Despegar los pies del suelo

Le hacía tomar perspectiva.

Y reconoce que es un deporte misterioso. Con tanto aire alrededor que en ocasiones parece que el espacio se derrama hasta el infinito.

Desafiando el equilibrio, la gravedad, las referencias comunes para “caminar” una absurda verticalidad que en ese instante (y en muchos otros) le parece lo único no absurdo.

Un mundo concreto y perceptible.

Sin miedo, con miedo, buscar su centro, su equilibrio que se descentra cuanto más lejos tiene el seguro de los pies o cuanto más lejos tiene los pies del suelo… el suelo… la tierra.

No parece el lugar en el que Ella quiere habitar.

Cuando no aprecia los ligeros cambios que suceden en un mismo y monótono paisaje es que no está prestando atención a los matices.

Hoy le impresiona esa amapola que ha crecido en el asfalto, sin que Ella se de cuenta. Como una isla roja.

Sabe que hay dos lugares que son sus preferidos:

Una roca y un libro a medio hacer.

Escribir es para Ella un lugar al que viajar, y además no está sola porque numerosos personajes la acompañan y se mete ahí, en su historia y en sus gentes, y permanece el tiempo necesario, no solo para avanzar en la historia, sino para equilibrar todo lo demás.

La roca. Que a veces es como un paisaje inexistente entre tanto asfalto entre tanta arena desmenuzada…

Entre tanto.

Intuye, como una premonición, que si cierra los ojos es ahí a donde viaja… al lugar en el que su cuerpo, su mente, la naturaleza y el otro se unen.

 

Recuerda el frío del amanecer, el horizonte irreconocible al abrigo de la niebla y el olor de su cuerpo silvestre, pero Ella nunca estuvo allí. Y siente como sus pezuñas rebuscan en la tierra húmeda, una tierra en la que nunca ha escarbado…  y aúlla a la luna y menea la cola.

Quiere ser esa Mujer Salvaje y sabe que si la deja, si se deja, un pedazo de vida también es para Ella… pero suele partir los pedazos e ir dejando miguillas (no sea que no encuentre el camino de vuelta) ¿y si es solo un camino de ida? Eso no lo pensó cuando empezó a desmenuzar el bocado, a lo mejor las miguillas son para que la encuentren ¿a dónde va tan decidida sin apenas mirar atrás?

Al cielo abierto.

A ser Ella.

A trepar y reptar y escribir y amar.

A escuchar.

A cerrar los ojos y dejarse llevar por el tacto.

A besar.

También quiere tumbarse boca arriba en una pradera que huela a musgo y enredar (durante mucho rato) una pajita entre los dientes. Cruzar los pies. Descruzarlos. Estirar las piernas. Doblarlas. Perderse en su voz.

Una mariposa revoloteando. Se acerca a ella delicadamente sin hacer ruido, alarga la mano con suavidad y deja que se le pose y le haga suaves cosquillas y luego la observa un buen rato viajar de flor en flor. Y la deja ir…

Y también Ella (la misma) corre alegre tras la mariposa y, cuando se posa en su mano, la intenta acariciar con los dedos y el polvillo de sus alas se le queda pegado a la piel, como un tatuaje con el que poder respirarla un poco más, ¡es tan difícil dejar marchar algo tan hermoso!

Quiere estar abierta al cambio y se mueve, inevitablemente se mueve, pero le entristece todo lo que su movimiento genera en otros, en Ella…

Y en el cielo se ve claramente la estela de dos aviones que parecen volar el uno hacia el otro en un imposible encuentro… le da lástima que solo puedan cruzarse para evitar el choque, sin dibujar jamás la estela de un beso.

¡Y está tan cerca! que cuando el viento sopla de levante huele a mar. Ya dijo Ella, al principio de todo, que el mar era apertura, así que ¡ahí va!

¡Abre las alas!

¡Que hermoso despegar del suelo y que el calor de la tierra se convierta en un viento fresco que hace cosquillas en los pies!

