paralice, que sea capaz de vivir los procesos de muerte y los procesos de vida, que me aferre al amor y deje ir el dolor. Que la metamorfosis siga siendo una constante que me guíe, que me acompañes, que me acompañen que sea capaz de acompañarte. Que busque el horizonte cada día.

Que el pasado me ilumine y el futuro no me preocupe porque mi único final es este, provisional, inacabado, en proceso de búsqueda de un punto o una coma o quizá unos indefinidos que tanto me gustan…

Y hoy me han regalado una mañana de purpurina y corazones de ganchillo y me he regalado una comida con mi amiga del alma y el libro de Lennon de Foenkinos… en una librería pequeña y delicada. Siempre me cautivó este hombre su intensa y breve vida, su arte, su manera de reflejar un momento de grandes esperanzas y dudas existenciales, su gran historia de amor… termino provisionalmente con un trocito de estas páginas, en una entrevista que Lennon concedió a James S.Wenner en 1970.

–¿Tienes idea de lo que será para ti el “When I’m Sixty-Four”?

–No, no. Espero que seamos una linda pareja de viejos instalados en la costa irlandesa o algo así, hojeando el álbum íntimo de nuestras locuras.

Entre tú y yo

–Te vas y me dejas todo el peso de lo que viene.

–¿Quieres que me encargue del porvenir, de lo que fue, de los recuerdos y los sueños?

–Vale… tranqui… pero ¿Qué pasa con mi lista?

–Ufff… no sé si como prioridad pondría “cama de 1,50” y “táper que cierre” ¿es esa tu manera de empezar?

–¡Por algo habrá que empezar!

–Lo de una piel gastada por los besos me parece más apropiado.

2013 hablaba con la sabiduría del camino recorrido. 2014, por el contrario, tenía la arrogancia de la juventud y un mar de dudas.

–¿Cómo has conseguido vivir como querías vivir, cómo no dejarse en mitad del tiempo todo lo importante? ¡hay tanto por hacer!

–Creo que le das demasiada importancia al tiempo como medida. He intentando estar donde creía que había que estar en cada momento (sin importarme el tiempo), recolocándome cuando me salía demasiado del presente, cuando proyectaba hacia ti o me perdía en los recuerdos de mis antecesores… está en tu mano confiar en el pasado pero no cargar siempre con él como una pesada mochila, avituallarte de nuevas herramientas para mirar de forma diferente lo que hasta ahora habías mirado con los ojos de siempre. ¡Disfruta de cada etapa sin anclarte en lo que fuiste o en lo que soñaste ser porque te perderás mucho de lo que eres!

–Y eso es suficiente.

–Bueno también necesité montañas de amor… Empezaría por tirar esa lista de buenos propósitos. Empezaría por no hacer listas de los “mejores momentos” o “lo que tengo que cambiar” como si la vida fuera un álbum de grandes éxitos o como si cada día no fuera un buen momento para recapitular.

–Creo que soy joven para todo lo que cuentas.

–Date tiempo. Te recomiendo también un libro que leí ya al final de mí mismo de un chaval que corre, esquía, escala… un alpinista. Dice algo que te puede ayudar en esta travesía… «Las concesiones por amor deberían ser mayores que la de por dinero, ego o éxito; a veces, incluso, mayores que las de por valores».

Un silencio corroboró que hacía falta asimilar escuchando pensamientos que se despiertan tirando de finos hilos; una imagen, un olor, una palabra, una reflexión… y se ha generado una nueva idea.

–Hay una fina línea que separa el tiempo perdido del tiempo gastado –prosiguió el año pasado– Es la misma que separa la autonomía del abandono, la individualidad de la soledad, la ayuda del control, los cuidados de la sobreprotección, las palabras del lenguaje…

–¿Y qué línea es esa?

Sonrió enigmático 2013, con unos labios perfilados por ese trece tan poco favorecedor pero que en su cara, conocida, alejada de supersticiones, tenía un algo simpático.

