Gracias

Lo tengo aquí, entre las manos. El olor del papel recién cargadito de tinta es de mis olores preferidos. La mariposa se escapa por arriba mientras la tortuga pasea tranquilamente, con parsimonia. Cada cual acorde a su naturaleza, como debería ser.

Las Gracias en la mitología griega eran las diosas del encanto, la belleza, la naturaleza, la creatividad humana y la fertilidad.

Va por ellas o por todo lo que representan y también va por esa gran virtud que es para mí la gratitud y por el lindo regalo de tener un libro entre las manos que hizo un largo viaje: del corazón a la cabeza a las entrañas a las manos al mundo cibernético al papel a…

Dar las gracias siempre se me alarga porque tengo ¡tanto que agradecer! en abstracto y en concreto. Me voy a centrar en agradecer todo lo relacionado con este blog del que nace la idea de este nuevo libro Mujer Mariposa, Mujer Tortuga.

Gracias a Desnivel en general y Darío, Carmen, Yáñez, Marijo, Javi y Lluis en particular. Por apoyarme siempre, cuidarme, creerme, y dejar que mis palabras vuelen cibernéticamente y se materialicen en este objeto que tanto adoro.

Gracias a este invento del blog que hace que sea fácil escribir y leer sin barreras, ni espacio, ni papel, ni tiempos, ni fronteras y que las palabras te puedan conectar con aquellas personas que te leen, no como entes invisibles, sino como alguien al otro lado dándole su propio sentido.

Gracias a las y los incondicionales que estáis en ese otro lado, que me leéis y me inspiráis, en especial:

M, Berto, Chisti, Presente, Gorri, Rosaura, La Que Ríe Llorando, Coqui, Cualquiera, Raquel, Alex, Bego, Eiderelizegi, Lupita, Aitana, Aitor, Trond, Ángela, Clarita, Ana, SilviaRicenwind, Felipecolorado, Diego, Edu, SoledadGallardo, rojo, Mali, Marta, Helena, Eva, Sara, Debbye, JuanjoSultán, Lau, David, Julia, Pipi, Amaia, Abby, NuriaHernández, Carmen, Steppen, Yendris, Gonso, J.

Gracias al tiempo que, como un bumerán, te devuelve lo no resuelto para que tengas otra oportunidad. Hace unos cuantos años cuando se editó mi primer libro Andando la vida, Beata, la editora, me recomendó cambiar el nombre… como soy cabezona y me cuesta desnombrar algo que llevo tiempo llamando y acariciando (me parecía que lo despojaba de cierta identidad), no lo hice. Uno de los nombres barajados por ella fue Mujer Mariposa Mujer Tortuga… ¡me gustaba tanto ese título! Pero estaba tan aferrada a “mí” nombre que lo dejé ir… o mejor dicho se quedó a la espera, paciente como la tortuga de Esopo.

Gracias a La Mariposa y su metamorfosis; huevo, oruga, crisálida… esa grieta que se abre y rompe a volar, y en su vida breve, diurna o nocturna, atrapa todo lo fugaz, instantáneo, como símbolo hermoso de la trasformación.

Gracias a la música que me acompaña, esos temas escuchados vuelta y vuelta que han marcado muchas de estas líneas. En especial Persona entre paréntesis, que pondrán melodía en la celebración del nacimiento.

Y a esas poetas, escritores, que me han inspirado tanto durante este proceso creativo, muy presentes: Wisława Szymborska, Daniel Pennac, Raquel Bullón Acebes, Eider Elizegi, Helena Santolaya, Lennon, Kilian Jornet, Antoine de Saint-Exupéry, Pablo Neruda, Edu Sallent, Emily Dickinson, Violeta Parra, Julia de Burgos, Ivan Doig, Daniel Benioff, Haruki Murakami, Pura Vida, David Eloy Rodríguez…

Como estas páginas para mí son como una radiografía de mi día a día, del sentir, del pensar, del vivir… tendría que agradecer a quienes me acompañan en las rocas, el asfalto, las flores, el camino que es la vida, ¡hay tanto vuestro aquí! sabéis quienes sois y dónde estáis ¿a que sí?

Gracias Mamá, Papá por enseñarme a creer en las personas y las historias, os echo de menos y os busco a menudo en cada punto suspensivo.

Gracias V. Te dediqué este libro, mi amor, porque hay mucho de ti, mucho de ese crecer a tu lado, cambiar a tu lado, ser a tu lado mi parte más auténtica y ancestral eso que no se explica ni con miles de palabras pero que me inspira cada día.

Gracias a la perspectiva que me hace desprenderme de todas las palabras escritas como si las hubiese creado otra, ya no me pertenecen y no las siento mías y eso me hace libre y las hace libres.

Gracias S porque tu voz mece mis sueños y tu mano sostiene mi camino.

Gracias a ese arco iris doble mientras la lluvia nos moja sin importarnos: cuando estamos juntos somos impermeables.

Gracias a La Tortuga primitiva, lenta como el mundo, de pies ásperos y fuertes, y arrugas y coraza.

Y Violeta canta «gracias a la vida que me ha dado tanto me ha dado la risa y me ha dado el llanto» mientras los aplausos acompañan tu partida… Dejaste tu caparazón en tierra, en tu mar… y ahora vuelas y vuelas libre quién sabe a dónde, mientras aquí tantos te echan en falta.

Te doy las gracias por todo lo que has dejado, tus pedazos, y una frase dicha me retumba en la cabeza: me hacía compañía saber que existías.

 

Poco común

Me gusta como huele cuando llueve en primavera.

Me gusta que las frases hechas se desmoronen buscando un nuevo sentir a las palabras, porque si todos los caminos llevan a Roma ¿Cómo narices vamos a salir de Roma? Y el sentido poco común redimensiona la realidad hasta hacerla totalmente diferente, perdiendo el sentido común en busca de la propia sabiduría desde dentro hacia fuera y se cuestiona todo venga de la fuente que venga (a no ser que “la fuente” sea alguien a quien se quiere mucho y que nunca ha dado motivos para dudar, para eso sirve el amor y la amistad).

Me gusta amarte tal y como estás en cada momento.

Y sorprenderme cada día.

Me gusta que, como dice Brené Brown, “difícilmente una respuesta pueda mejorar las cosas”.  Y olvidarme de las palabras para no decir nada y solo abrazarte, mirarte, conectar.

Al fin y al cabo estos son pensamientos de alguien que vive encima de una roca pensando que es su propia isla.