Y zarpar lejos… al profundo azul del mar abierto… justo en el momento de izar las velas.

 

 

Misterio

Uno de los grandes temas de la humanidad es qué habrá después de la muerte. Sabemos que nadie lo puede comprobar hasta que no le esté sucediendo, que nadie lo puede trasmitir, que nadie te puede traer una prueba, un estudio científico…

El gran misterio en un mundo desprovisto de misterios.

Quizá por eso me fascina, como me fascina todo lo que seré incapaz de desvelar.

A menudo me comentan ¿Qué querías contar en tu novela, en aquel texto? Me quedo un rato pensando, sin querer ser borde o desagradable. Lo que realmente me gustaría responder es: quería contar lo que he contado ¿qué has leído tú?

El espacio que me interesa a mí no es el que está entre la obra y el autor sino el que se encuentra entre la obra y el lector. Ese misterio que la gran lectora hace de todo lo que lee convirtiéndolo en algo propio. No me interesan demasiado las conclusiones intelectuales de quien lee, me importa todo lo que es incapaz de decir de lo que ha sentido leyéndolo, todas las preguntas que no se pueden formular porque están dando vueltas en la cabeza, aquello que se introduce en las entrañas y luego sale por algún otro lugar indescriptible… me interesa el texto que ha leído él más que el que he escrito yo. Me apasiona la incertidumbre de saberme incapaz de comprender lo que ha leído, cuál ha sido su viaje, porque eso solo lo sabe ella.

Y tantas palabras nos alejan.

No pretendo ser la dueña de las palabras… solo las uso cuando no sé cómo decir lo que necesito decir. Me gusta la comunicación entre lo que escribo y lo que se lee… todo lo misterioso que queda entre medias y se parece más a una mirada, un abrazo, un silencio.

Sucede lo mismo con la escalada. Saber qué es esta vía, cuánto mide, qué tipo de escalada es, cómo son sus agarres y por supuesto el gran temazo: qué dificultad tiene. Es muy útil, es parte del juego, pero a menudo me gusta jugar a otra cosa:

A trepar sin expectativas, sin triunfos ni derrotas.

A saborear todo lo que envuelve cada movimiento, cada duda, cada miedo.

Y disfrutar de ese diálogo interior a veces consiguiendo un espacio en blanco.

A subir y sacar mis conclusiones que muchas veces tienen más que ver con cómo estoy yo (emocionalmente sobre todo pero también físicamente por supuesto) que con lo que pone en una guía o lo que opinan los demás. Y desde luego para mí serán más reales.

Es una necesidad buscar referentes, un marco por el que moverse. Pero cada vez más siento la necesidad de que en la vida haya amor y misterio.

Me gustaría librarme de todas las certezas.

Y navegar hacia el misterio sin buscar la respuesta, solo sujetar esa puerta que se abre sin saber a dónde me lleva.

Transitar por la vida.

Consciente de que el camino es un continuo aprendizaje.

Me pregunto si seremos capaces de crear un mundo que no nos arroye. De luchar por sueños en los que también quepamos nosotros, entender que es imposible separar lo emocional, de lo intelectual, de lo motriz…

En ese sentido hace un tiempo que he aceptado mi ser integral. Si no me muevo como necesito, si no tengo el tiempo de reflexión que necesito, el tiempo de emoción que necesito… no funciono… para esto la escalada me resulta esencial, es lo que me equilibra, lo que consigue que todo lo que habita en mí encuentre su lugar. Y sino voy poniendo parches y tirando pa´lante porque claro ¡me enseñaron a ser una luchadora! a esforzarme mucho por aquello en lo que creo y blablabla…  pero a veces lo que se queda en el camino, en la cuneta del camino durante esa lucha que se instaló en mí, es muy hermoso porque a veces es la vida en sí…

Y siempre está esa duda colgada en el aire ¿cómo ser capaz de perseguir algo que deseas sin vaciarte? Quizá no existan respuestas y ese sea el misterioso terreno donde se entienden los sueños y las ilusiones con lo real… quizá solo haya que estar dispuesta a ser traspasada por la experiencia, abierta a la transformación, al aprendizaje, a la pérdida…

Lanzarse, sin más, al abismo de todos los misterios.