–Buena pregunta. Pero eso lo tendrás que encontrar tú, hilando fino, no dejando de cuestionarte, de indagar, de moverte en ella haciendo malabarismos… conectando, conectándote.

Intentan entenderse a pesar de sus diferencias. El abuelo cebolleta, el recién nacido.

–Sí, suena muy bien, pero mantener la ilusión cada día ufff… ¿cómo?

–Bebiendo lluvia, haciendo el amor, un atardecer, una charla de brujas, una escalada, un rato a su lado, la piel que amo, un buen libro, una película deliciosa, cocinar para otros, escribir, correr, echar de menos, una ola en los pies, verla crecer, verla vivir, verla reír, verla, ver… se habla tanto de mantener la ilusión ¿la que nace de nuestros deseos profundos o la que ya hemos establecido como “ilusionante”?

Para un niño por ejemplo puede ser mirar un grano de arena que brilla al sol o perseguir a una hormiga hasta su hormiguero, una caricia, un juego espontáneo y auténtico. Ellos no necesitan grandes cabalgatas, grandes historias… la sencillez de un cuento sin moralejas, una vecina disfrazada de hada… les ilusiona… somos nosotros los que con tanto ruido, con tanta demanda de ilusiones y sueños, con tanta ficción necesitamos que nuestra maquinaria de la ilusión marche según los cánones.

Y a veces se nos olvida que la ilusión está en cómo vives tu vida y como sacas partido a las pequeñas cosas sorprendentes de cada día, a las pequeñas miserias.

–¿Y no tienes ideales que cumplir? ¿Grandes sueños que se quedaron sin hacer?

2013 suelta una sonora carcajada que suena como el suspiro de una montaña antigua y gigante.

–¡Claro! Pero intento no agarrarme a dogmas, no tener un camino definido que seguir ni un destino al que llegar. Quiero andar mi camino a mi manera, sabiendo dónde estoy yo para intentar entender de dónde nace ese sueño, y eso supone aprender, equivocarme, seguir aprendiendo, seguir equivocándome … no pretendo ser esto ni cambiar lo otro. Quiero ser capaz realmente de respetarte, de respetar tu absurdo.

–¿Y lo has conseguido a lo largo de tu vida?

Sus ojos se ensombrecen ligeramente.

–Solo algunos días…

–La vida es complicada… digo yo… ¿no?

–Pesa mucho… la vida. La vida desgasta. La vida duele. La vida es conflicto. Tienes que estar preparado para la adversidad. Pero como cantó alguien ¿quien dice que todo está perdido?

–…yo vengo a ofrecer mi corazón.

–Entonces irá bien, tu viaje.

–Corto… como todo lo fabricado hoy día con obsolencia programada… siento que tengas que irte y te doy gracias por todo lo que me has dejado.

–Espero que te sirva.

Se fue yendo 2013… su voz casi no se escuchaba más que en el eco del nuevo año y había tantas oportunidades que a 2014 le dio vértigo.

Ya muy bajito creyó sentir un último susurro:

–Y espero también que no te sirva para nada… he tenido cuidado sabiendo que seguirías mis pasos… pero confío en que eres capaz de descubrirlo todo, partiendo solo de ti, de aquí, de ahora. Disfruta tu tiempo.

Alta velocidad

Llevo cuatro meses intentando domesticar a las hormigas que viven en mi casa. Proponiendo caminos alternativos, dándoles de comer días concretos, respetando sus filas infinitas siempre que no pasen justo por el tarro de la miel.

Pero no lo consigo, decididamente van a su bola y me cuesta reconocerlo, echarlas sin más. Siempre he intentado incluir en lugar de excluir pero debo asumir que, en ocasiones, no es posible.

Y tus 50 son algo así como un número redondo que nos redondea a todos… El círculo de tu mirada que siempre quiere comprender y esas palabras cursis y ese humor y empeñarnos en cantar a pesar de nuestra terrible voz. En cierta medida nuestra rebeldía: nuestra falta de sentido del ridículo.