Me gusta caminar sobre la fina línea que separa todo lo importante.

Me gusta “Déjame vivir” en esa sala preciosa, antigua, fuera de lugar… porque viene de la mano de un chico que vive a su manera y ese es su éxito.

Me gusta pensar que cuando doy a “me gusta” estoy siendo sincera y no simplemente intentando comunicarme.

Hace más de mil años y durante siglos, mujeres de algunas regiones de China utilizaron una caligrafía de 2000 caracteres incomprensible para los hombres llamada nushu. Se dice que la inventó la concubina de un emperador para poderse comunicar con sus amigas sin ser descubiertas. Me gusta que nuestro lenguaje secreto no necesite códigos ni caracteres.

Me gusta creer que soy capaz de leerte y que al minuto me parezcas indescifrable.

Estoy mirando por la ventana y me gustan como se pierden a lo lejos unas enormes nubes de agua, de esas gordas y blancas que parecen hongos nucleares o esponjosas camas de algodón y ella imagina que puede saltar y saltar.

Me gusta la piel de gallina: por una canción, un paisaje, un texto, una imagen, un roce.

Me gusta ser consciente de que la libertad es una putada: compromiso, elección, asumir riesgos, aceptar consecuencias… y elegir la libertad.

Y las praderas siguen llenas de flores a pesar de nosotros.

Me gusta lo que dijo Ortega y Gasset: lo que diferencia al hombre del animal es que el hombre es un heredero y no un mero descendiente.

Lo peor de intentar convencer es que sueles insistir en tener razón incluso cuando no es necesario que alguien tenga razón. Me gusta perder la razón y el sentido y la ropa y las alas y jirones de piel y la memoria y la vergüenza y el tiempo…

Me gustan los lugares donde el cielo puede empequeñecerte.

Y las conversaciones que te enriquecen tanto que puedes comer de ellas mucho tiempo.

Me gusta que mi compañía calme tus miedos.

Y charlar al aire libre, el viento de tormenta, las caminatas bajo el sol de invierno, las noches de verano con las luciérnagas latiendo en los arbustos, los besos bajo un cielo sin luna atestado de estrellas…

Me gustan todas las vías que he hecho y sobre todo aquellas que me quedan por hacer.

Me gustan las cartas escritas a mano. Y tu mano sosteniendo mis sueños y tu voz, solo tu voz, viajando siempre en mí.

Me gusta tener teorías y referentes y también pasármelo todo por el forro.

Me gusta que la aventura forme parte de cada día.

Me gusta casi cualquier cosa morada.

Y la exploración, la incertidumbre, el entusiasmo, la valentía.

Me gusta entrar en otro mundo y me gustan los misterios. Y preguntarme ¿dónde tengo la cabeza? Y notar que no la necesito.

Me gusta la nostalgia de los momentos que ya no volverán, no solo porque pasaron hace tiempo y son irrepetibles sino porque nosotros ya no somos los mismos.

Me gusta que puedas llamar a mi puerta y que siempre la encuentres abierta.

Me gusta echarte de menos y ser consciente de que no estás. Me hace muy consciente de que estoy.

Me gusta un corazón de viento.

Me gusta imaginar para ti un mundo nuevo que se basa en confianza, generosidad, libertad, creatividad, pasión, entrega, cuidados.

Me gusta pensar que lo que hago vale la alegría y no la pena.

Me gustan las cosas usadas, gastadas, vividas, prestadas, remendadas…

No hay nada más vivo y más auténtico que un niño. Me gusta estar cara a cara con la autenticidad, con la parte cruel de la inocencia que no tiene filtros y te hace ver lo artificial o poco auténtico que hay en ti, que hay a tu alrededor.

Solo puedo creer lo que he vivido o experimentado… me gusta la vida.

Me gustan los finales que son principios. Y desprenderme de lo común para buscarnos un lugar poco común donde estar y ser como queramos, sin sentido. Te espero ahí.

El charco habitado

Pasamos por encima con nuestro andar invasor y descuidado, pero ella dio un salto desafiante en mitad de la noche.

Y descubrimos que en medio de ese monte donde siempre es otoño y los árboles aún están por florecer, con el brote preparado, brillante, a la espera de un calor más cercano. Ahí, en ese charco, vivía una rana. Había dejado el agua turbia embarazada por esa especie de placenta flotante donde se fraguaban los futuros renacuajos.

Dormir junto a un río, por la mañana buscar renacuajos y tritones, por la tarde vigilar como avanza la vida en el charco, volver siempre de noche de las paredes mientras las abejas duermen tras un laborioso día de trabajo en el romero florecido.

Mientras escribo en este cuaderno negro, que hace años me regaló mi mejor amiga, se posa una mariposa parda, igual que la que aplasté con mi mochila el día anterior.

¿Y éramos felices, ahí, en ese charco? Sí, mucho. Te contestaré esperando que esa referencia y lo poco de mí que te puedo regalar, sea el lugar al que quieras volver cuando viajes al pasado. Quizá debería esperar que no quisieras viajar al pasado pero entonces puede que no quede nada del charco donde la rana le cantaba a la luna.

Y no se me olvida que hay tantas cosas que tendré que aprender desde el principio. Hemos visto a las primeras luciérnagas, escuchado a los primeros grillos y alimentado a un escarabajo carnívoro. Aquí donde las antenas no alcanzan y las ondas se quedan perdidas entre los ecos de los valles y las paredes.

Filosóficamente hablando de escalada o alpinismo lo que más me atrae es la idea de asumir riesgos. De saber lo que puede pasar y aún así decidir hacerlo. Va en contra de la naturaleza de perpetuidad del ser humano. Igual que aceptar la muerte con calma, con alegría, es su rebeldía… Y la de ella es no dejarse vencer por la muerte, intentar no apagar la curiosidad por vivir y ver más y más. Y los dos saben que se han dado todo lo necesario en ese lujo de relación incondicional. Y ella dice: que corra el aire, sin percibir la primavera, y él nunca deja de construirle origamis de papel con formas de molinos y colores esperando su viento.

«Las ideas son como peces», dice David Lynch, «Si quieres pescar pececitos, puedes permanecer en aguas poco profundas. Pero si quieres pescar un pez dorado, tienes que adentrarte en aguas más profundas».