 

Abre la puerta…

Que la primavera ya está llegando.

Los almendros en flor me lo han dicho al pasar por esa casa de la que nunca sale nadie, justo en el alto de las viñas, desde donde se ve el mar y huele a romero. Sí, sí, al lado del cartel de hierro que chirría con el viento, en el desvío del viejo algarrobo.

Y traspaso la puerta en busca… de otros mundos, de rincones que sean más pequeños que este mundo ficticio, y si nos damos con el cielo en la cabeza (de tanto cielo) y nos balanceamos en el columpio gigante (tan gigante) parece que el mundo (el grande) se ha dado la vuelta.

Y al darse la vuelta se han desparramado un montón de historias por el suelo… las recogemos con delicadeza para que cada cual se meta en el bolsillo la que más le cuadre a su ser, a su vivir, a su crecer… las que sobran las dejamos perderse o las convertimos en volcán aunque haya quienes insistan en que se trata de una montaña de arena.

A algunas de las personas más pequeñas se las confunde con las piñas y las algarrobas, y aunque los adultos siempre tienden a adultar demasiado, dejan espacio para que las flores crezcan sin ser pisoteadas y no las riegan, solo soplan un poquito para que les llegue la humedad de los charcos cercanos. De los suaves soplidos a veces surgen lindas melodías.

Y estamos cerca del mar y de los árboles pero también soñamos en estar cerca de nuestra naturaleza amorosa, de un mundo en movimiento, y los conejos se pasean a sus anchas mientras las mantis hacen casas a nuestro alrededor… y puede que ya haya volado aquella mariposa. En el gallinero de momento viven las ocas y se espera que pronto lleguen las gallinas… y como es difícil esperar nos ponemos en búsqueda porque hemos descubierto que es nuestra mejor herramienta: buscar y buscar lo que realmente deseamos hacer con nuestra vida única, querida, irrepetible, fascinante.

Y en el solsticio de invierno hicimos una hoguera para quemar miedos y deseos y desde entonces a veces lo quemamos todo y bailamos cualquier cosa.

Los susurros conviven con los gritos y los cuentos con las canciones y las palabras con los números y las estrellas con las montañas y con ese rico olor que llega desde la cocina. Y como no espero nada de ti la esperanza nos sorprende por cualquier parte y la plantamos en el huerto y nos la comemos en el desayuno.

Vamos caminando agradecidas y doloridos y riosos, y soñadoras y enfadados y de cuando en cuando nos paramos a mirar la luz que se filtra entre los pinos, y dudamos buscando el equilibrio sobre una cuerda floja que separa tantos matices y ahí (donde habitan los matices) nos hemos construido una cabaña. Y no nos preocupa que a veces tenga cortinas de lágrimas.

Algún día nos vestimos con falda y bigote por si el mobiliario de las convicciones se puede mudar. Otro nos dejamos el pijama así quizá los sueños, en lugar de esconderse en las sombras, sigan en nosotros, aún mojados por la lluvia del amanecer.

Y debajo de una pesada piedra hemos descubierto que sin hacer todas las preguntas ni contar con todas las respuestas se anda con ligereza; encontrando y desencontrando, relacionándonos, aprendiendo, jugando, inspirando (sin aspirar). Montando y desmontando millones de torres.

Trabajamos juntos y hacemos viajes en solitario y elegimos el camino y, cuando se pone cuesta arriba, apretamos las piernas o nos acompañamos de una mano cálida o quizá sea que ha llegado el momento de correr a toda prisa y cuesta abajo para sentir el aire en la cara… sin que nadie me persiga ¡que yo corro muy rápido no me vayas a hacer caer!… pero gracias por abrirme la puerta y sostenerla no sea que, con esa fuerte ráfaga de tormenta, me golpee a la que vuelve.