Mi error quizá fue pretender domesticarlas como si yo tuviera ese poder, ese territorio me perteneciera, y para estar conmigo los demás se tuvieran que amoldar a mi manera de vivir. ¿Ellas estarán intentando también domesticarme o me aceptarán tal cual soy?

Hay una madre acunando a su bebé en una manduka, una chica mirando su móvil, un señor mirando su móvil, un chico mirando su tablet, una señora mirando su móvil… Nadie mira por la ventana, una ventana en movimiento que deja que la alta velocidad recorra los paisajes. Y me afecta la alta velocidad.

Intento acostumbrarme a estar en un lugar y a las pocas horas en la otra punta pero hay algo de mí que no acepta estas distancias eliminadas como no acepta este mundo acelerado que intenta convencernos de que con pantallas y trenes y aviones estamos más cerca.

Me siento lejos de mi cuerpo y de este tren. Voy por detrás de mí, no sé si soy la que corre por ese camino paralelo a las vías o la que duerme aún en una cama cálida o incluso la que ayer, muy tarde, no se había ido a adormir. Pero seguro que no soy esta de este asiento, y temo que con tanto viaje rápido mi yo más lento se vaya quedando atrás: un segundo atrás, un minuto atrás, una hora, un día… Hasta perder el tren o lo más peligroso perderme en una especie de limbo atemporal entre raíles y embarques y zonas de tránsito . Pensarán que estoy loca cuando, desorientada, intente explicarles que es que me estoy esperando, que viajo un poquito más despacio.

Tus cincuenta me han pasado volando como este tren y me he sentido a tu lado desdoblada en la distancia, siguiendo tu vida con esa honradez de la fragilidad que decía ayer un hombre sabio.

Solo pido que apaguen las luces para no perderme este amanecer reflejada en mi propia ventana. Solo pido que siempre me acompañes con el paso del tiempo a la velocidad que sea, a tu lado siempre rápido intenso insuficiente.

Y que este tren no sea tan veloz que se convierta en imposible para mí llegar a él. Como los ideales que viajan muy por delante de nosotros, grandes y lejanos, y vamos corriendo con la lengua fuera a ver si los cazamos. Si los pusiera al servicio de las personas, a mi servicio, quizá me servirían para algo más que ir tras ellos y podría instalarlos en mí.

Solo pido que mis hormigas indomables sigan haciendo hileras a su antojo ignorando mi insistencia, mi intolerancia, mi invasión. Estaban aquí antes que yo por muy rápida que me crea domesticada en este cacharro tan veloz. Finalmente convivir pacíficamente como compañeras de piso aunque ni se planteen ayudarme a pagar el alquiler.

La escarcha dibuja ficción parando el tiempo en cada arbusto cada hierbajo, en esas ramas que se paralizan no como yo. Túnel. La niebla que se irá yendo. Túnel. Paisaje árido seco sin niebla sin escarcha. Cómo cambia el tiempo cuando corremos.

A veces creo que mi sistema nervioso no está preparado para tanta belleza. Túnel. Que mis labios no están preparados para este aire artificial. Que mi corazón no soporta tanta velocidad.

No quiero retrasar el reloj, ni siquiera parar el reloj. Tu reloj sigue su curso sin ser despiadado ni devastador. Sin que vayas por delante ni por detrás… solo serena en el momento justo ¿será tu espíritu Aloha?

Quiero ir más despacio, por mucho que corra ya quedó atrás el amanecer y paso de ver irse el sol habiéndome perdido todo lo demás. No quiero que el espacio y el tiempo tengan la capacidad de desintegrarme así que desde el andén donde aún espero solo puedo gritar ¡¡viajeros al tren!!!

 

365

Día 1. En algún momento algo se llevó todo lo que eras. Quizá el viento.

Día 2. Oscuridad, dolor. Frío. Ritos. Tu cama vacía.

Día 3. Aún parece que estás.

Día 4. Una amiga bajo la luna. El viento que no cesa.

Día 5. Una amiga en casa me abraza. El viento golpea los cristales.