Con un café humeante y el sol colándose entre las palabras intento atrapar pececillos, mientras suena una y otra vez Girl from the North Country. La segunda canción del segundo álbum de estudio de Bob Dylan, publicada en 1963, pero escucho la grabación en dúo del tímido Dylan al lado de su idolatrado Johnny Cash, voces que se mezclan y en lo profundo mezclan mucho más que voces dejando colgada en una melodía, en el ADN de las notas y los acordes dos visiones, sin edad ni diferencias. Me conmueve ese tema… si pudiera viajar en el tiempo sería cantante de rock en los setenta, o pincha en una radio de esas piratas que estaban en un barco en mitad del mar… me conmueven dos grandes de la música cantando a corazón abierto dejando de lado egos para dar lo mejor de los dos para los dos. Y esa melancólica letra de esa ciudad del norte donde los vientos golpean fuerte la frontera, y vive una chica de cabellos largos que dan vueltas… y se pregunta si le recuerda, en otro tiempo ella fue mi verdadero amor…

«Abre las alas, le dijo la tortuga a la mariposa, mientras la tortuga se acurrucaba en su caparazón, sostenida, cálida, feliz… y la veía volar y volar hacia las flores»

Aquí estoy viendo volar a una mariposa idéntica que la que aplasté ayer con mi mochila, y oigo voces infantiles que gritan ¿ves cómo no estaba muerta?

Y es que se me olvida que no tengo que olvidarme de aprender todo desde el principio.

En el futuro, si puedo viajar en el tiempo, seguro que vengo aquí, a este charco vivo, a esta compañía mientras de fondo suena una y otra vez la misma canción.

Cosas del viento

Lucha por salir, pero la piel es tan dura, los músculos tan duros, los huesos tan duros que se da cabezazos sin saber qué hacer. Se choca con otros cuerpos, en búsqueda, se sube por paredes en búsqueda, corre y corre… pero no lo consigue. Y busca el cuerpo como conexión, como expresión, como sentir que va más allá de la palabra y de todo lo demás, dos almas que luchan con la carne por encontrarse y conectar en algún lugar intermedio entre el miedo, el deseo, el amor, LA ESPERANZA

Estoy fuera del mundo.

Hoy que todo es poesía.

Aunque los lunares en el cuello y en la ingle, me hagan creerme parte del mundo, el universo sigue su curso sin pensar en mi existencia.

Estoy muriendo en mí, no pertenezco a lo que veo ni a lo que siento, en un limbo solitario incapaz de comunicarme: muda, ciega, sorda, inmóvil.

Como espectadora de mi propia vida.

La miro pasar, a veces me sonrío, otras me pongo triste, nunca sé qué hacer para subirme a ella.

 

No abras los labios si no estás seguro que lo que vas a decir es más hermoso que el silencio, ese proverbio Árabe le crea mucha presión, mientras piensa insistentemente “Vamos a arder bajo la misma noche”.

Si se calla se muere, se seca, se consume, se descompone. Por eso, aunque sea por su misma condición suelta lo que sea blabalabalabla…

¿Un idioma también es una manera de pensar concreta? Es imposible que piensen de la misma forma una lengua que contiene el subjuntivo (tan ambiguo, tan interpretable, esquivo) que otra que no lo tiene… pero en lo esencial podemos conectar porque ¿reír, amar, soñar, sufrir, comprender, soltar…? ¿se pensará igual en todas las lenguas?

La primavera entra por su ventana y tiene ganas de volaaarrrr pero de momento solo se desliza por el teclado… LAS PALABRAS

 

Puede ser un atardecer. El viento refrescando mi axila mientras escalo. La princesa patinando entre escombros, la luz sobre los árboles, respiraciones.

Mirarla reír, su voz mientras me lee en alto en esta guarida que nos hemos buscado, ¿o quizá él es mi guarida?

Le abrazo mientras ella desafía las convenciones de las princesas moviéndose entre macarras y grafitis, y un dulce olor a almendro viaja entre nosotros y nos rescata la primavera.

Sé que si me voy una parte de mí se quedará aquí, como el polen que se va esparciendo y esparciendo… pero el polen ¿sentirá nostalgia o solo la alegría de dar vida?

 

Él sueña con seguir adelante, ella con un mundo nuevo, él nunca mira hacia atrás ella siempre se para en cada flor, ella le caza en una esquina y él, inexplicablemente se detiene. Él le pregunta ¿te he dicho ya que eres preciosa? Ella le contesta: con palabras no. Él se agita, quiere sentirla pero viven en universos dispares y él se resiste y ella quiere detenerlo siempre. Están en un continuo desencuentro y eso que solo quieren permanecer a su ritmo, ¿el uno sin la otra serían imposibles? ¿Se desvanecerían? EL TIEMPO Y LA MAGIA

 

Te robo tu visión de mí, como un beso furtivo, porque somos a la vez lo que los demás ven y lo que nosotros mostramos y también aquello solo nuestro que nadie más conoce.

La cicatrices, el sendero, la mirada sensible.

El sonido más relajante, los pájaros y el aire cuando el techo es de nubes y los viajes, el silencio, la nada.

Lo que más me gusta de este equinoccio es el viento, suena a metal, vibrante, como una hermosa anunciación: dulce y violenta.

Me dejo llevar por la esperanza, por el amor, por las palabras, por el tiempo,por la magia… Hilando, en la tarea de tejedora de palabras, como una araña laboriosa y completa.

Ha vuelto el invierno a despedirse.

 

Respiro… sigue el sabor del Sahara

RESPIRA… Ya se pasa.  Eso pone en una bolsa para vomitar del avión.

Recién aterrizada con arena aún entre los dedos de los pies, el corazón algo encogido y la cabeza medio al revés… respiro y no se pasa.

El coche corre entre el polvo y solo se distinguen brumosas y enclenques las acacias del desierto.

Recuerdo un cuarto envuelto en vapor con una ventana pequeña por la que entra un rayo de sol, grueso, en el que puedo contar las motas de polvo. Me gusta el sonido del agua cayendo desde el cubo, el agua caliente sobre mi cabeza, el polvo que se va, el sol que se pega a la piel mojada en un abrazo de rayos.

Ya me despido de esta tierra desolada y viva. Tengo la piel de desierto, los ojos de desierto, el pelo de desierto, el grito de las mujeres saharauis retumba en mis tímpanos como una alegre despedida.