Subimos paredes de roca porque hay quienes encuentran en sus bolsillos calizos un montón de secretos sobre sí mismos y a cerca del mundo que les rodea.

Y dicen las ardillas que al pájaro muerto se lo están zampando pequeños gusanos blancos, y un ejército de hormigas se lleva algún gusano a su agujero cercano y como estamos despiertos y vivos imagino que antes o después veremos planear un pájaro que alzará el vuelo con una hormiga en su pico…

Y así el movimiento sigue su senda sugerente, generoso… confiando… nos subimos a ella.

Resistencia

Me resisto a pensar que el mundo que estamos construyendo es este lugar artificial, que destrozamos de mil maneras, mientras cada cual va a lo suyo.

Me resisto a que nos preocupe tanto quién nos gobierna y tan poco quiénes somos y qué hacemos para gobernar nuestra vida.

Me resisto a resistirme a mis impulsos auténticos porque las convenciones sociales sugieren que no es lo correcto.

Me resisto a que querer sea posesión y control en lugar de aceptación y confianza.

Me resisto a vivir con miedo.

 

Me resisto a poner las cosas en una balanza porque a mí lo que me gusta es balancearme a poder ser: con el viento en la cara, el horizonte en la mirada y una cuerda que me separa de la muerte y me une al suelo, a ti, a la vida…

Me resisto a esta sociedad hipócrita en la que no sabemos ni cooperar con nuestra pareja, nuestra hermana, nuestro colega… y luego defendemos la cooperación internacional y las cooperativas como modelo sostenible.

 

Me resisto a tomarme demasiado en serio cuando las conversaciones del tren me agreden, el ruido de los coches me agrade, las prisas me agreden…

 

Me resisto a creer que esta manera de tratarnos los unos a los otros es lo que hay.

 

Me resisto a no estar en sintonía con el mundo de lo vivo y lo real. A no soñar un mundo sostenible donde solidaridad no sea un término.

A que el tiempo y el espacio me condicionen y a girar porque todo gire cuando solo quiero estar.

 

Me resisto a que cuidar a otros sea decirles lo que tienen que hacer en lugar de confiar en que ellos lo saben o tienen la capacidad de descubrirlo.

¿Quieres que vayamos de la mano a inventar mil maneras?

 

Me resisto a que mi cuerpo se acabe aquí en mis extremidades.

Y si los extremos se tocan ¿cómo es que estamos taaannn lejos?

 

Me resisto a que luchar sea el único modo… no estoy en lucha.

 

Me resisto a quienes me digan cómo debo vivir, cómo debo hacer, qué es lo mejor para mí… incluso si lo dicen con las mejores intenciones.

Me resisto a las expectativas que generan un montón de cosas que detesto.

 

Me resisto a que la rebeldía necesariamente tenga que hacer ruido. Y a que el silencio no sea una opción cuando no sé qué decir.

Y a que tu naturaleza y la mía, tan distintas, no encuentren un lugar común en su diferencia… quizá en un rincón soleado donde nos dejemos ser, sin pisar al otro, imponer al otro, convencer al otro… solo levantándonos un poco de nuestra silla cuando la convivencia y el amor lo requieren.

Me resisto a que nos escudemos en la tecnología como progreso y abandonemos el contacto: con la piel, con la tierra, con el cielo, con los árboles… porque siento que nos desvanecemos.

 

Me resisto a sentirme bien cuando echo un cable a alguien, como un acto superior o inverosímil, cuando debería ser lo normal.

Me resisto a usar las palabras debería y normal pero se me escapan.

Me resisto a TODO lo que me aleja de mi naturaleza amorosa.

Y a que educar a los niños sea llenar un cajón que creemos vacío con aquello que consideramos interesante… y es que el saber sí ocupa lugar.

 

Me resisto a que me acompañes dándome empujones ¿no has visto que tengo unas preciosas alas de colores? si quieres volamos…

 

Me resisto a que realmente no sepamos que todo es todos.

Y a convertir individualidad en sinónimo de egoísmo, aceptar de conformarse y luchar de no rendirse.