Día 6. Una amiga recorre tu camino a mi lado. La tierra resuena seca y helada.

Día 7. Los tres juntos en la cama. Parece que el mundo es cálido.

Día 8. Cansancio, angustia. Sigue tu olor en tu jersey.

Día 9. Sale el sol y eso me oscurece.

Día 10. Intento escalar, pero me pesan los ojos de tantas lágrimas y la gravedad hace el resto..

Día 11. Todos se van. ¿Tú también?

Día 12. En mi estantería, lo que queda te ti… ocupas muy poco espacialmente.

Día 13. Las nubes se chocan contra el suelo. Estoy encerrada en la niebla, buscando tus manos suaves.

Día 14. Parece que todo sigue tal cual.

Día 15. No estás y todo sigue tal cual.

Día 16. La vida se abre paso, más implacable que la muerte.

Día 17. ¿Por qué no la alegría? Y me dejo llevar.

Día 18. Su piel nueva me recuerda tu piel fría. Los extremos se tocan.

Día 19. No estás y esa parte de mí no está.

Día 20. Mi miembro fantasma.

Día 21. Los pies se me pegan al suelo sintiendo raíces que me protegen y a veces me asfixian.

Día 22. Recupero lo cotidiano.

Día 23. Me aferro a algún sueño.

Día 24. Soy disidente de la pena.

Día 25. Me paso por el forro las etapas del duelo.

Día 26. Suerte de esta gran familia, celebrando, siempre hay algo que celebrar.

Día 27. Cantamos y eso ayuda. Quiero volver a la tribu, dando la importancia necesaria a “cuidar” “cuidarnos”.

Día 28. La navidad, agridulce, se lleva tantas otras navidades… las dejamos ir.

Día 29. No pienso qué significa mañana, pero algo en mí lo siente.

Día 30. Hay un calendario, interno, nuestro, que siempre se para el día 28.

 

Día 61. Un año nuevo. ¿Y dónde queda lo viejo, lo inutilizable, lo que se perdió por el camino, lo muerto, lo marchito? Quiero un mundo antiguo donde no se pueda empezar de cero sino recorrer eternamente los mismos caminos. Pero sé que no quiero eso. Solo que vengas de mi mano.

Día 89: Este mes sí que tiene 28 días como si fuera un homenaje a tu ausencia. Y soplamos las velas… sin tarta de manzana.

Día 120: ¿Se supone que ya debería estar mejor? Cuando muere alguien muy amado pienso que siempre estás en duelo. Vives con ello, aprendes a ser feliz en duelo, a reír en duelo, a hacer el amor en duelo, a escalar en duelo, a viajar en duelo, a construir en duelo… no es negativo ni positivo, es lo que soy.

Día 150: Los titéres en esa plaza urbana y antigua, rescatan un mensaje de abuelas, de madres, de nanas susurradas en canciones populares. Y el suelo de piedra parecen tus rodillas, y los amigos que me agarran; tus brazos y esa voz antigua; tu voz. Las lágrimas se escapan. No son de pena son de viaje en el tiempo, de infancia. Estoy agradecida a estos títeres que una tarde cualquiera me han llevado hasta ti.

Día 181: La primavera convierte lo caído. Siento que florezco.

Día 211: Tu muerte revivió su muerte. Sentimos que nos acostumbramos a que la gente a la que amas se vaya. Odio la palabra acostumbrar.

Día 242: Primer no-cumpleaños.

Día 273: Me alejo de nuestra sierra, de las jaras, los cielos, las encinas… y pienso que aquí vivió una mujer como un tomillo, arraigada y silvestre. Y sé que te llevo conmigo. ¿Mamá quieres dormir oliendo a mar?

Día 303: Diría que cuando acaba el verano empieza la realidad… tan lejos… tan sola. Desamparada. ¿Será así siempre que una madre se va? ¿Siempre que uno se va?

Día 335: Un pájaro se ha posado en mi ventana, “si vienes a mi ventana de pajitas te haré un nido”.