Si me quedo un rato en este rayo de sol puedo convertirme en un pedacito de desierto. No ser nada y serlo todo, la vida que trascurre sin más, la arena que navega sin más, el sol que se cuela sin más. Y le digo a Eslaca si vendrá a verme a España. Detrás de la melfa, me contesta una atrevida voz en castellano «No, mejor yo te espero aquí». Solo espero que esos lindos ojos y esa viva alegría no se conviertan en un pedacito más de desierto, de olvido.

Y el aire de secador natural mece mi pelo de ceniza mientras los niños corren con los zapatos en la mano, sus pies ya conocen de sobra el tacto ardiente del desierto. No sé en qué momento entenderán que aquí no están con el mundo bajo sus preciosos pies sino a merced de la arena, del viento, de los recovecos de la política y los intereses internacionales, de la ayuda externa que acaba acomodándote con la etiqueta de refugiado que te impregna de una dependencia que no te deja ser autónomo ni en lo más elemental, como una sutil falta de libertad.

Me cansa todo aquello que se expone desde la queja o desde un espíritu reivindicativo y guerrero. Quiero huir del discurso panfletario, me cuesta encontrar desde donde hablar de toda la situación del Sahara Occidental ya que tengo opiniones en ocasiones poco definidas, sentimientos encontrados y por supuesto ninguna verdad que pueda hacer brillar ninguna luz al final del largo túnel de cuarenta años de exilio.

Sois nuestros ojos, decía en un discurso uno de los miembros del Frente Polisario. Joseph Conrad habló de las palabras que se entrometen en lo que se quiere decir… Mis ojos buscan palabras que no se entrometan entre imágenes y emociones. Pero nunca serán de mirada tan pura y directa como los de la joven Rabía.

Y la frase «correr por los derechos humanos en el Sahara Occidental» que reza este solidario Maratón del Sahara que me ha llevado hasta aquí, me retumba en la cabeza.

Y solo integro lo que vivo. Lo que me cuenten, lo que lea, los documentales, los artículos y los textos como este que estoy escribiendo… me pueden hacer reflexionar, despertar cierta conciencia… pero mi realidad es que si no pasa por mí, por mis ojos, por mi respiración, por mi estómago, por mi piel… soy incapaz de interiorizarlo y conmoverme hasta el compromiso.

Por eso cuando digo que he corrido por los derechos humanos ahora lo digo sinceramente, no como slogan solidario.

Mis piernas que se han arrodillado en la casa de Fatma, una casa de adobe siempre llena de gente donde los vecinos, los amigos y los familiares vienen a tomar el té a cualquier hora como un acto social y humano. Piernas que se han impulsado por el pueblo saharaui que fue ocupado por Marruecos hace cuarenta años en pleno proceso de descolonización española. El gobierno de turno, y posteriores, les han dado la espalda,  hace 22 años que han dejado las armas en post de un decreto de autodeterminación del pueblo saharaui que nunca llega… aunque la soberanía marroquí no es reconocida ni por las Naciones Unidas ni por ningún país. Mi espalda se contrae ante esta falta de horizontes que no dibujen la silueta de un tanque.

Mis pies, que fueron delicadamente decorados con gena por las cariñosas manos de Eslaca en esa habitación que vale para todo, “la sala de ser” le llamaría yo. Ahí dormimos juntos: niños, adultos, visitas, hombres, mujeres… La cercanía de otro cuerpo no los incomoda, al contrario, les reconforta. A mí también. Pisaban por su derecho a volver a su tierra con esos pies nómadas que resistieron la ocupación: algunos desde la lucha, otros se fueron perdiendo hacia el desierto, esta vez no en busca de agua para sus camellos sino en busca de libertad.

Mi corazón que latía al ritmo de su música en cada desayuno, cada cena… porque el silencio no es un bien muy preciado por aquí, todos hablan y cantan mientras alrededor algunos duermen. Liberados del insomnio en esta tierra.

Se desbocaba por esas mujeres y hombres maltratados, torturados, humillados, en la zona ocupada. Mi corazón, mientras corría, intentaba saltar las piedras que bloquean un pueblo partido por ese muro de la vergüenza con 2.700 km (el muro más grande del mundo) con militares y minas antipersonas, muchas de ellas fabricadas en España, construido por Marruecos para separar el territorio ocupado del liberado.

Mis poros, resecos por este desierto que todo se lo come, incluso la basura que a nosotros tanto nos asusta ver (creemos que porque no la veamos no hay mierda en todas partes)… sudaban por esos tratados absurdos que Marruecos firma con Europa sobre la explotación de los recursos naturales, en detrimento de que el pueblo Saharaui regrese a su tierra.

Derechos humanos: qué lindo concepto, qué fácilmente nos los saltamos por intereses socioeconómicos, geopolíticos… y dejamos la vida de muchos en manos de muy pocos sin sentirnos sus compinches. Pero si no lo has comido, bebido, respirado, sudado… si no ha pasado a través de ti es muy difícil de entender.

Me llegan mails de Amnistía Internacional, veo noticias sobre Siria y Ucrania y Corea y me estremezco mientras pienso lo que voy a hacer hoy para comer.

En la entrega de premios las mujeres cantan, como dice el alma máter de todo esto, Diego Muñoz Avia, «El Sahara Maratón es la única carrera del mundo en la que los verdaderos protagonistas no son los que están en el podio». Todo es fiesta y alegría y folklore. Aún así hay quien sale con su bandera particular, o con la pancarta de su proyecto deportivo… y entonces me pregunto qué les estamos pidiendo a los dirigentes del mundo. Echo de menos a gentes sin banderas.

Ya en la cinta de recoger el equipaje parece que todos recogemos nuestro yo de aquí, conectados de nuevo a los móviles, ya no nos miramos a los ojos, no buscamos el sol tras las dunas, ni las mujeres bajo sus melfas, ya estamos aquí. Pero seguimos sin ser capaces de estar ahora, y eso que venimos del presente absoluto, de un lugar donde el futuro no existe, donde pensar en mañana es casi hacer una fotocopia del día de hoy y aún así qué capacidad para vivir la alegría por la alegría… mientras el tiempo discurre a ritmo de té, como prueba de generosidad y paciencia de los saharauis.

Pienso en la imagen colorida de Eslaca perdiéndose en la inmensidad de la nada, buscando un lugar donde esconderse… camino por los pasillos brillantes del aeropuerto a la caza de mi equipaje. Pero mi equipaje, el que importa, lo llevo ahora en los ojos y se me llenan de lágrimas ante el velo rosa al viento del desierto, y los ojos maquillados con cuidado.