 

Me resisto a no inventar nuevas palabras para nuevos pensamientos.

Y a que tengas que ser como yo quiero que seas para sentirme bien siendo como soy.

 

Me resisto a que las modas, los decorados, los adornos, disfraces sociales… Digan realmente algo de quien eres.

Me resisto a resistirme a lo que me trasforma.

Y a que la vida no sea una aventura.

Y a que el objetivo consista en llegar a algún sitio en lugar del viaje en sí.

Me resisto a ti si tu manera de ser y de tratarme me daña.

 

Resisto resisto resisto con placer el peso de la lluvia y de los besos, de todo lo delicado que me ayuda a no darle la espalda al mundo.

 

Me resisto a convertir los referentes en dogmas.

Y a que naufragar no sea un buen comienzo.

Me resisto a no basarme en mi propia experiencia para sacar mis conclusiones y a vivir con los ojos cerrados.

 

Me resisto a que lo exterior: modelos, arquetipos, imágenes, tradiciones, espejos… condicionen nuestro interior.

¡Venga va!… te cambio resistencia por resiliencia.

Me resisto a desentrañar todos los misterios.

Y a que ser una hormiguita sea más valioso que ser una mariposa.

 

No opongo resistencia ni escudos ni muros… solo me voy muy dentro de mí, replegándome en mi crisálida… sola… silenciosa… no estoy en lucha.

 

 

Mientras tanto

Me gustan los gatos porque no se dejan domesticar, siempre esconden dentro su lado salvaje.

Me gusta lo salvaje por lo que guarda de auténtico, pertenencia a una raza en la que quizá lo que en otras se considera negativo en ella es una virtud o una expresión.

Ella nunca se ha dejado domesticar. Con su nombre de flor, hubo un tiempo en que se le escapó la primavera. Pero nunca se ha dejado domesticar.

 

Mientras… me duele cuando lo agarro y también cuando lo suelto como si el miembro fantasma tuviera aún el recuerdo de ese roce. Igual que si agarras en la mano muy fuerte una pelota y la dejas ir… sigues sintiéndola aunque no la sostengas.

Dejar ir. Para sentir. Para que no se escape lo esencial, lo que queda cuando no lo agarras.

 

Mientras en el mundo los tiros se tragan libertades y colores y humor. Ella sobrevive a pesar de todos los dioses. Siempre que no intentes vestir su piel desnuda, porque Ella los disfraces no los sabe usar.

Y pasábamos entre los toros bravos y Ella sin miedo pedaleaba con fuerza, me quedaba atrás con mis piernas cortas y frágiles, el corazón late como un caballo desbocado… a su lado todo es un caballo desbocado. Pero es imposible tener miedo porque Ella le habla cara a cara y en el lado salvaje lo salvaje se entiende. El problema es cuando intentas domesticarla…como una flor en invierno junto a una ventana que solo capta un débil rayo de sol.

Me duele hacerle fuerza y que arañe y me duele también cuando se resbala. Me duele cuando no me deja entrar y también cuando se deja ligeramente, entonces puedo hacer la fuerza que necesito para estar ahí. Agarrada a un monodedo en una pared gris y naranja de roca caliza y mientras tanto me da igual todo lo que se cae en el mundo… yo no caigo.
Y un diente se desprende como una metáfora de lo doloroso que se hace a veces que el tiempo sea imparable, que la vida sea imparable en su camino.

 

Me gustaría meterme en el cuerpo de fuego de Ella ¿cómo se sentiría en un mundo en blanco y negro siendo Ella de colores?

 

Y debajo de la manta hay un mundo.

De pies y pieles y respiración acompasada.

Y debajo de la manta sobra utopía y lo ordinario se viste de bruja. Esa bruja que en una cuerda me deslizaba por la ventana para dar de comer a los gatos salvajes porque Ella nunca se dejaba domesticar. Y en otro mundo habría tenido su reino pero en este ser de colores duele. Y solo nos queda correr por los tejados.