Día 365: Una vuelta entera al sol sin ti y te echo de menos, menos que antes pero a instantes igual que antes. El hueco se llena de flores y alegría, no puede ser de otra manera.

Me adentro en él, como una aventurera insaciable, nado a través de él. Es estrecho, oscuro, profundo y aterrador, interesante… sigo buceando solo movida por la curiosidad de saber qué hay al otro lado y en el trayecto me rasgo la ropa, me araño la piel, pierdo los zapatos… me asomo esperanzada… ahí estás, tumbada sobre la hierba brillante y húmeda, acariciando el suave sol de otoño, boca abajo, fumando, media sonrisa se intuye en tus labios amorosos… ¿qué observas con tanto interés y melancolía?

Me acerco y noto el frescor en mis pies, la brisa en mi pelo… y la tremenda alegría de sentir que me miras a mí.

El juego de escalar

El mundo es suyo, puede hacer lo que quiera, ser quien quiera… y elige subirse por las piedras. Hacer de la escalada su nirvana. Del mundo una roca. De la vida un viaje. De la amistad un compañero de pirateo, del amor una cordada.

Ahora se habla mucho de rescatar el juego para la vida, sobre todo en los niños… pero también en los adultos, rescatar lo espontáneo y sincero. ÉL es un sabio de todo esto. Cuando la sabiduría la entendemos como la capacidad de conocerse a uno mismo, de saber seguir tus impulsos auténticos sin pensar en nada más que en lo que realmente deseas hacer.

Y miro esa foto de la portada, con un aire soñador, risueño, alegre. Y a mí solo se me ocurre pensar que la vida es un regalo maravilloso. Eso es lo que se siente en cada línea.

Cuando algo no se vive como un problema ¿en qué se convierte? ÉL tiene la capacidad de transformar los momentos de dificultad o frustración en oportunidades para la sorpresa y la acción.

Y esa ligereza a la que muchos no accedemos por llenarnos de pesadas cargas… esa ligereza es su libertad, su motor. «He vivido como un Rey» dice en una ocasión. ¿Y quién no? Algunas mañanas, escribiendo, pensaba que si no vivimos como reyes es porque no sabemos hacerlo, independientemente de las dificultades personales de cada uno que a veces son muy duras. Pero si una tarde de sol en cualquier parte no nos resulta suficiente, es que no hemos sido capaces de buscar esa ligereza, esa alegría.

Puede parecer que una obsesión es algo que te mantiene intranquilo y alimenta constantemente ambiciones, presionándote hasta los límites… su climbing obsesion yo diría que es una cordura extrema. La simplicidad de buscar algo que guíe tu vida y tener las narices, la suerte, la fuerza, el talento, la dedicación; de ir a por ello, cultivando la libertad de escalar como ÉL lo entiende, a su manera anárquica. Sin influencias ni concesiones.

En ocasiones he escuchado que todos debemos saber un poco de todo… me sorprende cuando precisamente los grandes genios de todos los tiempos, aquellos a quienes  muchos admiramos y respetamos, se han dedicado obsesivamente a una única disciplina.

Escribir este libro sobre Dani Andrada ha sido para mí una gran oportunidad, un gran esfuerzo… Me costó escribir, escribirle, mostrar esa esencia en lugar de contarla ¿cómo hacerlo cuándo solo sé usar las palabras? ¿Cuándo lo importante se queda en los silencios, en las rocas, en la cuerda, en las motas de magnesio que a saber a dónde viajan?  En el camino hasta el coche tras una jornada de escalada…

Pero su gente me mostró, ÉL me mostró… e intenté tener los ojos abiertos y los oídos abiertos y mirar más allá de las palabras y los hechos. Y utilizar su buen humor, su entusiasmo  y su energía como personajes indispensables de su historia.

Intenté hacer una historia que huyera todo lo posible de fechas, de datos, de números y letras… profundizar en una visión: Un niño se sube por un muro al lado de su casa y desde entonces vive una vida feliz y simple de roca en roca.