No siento vergüenza caminando recorrida en lágrimas.

No miro a nadie, nadie me mira. Nadie se va a acercar a preguntarme si estoy bien, esto no es el Sahara, donde la intimidad no tiene mucho sentido. Tiras una moneda al suelo y milagrosamente se han enterado en la otra punta del desierto. Tu espacio personal no es algo que puedas rodear con los brazos.

Y siento, como occidental que mira desde su ventana, que tenemos una tremenda necesidad de deconstruir para poder construir. De compartir con ellos no solo lo nuestro sino también lo suyo, para enriquecernos todos.

Mis pies recorren el camino de carteles, etiquetas, anuncios, tiendas… vivo lo solos que estamos en este mundo tan limpio en la superficie, tan educado en la superficie, tan libre en la superficie. Aquí no pasa lo que decía Nezha que las vecinas, si no vas a verlas, vienen a tomar el té contigo.

Las maletas caen una por una y hacen su recorrido. Me seco las lágrimas mientras todos esperan.

Ha pasado una semana. Respiro. No se pasa.

Muerta la Superwoman

Ha sido asesinada la Superwoman. También dicen que suicidio. Yo pienso que se dejó ir… cansada de ser tan perfecta. De cargar con el peso de siglos y siglos de opresión. De lamerse las fragilidades por miedo a no ser lo suficientemente independiente.

De tener que demostrar constantemente todo lo que vale y que además vale para todo.

Con ese feminismo que a veces se convierte en una pesada carga. Y ese machismo que la aniquila.

En algunas esquinas las mujeres que venden su cuerpo la hacen creer que aún queda mucho para la libertad.

Las paredes y el musgo y esas manos que se mueven entre liquen antiguo la ponen en una dimensión más salvaje y esperanzada.

Decide dejar la comida al fuego, la cama sin hacer, el texto sin terminar, mil libros por leer, muchos hijos por tener, paredes sin explorar, los besos (eso sí) por todos los rincones… el teléfono suena pero no lo piensa coger. Se va un rato al mar.

Y ya no vuelve más.

El cuerpo no ha sido visto lo que hace que el suceso se convierta en una verdadera leyenda urbana.

Dicen que la Superwoman se ha hecho transexual, otros hablan de un posible exilio a una isla donde solo ¡solo! ¡¡¡¡solo!!! se habla una lengua a base de monosílabos y los monos campan a sus anchas. Algunos aseguran que, en contra de todas las versiones habidas y por haber de Superwoman, ha ido en busca (por supuesto no vaya usted a creerse que las cosas han cambiado tanto) de su príncipe azul. Una gran parte de la gente opina que está con Elvis. La versión más aceptada es que su cuerpo apareció descuartizado en tantas partes como mujeres habitaban en ella.

Han hecho camisetas con su foto, cosa que la habría horrorizado.

Estoy agradecida de esta gran pérdida, ¡por fin, que cansina, ya era hora!

¿Si existiese la reencarnación cual sería la de la Superwoman? Me gustaría que fuera una mujer cíclica. Será porque me siento cúmulo de ciclos e incongruencias.

Serán las brujas, no las de los cuentos clásicos con verrugas y un gran dolor que les produce mala leche descomunal, sino mis brujas particulares, que probablemente no he inventado yo pero que voy a intentar definir. Más que nada para estar preparada cuando mi hija me pregunta si las brujas existen.

Mujeres que conocen su cuerpo y el poder que tienen en él. No hablo de ese poder de guerra sexual que nos ha otorgado el patriarcado, sino el poder de su sexualidad: sus ciclos menstruales, su orgasmo, su embarazo, su parto, su amamantamiento…

Disfrutan de este círculo en el que se convierte su vida gracias a la menstruación, cansadas de que digan que con la regla estás así o asa.

Saber que yo soy esa… no la mujer alegre de la primavera, la sensual del verano, la melancólica del otoño, la cerrada del invierno… soy todas ellas en un solo mes.

Y estas brujitas que a veces nos reunimos en akelarre alrededor de un fuego, en una terraza junto al mar, tras subir esas empinadas escaleras de “paz” para que las hadas que cuelgan de las ventanas viajen a través de las nubes y el bosque. Otras en una casita con niñas y alimentos en el puchero. A veces al pie de una pared en busca de ese horizonte que nos equilibra y nos impulsa. Muchas simplemente en familia. En ocasiones los brebajes no son más que una copa de vino, una cerveza, una infusión de hierbas ¿mágicas? O algo que porte muucho azúcar. Y los conjuros son secretos susurrados, promesas de “esto que no salga de aquí”, o irnos de la lengua porque total las palabras siempre se las llevó el viento.

Y de Superwoman no se habla mientras nos reímos a carcajadas al hacer palabras con el cuerpo.

Y reivindicamos nuestra sexualidad, la del útero y los ovarios y las tetas y el clítoris y los orgasmos y los partos y la leche que brota de nuestros senos.

Reivindicamos esa femineidad que va más allá de ropas, culturas o peinados, iconos políticos o subversión social, que se lleva dentro, sin muletas, que cada una la muestra como le place, como le dejaron, como siente…

Y dicen que ha muerto esa mujer que está en guerra con ella y con ellos, que no encuentra un sitio en este mundo loco y agujereado, que no quiere ser hombre pero adopta lo masculino, que no quiere roles pero se enrola en lo sexy, que lo quiere todo y se descuartiza.

Adiós querida, que te vaya bonito, tuviste tu momento transitorio en la historia.

Se cuenta (en círculos secretos) que se ha trasformado de verdad y para siempre.

Ella va por el mundo con palabras. Entonces sí, ahí nos encontramos.

 

 

Final provisional

 

Hay tempestad esta mañana en mi tierra.

Mi tierra, mi tierra. No la que me parió, tampoco en la que crecí, ni siquiera aquella en la que me gustaría estar ahora, o donde he sido feliz, o a donde sueño viajar.

Mi tierra… justo la que está en este momento bajo mi par de pies.

Y mis pies hoy están llenos de mar. Celebrando. Celebrándome.

Hace unos cuantos años (muchos para algunos, pocos para otras, relativos casi siempre) había mucha gente esperándome, intrigados por saber cómo sería. Una hermosa mujer, aún joven y peleona, me sacó a través de su útero y su vagina como conductora de mi primer viaje.

Lo hizo con una facilidad pasmosa, quizá la práctica de tantos viajes de vida, pero con la misma ilusión que en el primero.

Me puso en el mundo. En el pedazo de mundo que me tocó. Sin pedazos. Como dice mi querida Helena Santolaya: «Unafronteraesunalíneainvisiblequehacepedazoselmundo».

Con una lengua universal que todas las madres y sus crías entienden.

No me sentí de ninguna parte salvo de sus brazos, de su casa, de su tropel de hijas y un hijo, de sus hermanas, de su amado monstruo vagabundo.

Me recibió con el nombre que quería para mí: Leticia, por su significado de Felicidad. Ya que durante el embarazo todos le decían con cara apenada; “otra niña, vaya” , pero ella desafiante se sentía feliz de que llegara y no le apetecía que cargase con las amarguras ajenas. Por votación familiar, por una vez la democracia fue real, el nombre de la alegría solo fue susurrado en su pecho, una tarde noche de 1978, en un hospital cerca del río Pisuerga.

Y soy de ese río, y de este mar picado que se despertó a su estilo mediterraneo con sutiles espumarajos. Y soy de la tierra seca, y de las montañas, y de las paredes calizas, graníticas, volcánicas, conglomeradas, areniscas…

Sobre todo soy de allá donde está mi gente, mis amigos, y soy de donde nacieron las palabras de todos los escritores y escritoras, poetas y poetisas, que me han acompañado en el viaje (como dijo Grassa Toro) y de donde surgieron las imágenes de esas películas que me trasportaron, y de donde da la vuelta el aire, y de donde se fabrican los besos, y la electricidad de algunas caricias, de donde se curan las heridas y se guardan las lágrimas para brindar cuando la vida aprieta.

Y soy patro y mamá y amor y petra y cariño y patilina y amante y petarda y amiga y peque y hermana y muchacha y chochona y patrol y amore y patinete y mami y hilda y patiuski y piltrafa y mamita… también soy hija.

Tras ver el otro día el trabajo de tantos poetas, escritores y sobre todo del maravilloso Ricardo Calero en el que participé, entendí más que nunca la importancia de las líneas finas que separan la identidad de la nacionalidad, los mares de las tierras, los abrazos de las guerras, los sueños en el mar, de los finales en el mar, el tiempo del espacio… su obra en movimiento. También soy de esos sus “sueños en el mar” en el que se bañan hoy mis pies inquietos.

Una amiga de Kiev (ahora más que nunca también me siento de Kiev) me ha contado que en el aniversario se regala un deseo, la petición de un deseo… yo te deseo… su deseo ha sido precioso y yo me sumo a desearme que se alargue el viaje todo lo que se pueda, que los años no pesen sino que nutran, que la nada no me paralice, que sea capaz de vivir los procesos de muerte y los procesos de vida, que me aferre al amor y deje ir el dolor. Que la metamorfosis siga siendo una constante que me guíe, que me acompañes, que me acompañen que sea capaz de acompañarte. Que busque el horizonte cada día.

Que el pasado me ilumine y el futuro no me preocupe porque mi único final es este, provisional, inacabado, en proceso de búsqueda de un punto o una coma o quizá unos indefinidos que tanto me gustan…

Y hoy me han regalado una mañana de purpurina y corazones de ganchillo y me he regalado una comida con mi amiga del alma y el libro de Lennon de Foenkinos… en una librería pequeña y delicada. Siempre me cautivó este hombre su intensa y breve vida, su arte, su manera de reflejar un momento de grandes esperanzas y dudas existenciales, su gran historia de amor… termino provisionalmente con un trocito de estas páginas, en una entrevista que Lennon concedió a James S.Wenner en 1970.

–¿Tienes idea de lo que será para ti el “When I’m Sixty-Four”?

–No, no. Espero que seamos una linda pareja de viejos instalados en la costa irlandesa o algo así, hojeando el álbum íntimo de nuestras locuras.

Entre tú y yo

–Te vas y me dejas todo el peso de lo que viene.

–¿Quieres que me encargue del porvenir, de lo que fue, de los recuerdos y los sueños?

–Vale… tranqui… pero ¿Qué pasa con mi lista?

–Ufff… no sé si como prioridad pondría “cama de 1,50” y “táper que cierre” ¿es esa tu manera de empezar?

–¡Por algo habrá que empezar!

–Lo de una piel gastada por los besos me parece más apropiado.

2013 hablaba con la sabiduría del camino recorrido. 2014, por el contrario, tenía la arrogancia de la juventud y un mar de dudas.

–¿Cómo has conseguido vivir como querías vivir, cómo no dejarse en mitad del tiempo todo lo importante? ¡hay tanto por hacer!

–Creo que le das demasiada importancia al tiempo como medida. He intentando estar donde creía que había que estar en cada momento (sin importarme el tiempo), recolocándome cuando me salía demasiado del presente, cuando proyectaba hacia ti o me perdía en los recuerdos de mis antecesores… está en tu mano confiar en el pasado pero no cargar siempre con él como una pesada mochila, avituallarte de nuevas herramientas para mirar de forma diferente lo que hasta ahora habías mirado con los ojos de siempre. ¡Disfruta de cada etapa sin anclarte en lo que fuiste o en lo que soñaste ser porque te perderás mucho de lo que eres!

–Y eso es suficiente.

–Bueno también necesité montañas de amor… Empezaría por tirar esa lista de buenos propósitos. Empezaría por no hacer listas de los “mejores momentos” o “lo que tengo que cambiar” como si la vida fuera un álbum de grandes éxitos o como si cada día no fuera un buen momento para recapitular.

–Creo que soy joven para todo lo que cuentas.

–Date tiempo. Te recomiendo también un libro que leí ya al final de mí mismo de un chaval que corre, esquía, escala… un alpinista. Dice algo que te puede ayudar en esta travesía… «Las concesiones por amor deberían ser mayores que la de por dinero, ego o éxito; a veces, incluso, mayores que las de por valores».

Un silencio corroboró que hacía falta asimilar escuchando pensamientos que se despiertan tirando de finos hilos; una imagen, un olor, una palabra, una reflexión… y se ha generado una nueva idea.

–Hay una fina línea que separa el tiempo perdido del tiempo gastado –prosiguió el año pasado– Es la misma que separa la autonomía del abandono, la individualidad de la soledad, la ayuda del control, los cuidados de la sobreprotección, las palabras del lenguaje…

–¿Y qué línea es esa?