Este libro me ha dado la oportunidad de no dejar de buscar a esa niña, mi niña, capaz de descubrir y soñar.

De intentar, igual que Él, vivir cada día como una Reina. Con un paño de roca o una ilusión como bandera. Y gritar cuando algo para mí merezca la pena ¡¡¡¡A MUERTE!!! Y que la motivación no decaiga, y que la risa me acompañe y que la vida sea ese juego maravilloso.

Tambalea

Ella no sabía que ese era el día en que iba a morir, si lo supiera ¿tú crees que se habría pasado tanto tiempo cepillándose los dientes? ¿Revolcándose en su insatisfacción? ¿Que la tarde anterior habría defendido las mismas ideas con el mismo ímpetu, solo preocupada de tener razón?

Tener razón casi siempre cobra más importancia que estar en calma y escuchar y comprender dónde estás, desde dónde buscas tú “razón”.

Esas cosas se le pasaban por la cabeza mientras terminaba su carrera junto al mar. El mar solo para ella mientras pensaba en Ella. El agua fría.

Le gustaba secarse al sol, sumergirse entre las olas y luego tumbarse sobre una piedra caliente o en la arena, para que el sol fuese evaporando las gotas de la piel mientras el viento le peinaba el pelo.

Intentaba buscar un motivo para seguir. Le dijeron que se tomase una pastilla para estar contenta -tanto tiempo sumergida en la evasión- tanto tiempo sin coger las riendas de su propia vida, buscando un motivo ¿no vale con estar, con ser? Parece que casi siempre no… pero poner parches nunca fue una solución, pastillita para hoy puede ser vacío para mañana. Quiere ir a la raíz pero no sabe cómo. Quizá si se agarra fuerte, fuerte, a la alfombra voladora de las emociones ¡allá voy a vivir tal como soy!

Tumbada en la arena intentaba no pensar en nada, preocupada de sentir: las puntas de los pies rozando los pequeños cristales de la arena, las palmas de las manos calientes gracias a ese sol que huye del invierno. Pero Ella se colaba en su cabeza.

Intentar estar contenta era un trabajo solo suyo. Pero estaba tan acostumbrada a la seguridad de lo estable, de las pequeñas rutinas, de lo conocido… que creía que la vida estaba en sus manos. Mentira, gran mentira, la incertidumbre es la vida. Pero las certezas le hacían sentir cómoda y segura, -como los niños que necesitan escuchar el mismo cuento miles de veces solo para aferrarse a la seguridad de lo que se repite- Cuando eso se tambalea y no sabes qué va a ser de tu vida (como si en algún momento lo supiéramos) cuando no sabes qué pasará después.

Una vida es mucho tiempo… está bien vivir el dolor, la tristeza, el enfado… pero también tener la fuerza y la consciencia de dejarlo ir.

¿Lo habría dejado ir si supiera que hoy iba a morir?

Se viste de nuevo, notando la sal rozando contra los tejidos y ese roce le hace sentir muy en contacto con lo orgánico, la imagen de Ella le vuelve. Ese dibujo en el que dos niñas (una grande, otra pequeña) comparten cama, una lee mientras la otra se siente refugiada entre historias y peluches. ¿En qué momento dejaron de ser esas niñas?

Era consciente de que tenía poca capacidad de placer, que todo iba unido al sufrimiento ¡justo ahora que iba a morir qué desperdicio!, ahora se da cuenta que hay que elegir y cuando eliges, ganas unas cosas pero sacrificas otras. Entendía que si tus elecciones son motivadas por un impulso auténtico siempre serán las correctas, te lleven donde te lleven. Buscar lo que verdaderamente necesitas y deseas fuera de lo externo de lo que nos llega y nos condiciona.

Pero hoy había muerto. Aceptar morir era lo más duro que le había pasado nunca.

Mientras corría, mientras escalaba, mientras la luna se estampaba contra el suelo otra noche más… fue consciente de que hasta que no eres capaz de aceptar tu muerte no eres capaz de vivir tu vida.