Sonrió enigmático 2013, con unos labios perfilados por ese trece tan poco favorecedor pero que en su cara, conocida, alejada de supersticiones, tenía un algo simpático.

–Buena pregunta. Pero eso lo tendrás que encontrar tú, hilando fino, no dejando de cuestionarte, de indagar, de moverte en ella haciendo malabarismos… conectando, conectándote.

Intentan entenderse a pesar de sus diferencias. El abuelo cebolleta, el recién nacido.

–Sí, suena muy bien, pero mantener la ilusión cada día ufff… ¿cómo?

–Bebiendo lluvia, haciendo el amor, un atardecer, una charla de brujas, una escalada, un rato a su lado, la piel que amo, un buen libro, una película deliciosa, cocinar para otros, escribir, correr, echar de menos, una ola en los pies, verla crecer, verla vivir, verla reír, verla, ver… se habla tanto de mantener la ilusión ¿la que nace de nuestros deseos profundos o la que ya hemos establecido como “ilusionante”?

Para un niño por ejemplo puede ser mirar un grano de arena que brilla al sol o perseguir a una hormiga hasta su hormiguero, una caricia, un juego espontáneo y auténtico. Ellos no necesitan grandes cabalgatas, grandes historias… la sencillez de un cuento sin moralejas, una vecina disfrazada de hada… les ilusiona… somos nosotros los que con tanto ruido, con tanta demanda de ilusiones y sueños, con tanta ficción necesitamos que nuestra maquinaria de la ilusión marche según los cánones.

Y a veces se nos olvida que la ilusión está en cómo vives tu vida y como sacas partido a las pequeñas cosas sorprendentes de cada día, a las pequeñas miserias.

–¿Y no tienes ideales que cumplir? ¿Grandes sueños que se quedaron sin hacer?

2013 suelta una sonora carcajada que suena como el suspiro de una montaña antigua y gigante.

–¡Claro! Pero intento no agarrarme a dogmas, no tener un camino definido que seguir ni un destino al que llegar. Quiero andar mi camino a mi manera, sabiendo dónde estoy yo para intentar entender de dónde nace ese sueño, y eso supone aprender, equivocarme, seguir aprendiendo, seguir equivocándome … no pretendo ser esto ni cambiar lo otro. Quiero ser capaz realmente de respetarte, de respetar tu absurdo.

–¿Y lo has conseguido a lo largo de tu vida?

Sus ojos se ensombrecen ligeramente.

–Solo algunos días…

–La vida es complicada… digo yo… ¿no?

–Pesa mucho… la vida. La vida desgasta. La vida duele. La vida es conflicto. Tienes que estar preparado para la adversidad. Pero como cantó alguien ¿quien dice que todo está perdido?

–…yo vengo a ofrecer mi corazón.

–Entonces irá bien, tu viaje.

–Corto… como todo lo fabricado hoy día con obsolencia programada… siento que tengas que irte y te doy gracias por todo lo que me has dejado.

–Espero que te sirva.

Se fue yendo 2013… su voz casi no se escuchaba más que en el eco del nuevo año y había tantas oportunidades que a 2014 le dio vértigo.

Ya muy bajito creyó sentir un último susurro:

–Y espero también que no te sirva para nada… he tenido cuidado sabiendo que seguirías mis pasos… pero confío en que eres capaz de descubrirlo todo, partiendo solo de ti, de aquí, de ahora. Disfruta tu tiempo.

Alta velocidad

Llevo cuatro meses intentando domesticar a las hormigas que viven en mi casa. Proponiendo caminos alternativos, dándoles de comer días concretos, respetando sus filas infinitas siempre que no pasen justo por el tarro de la miel.

Pero no lo consigo, decididamente van a su bola y me cuesta reconocerlo, echarlas sin más. Siempre he intentado incluir en lugar de excluir pero debo asumir que, en ocasiones, no es posible.

Y tus 50 son algo así como un número redondo que nos redondea a todos… El círculo de tu mirada que siempre quiere comprender y esas palabras cursis y ese humor y empeñarnos en cantar a pesar de nuestra terrible voz. En cierta medida nuestra rebeldía: nuestra falta de sentido del ridículo.

Mi error quizá fue pretender domesticarlas como si yo tuviera ese poder, ese territorio me perteneciera, y para estar conmigo los demás se tuvieran que amoldar a mi manera de vivir. ¿Ellas estarán intentando también domesticarme o me aceptarán tal cual soy?

Hay una madre acunando a su bebé en una manduka, una chica mirando su móvil, un señor mirando su móvil, un chico mirando su tablet, una señora mirando su móvil… Nadie mira por la ventana, una ventana en movimiento que deja que la alta velocidad recorra los paisajes. Y me afecta la alta velocidad.

Intento acostumbrarme a estar en un lugar y a las pocas horas en la otra punta pero hay algo de mí que no acepta estas distancias eliminadas como no acepta este mundo acelerado que intenta convencernos de que con pantallas y trenes y aviones estamos más cerca.

Me siento lejos de mi cuerpo y de este tren. Voy por detrás de mí, no sé si soy la que corre por ese camino paralelo a las vías o la que duerme aún en una cama cálida o incluso la que ayer, muy tarde, no se había ido a adormir. Pero seguro que no soy esta de este asiento, y temo que con tanto viaje rápido mi yo más lento se vaya quedando atrás: un segundo atrás, un minuto atrás, una hora, un día… Hasta perder el tren o lo más peligroso perderme en una especie de limbo atemporal entre raíles y embarques y zonas de tránsito . Pensarán que estoy loca cuando, desorientada, intente explicarles que es que me estoy esperando, que viajo un poquito más despacio.

Tus cincuenta me han pasado volando como este tren y me he sentido a tu lado desdoblada en la distancia, siguiendo tu vida con esa honradez de la fragilidad que decía ayer un hombre sabio.

Solo pido que apaguen las luces para no perderme este amanecer reflejada en mi propia ventana. Solo pido que siempre me acompañes con el paso del tiempo a la velocidad que sea, a tu lado siempre rápido intenso insuficiente.

Y que este tren no sea tan veloz que se convierta en imposible para mí llegar a él. Como los ideales que viajan muy por delante de nosotros, grandes y lejanos, y vamos corriendo con la lengua fuera a ver si los cazamos. Si los pusiera al servicio de las personas, a mi servicio, quizá me servirían para algo más que ir tras ellos y podría instalarlos en mí.

Solo pido que mis hormigas indomables sigan haciendo hileras a su antojo ignorando mi insistencia, mi intolerancia, mi invasión. Estaban aquí antes que yo por muy rápida que me crea domesticada en este cacharro tan veloz. Finalmente convivir pacíficamente como compañeras de piso aunque ni se planteen ayudarme a pagar el alquiler.

La escarcha dibuja ficción parando el tiempo en cada arbusto cada hierbajo, en esas ramas que se paralizan no como yo. Túnel. La niebla que se irá yendo. Túnel. Paisaje árido seco sin niebla sin escarcha. Cómo cambia el tiempo cuando corremos.

A veces creo que mi sistema nervioso no está preparado para tanta belleza. Túnel. Que mis labios no están preparados para este aire artificial. Que mi corazón no soporta tanta velocidad.

No quiero retrasar el reloj, ni siquiera parar el reloj. Tu reloj sigue su curso sin ser despiadado ni devastador. Sin que vayas por delante ni por detrás… solo serena en el momento justo ¿será tu espíritu Aloha?

Quiero ir más despacio, por mucho que corra ya quedó atrás el amanecer y paso de ver irse el sol habiéndome perdido todo lo demás. No quiero que el espacio y el tiempo tengan la capacidad de desintegrarme así que desde el andén donde aún espero solo puedo gritar ¡¡viajeros al tren!!!

 

365

Día 1. En algún momento algo se llevó todo lo que eras. Quizá el viento.

Día 2. Oscuridad, dolor. Frío. Ritos. Tu cama vacía.

Día 3. Aún parece que estás.

Día 4. Una amiga bajo la luna. El viento que no cesa.

Día 5. Una amiga en casa me abraza. El viento golpea los cristales.

Día 6. Una amiga recorre tu camino a mi lado. La tierra resuena seca y helada.

Día 7. Los tres juntos en la cama. Parece que el mundo es cálido.

Día 8. Cansancio, angustia. Sigue tu olor en tu jersey.

Día 9. Sale el sol y eso me oscurece.

Día 10. Intento escalar, pero me pesan los ojos de tantas lágrimas y la gravedad hace el resto..

Día 11. Todos se van. ¿Tú también?

Día 12. En mi estantería, lo que queda te ti… ocupas muy poco espacialmente.

Día 13. Las nubes se chocan contra el suelo. Estoy encerrada en la niebla, buscando tus manos suaves.

Día 14. Parece que todo sigue tal cual.

Día 15. No estás y todo sigue tal cual.

Día 16. La vida se abre paso, más implacable que la muerte.

Día 17. ¿Por qué no la alegría? Y me dejo llevar.

Día 18. Su piel nueva me recuerda tu piel fría. Los extremos se tocan.

Día 19. No estás y esa parte de mí no está.

Día 20. Mi miembro fantasma.

Día 21. Los pies se me pegan al suelo sintiendo raíces que me protegen y a veces me asfixian.

Día 22. Recupero lo cotidiano.

Día 23. Me aferro a algún sueño.

Día 24. Soy disidente de la pena.

Día 25. Me paso por el forro las etapas del duelo.

Día 26. Suerte de esta gran familia, celebrando, siempre hay algo que celebrar.

Día 27. Cantamos y eso ayuda. Quiero volver a la tribu, dando la importancia necesaria a “cuidar” “cuidarnos”.

Día 28. La navidad, agridulce, se lleva tantas otras navidades… las dejamos ir.

Día 29. No pienso qué significa mañana, pero algo en mí lo siente.

Día 30. Hay un calendario, interno, nuestro, que siempre se para el día 28.

 

Día 61. Un año nuevo. ¿Y dónde queda lo viejo, lo inutilizable, lo que se perdió por el camino, lo muerto, lo marchito? Quiero un mundo antiguo donde no se pueda empezar de cero sino recorrer eternamente los mismos caminos. Pero sé que no quiero eso. Solo que vengas de mi mano.

Día 89: Este mes sí que tiene 28 días como si fuera un homenaje a tu ausencia. Y soplamos las velas… sin tarta de manzana.

Día 120: ¿Se supone que ya debería estar mejor? Cuando muere alguien muy amado pienso que siempre estás en duelo. Vives con ello, aprendes a ser feliz en duelo, a reír en duelo, a hacer el amor en duelo, a escalar en duelo, a viajar en duelo, a construir en duelo… no es negativo ni positivo, es lo que soy.

Día 150: Los titéres en esa plaza urbana y antigua, rescatan un mensaje de abuelas, de madres, de nanas susurradas en canciones populares. Y el suelo de piedra parecen tus rodillas, y los amigos que me agarran; tus brazos y esa voz antigua; tu voz. Las lágrimas se escapan. No son de pena son de viaje en el tiempo, de infancia. Estoy agradecida a estos títeres que una tarde cualquiera me han llevado hasta ti.

Día 181: La primavera convierte lo caído. Siento que florezco.

Día 211: Tu muerte revivió su muerte. Sentimos que nos acostumbramos a que la gente a la que amas se vaya. Odio la palabra acostumbrar.

Día 242: Primer no-cumpleaños.

Día 273: Me alejo de nuestra sierra, de las jaras, los cielos, las encinas… y pienso que aquí vivió una mujer como un tomillo, arraigada y silvestre. Y sé que te llevo conmigo. ¿Mamá quieres dormir oliendo a mar?

Día 303: Diría que cuando acaba el verano empieza la realidad… tan lejos… tan sola. Desamparada. ¿Será así siempre que una madre se va? ¿Siempre que uno se va?

Día 335: Un pájaro se ha posado en mi ventana, “si vienes a mi ventana de pajitas te haré un nido”.

Día 365: Una vuelta entera al sol sin ti y te echo de menos, menos que antes pero a instantes igual que antes. El hueco se llena de flores y alegría, no puede ser de otra manera.

Me adentro en él, como una aventurera insaciable, nado a través de él. Es estrecho, oscuro, profundo y aterrador, interesante… sigo buceando solo movida por la curiosidad de saber qué hay al otro lado y en el trayecto me rasgo la ropa, me araño la piel, pierdo los zapatos… me asomo esperanzada… ahí estás, tumbada sobre la hierba brillante y húmeda, acariciando el suave sol de otoño, boca abajo, fumando, media sonrisa se intuye en tus labios amorosos… ¿qué observas con tanto interés y melancolía?

Me acerco y noto el frescor en mis pies, la brisa en mi pelo… y la tremenda alegría de sentir que me miras a mí.

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