Ese acto tan heroico de vivir sin más.

Ahora sí, podía dejar pasar todo lo demás, podía aceptar cada fracaso, cada no, cada pequeña pérdida sin enterrarse solo siendo consciente de que ahora aquí respira.

Pum pum pum. Y late. Y da igual si todo se tambalea.

Mi Montaña de arena

Por si no os acordáis… de que el otoño se lleva las hojas y el polvo del suelo reseco y también todo lo demás. De que a veces quiero irme contigo a la luna, y tengo miedo de taaantas cosas que se me olvida que vivo como una reina. ¿A ti también te pasa? Pues entonces te cuento.

«Papá y mamá, os lo digo por si no os acordáis, que ser pequeño es muy divertido».

A veces se me olvida lo divertido que es simplemente estar aquí, vivir, respirar, tocar estas teclas y saborear una infusión y compartir. Ser capaz de estar sin tantas expectativas, sin proyectar siempre hacia el pasado o el futuro.

A veces se me olvidan tantas cosas. Releyendo un libro de Andre Gide que dice frases tan definitivas como las de los niños me intento recolocar. Busco ese lugar en el que por elección propia quiero estar, una habitación solo mía, decorada con todo lo que heredé (creo que tras mucha revisión dejé colgados esos cuadros del pasado conscientemente) con todo lo que caminé, con todo lo que indagué, con todo lo que sueño.

Hay niños jugando en el arenero, niños mayores y pequeños y medianos. Parecería que los mayores ya pasaron esa etapa de jugar con la arena, de concentrarse en una minúscula porción de mundo y mezclar y tocar … pero hay veces que necesitan volver ahí, quizá demasiada presión, quizá etapas muy rápidas y confusas, quizá solo quieren estar tranquilos, controlados y seguros.

Mi arenero es otro, es diferente. Casi siempre pincha, y es duro, y tiene muchas formas. No tengo que cogerlo y mezclarlo, eso ya lo hizo el tiempo, el agua, el viento… sino mezclarme yo, ser capaz de subir por mi montaña de arena ¡y lo necesito tanto, lo anhelo tanto cada vez que no lo tengo! Quien sabe si esta obsesión trepadora responderá a algo sin resolver, pero a quién le importa. Sé que necesito sumergirme ahí para volver a ser yo, jugar con la roca, conmigo, con la roca, bailar, subir escalar, conmigo, con la roca, notar, luchar, sufrir, arañar, con todo, con el mundo, encadenar, caer, sufrir, sudar, contigo, con ella, tú y yo riendo, cantando, viviendo y tener frío y calor y notar el viento y el sol… y la roca.

Por si a ti también te pasa te cuento que casi todo depende de cómo lo mires, de donde estés tú para observar y comprender. Y ahora no estoy en mi montaña de arena.

Desde ahí todo se ve mucho mejor, quizá por eso subo, quizá solo es una cuestión de perspectiva… desde lo alto, desde lo lejos, desde el silencio.

El principio de Ana Karenina es sin duda uno de los más conocidos de la literatura universal. «Todas las familias felices se parecen unas a otras; pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada». Qué monótona puede resultar la tranquilidad, la no preocupación… como los adolescentes que tienen todo en sus manos pero a veces tanto miedo de salir al mundo que se paralizan. La felicidad te paraliza, y estar mal te hace sentir especial ¡a nadie le duele como a mí! La excusa perfecta para no jugar las cartas que tengo y tirárselas a la cara al mundo, culpable de todo lo que me pasa.

Si cierro los ojos me meto en mi habitación, construida solo para mí, solo por mí, donde entra quien yo quiero cuando yo quiero. Y cuando me canso de estar ahí me calzo los pies de gato y empiezo a escalar Mi Montaña, que por suerte y a pesar de las prohibiciones y la falta de cuidado, está por todas partes.

Solo un ocho, un poco de magnesio, un pilla que voy… no necesito nada más que siempre poder volver.

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