 

Silencio: ni un pájaro, ni el ladrido de un perro, ni una carretera lejana, ni un avión sobre-volando-nos… silencio total… justo en el ruido de la navidad.

Y como el ruido a veces nos silencia pues caminamos hasta esa pared y en el recorrido huele a romero florecido y caben todas las historias, esas que cuentan que estar con Ella es emocionante porque siempre pasan cosas; la gente más inesperada, las aventuras espontáneas, su energía atrae la catástrofe y la alegría.

 

Cuando estoy al pie y toco la roca el aire me dice que estamos en invierno y el sol que la primavera se lleva dentro. Decido guardar mis prejuicios donde no los vea, así que solo busco mi mejor camino, sin pensar. Intento volver al cuerpo, rescatar algo en ese ascender, en ese pasadizo de espejos con formas de regletas y chorreras y agujeros… rescatar mi espíritu gatuno, porque aquí (como Ella en cualquier parte) no soy un animal doméstico.

 

Y mis ovarios bailan al ritmo de la luna llena… mientras el mundo está a veces en sombra otras en sol… en ese claro de luna mi mundo (los tres camino de una casa con ruedas acompañados de recién nacidas y de nómadas) es hermoso, aunque sea un mundo sin respuestas.

Le agradezco al jabalí entre los arbustos que decida no cortarnos el paso. Y donde se esconde el manantial huele a lluvia y el olor se nos pega en la nariz.

Mientras tanto Ella no se rinde, con esas uñas de gata salvaje que se aferra a un mundo del que a veces es fácil caerse si no quieres que te domestiquen. Y yo me agarro a las rocas y así, como dice la canción, “No hay quien nos rinda”.

 

De un Fuego un Viento y una Casa Vacía

El fuego era apenas un rescoldo. Hurgando en las brasas con un palo de hierro se podían ver muchas cosas… en esos maderos quemados había otras vidas, la sabiduría de un árbol caído y muerto y ceniciento, como un ciclo vital que te transporta a su propio viaje.

Una casa vacía:

Solo habita el ordenador sobre la mesa: solitario, inmóvil, innecesario si nadie lo teclea… aunque el mundo imaginario y de ficción le parece necesario, Ella es una total defensora de la realidad, lo que se experimenta con el cuerpo: coger leña, tocar tierra, subir por una pared de roca donde lo esencial y lo animal y lo espontáneo del movimiento se sincroniza.

Dicen los expertos que durante la infancia necesitamos la materia, que el aprendizaje sobre nosotros mismos y el mundo se realiza a través de los sentidos y las emociones. La fuerza vibrante de un niño está en lo que oye, lo que ve, lo que toca… La fuerza de Ella también está ahí. Aun así se sienta frente al ordenador porque sabe que la mente es virtual, inventa realidades a base de interpretar, reflexionar, asociar, analizar, evaluar… porque su imaginación la viaja a tantas vidas y lugares que sabe que ahí también quiere estar, y es entonces cuando la tecnología puede convertirse en una aliada, siempre que tenga cuidado y no se enganche a la “virtualina”, sustancia seriamente adictiva.

Porque Ella tiene necesidad de presencia, de mirar a los ojos, de hablar con el de al lado y aprender a convivir, tiene necesidad de que al otro lado de unos ojos no haya una pantalla: de móvil, de ordenador, de televisión…. ir por la calle cruzando miradas.

Necesita ver, detrás de una voz, una garganta por la que observar el pasar la saliva en un trago amargo cuando nos cuenta algo doloroso, en un tragar apresurado de emoción, en un pecho que se hincha en un suspiro… Ella necesita poder escuchar solo viendo, ese lenguaje que por teléfono, por teclado y emoticonos es imposible hablar.

El tiempo no es lineal, ya lo dicen los nuevos científicos; el futuro es una incógnita y será lo que queramos que sea. Ella reflexiona que el progreso tecnológico no es bueno en sí mismo, eso nos lo han vendido los que se benefician de él. El progreso en el que Ella cree es el proceso social que nos permite estar cada vez más cerca de nosotros mismos, de la fuerza de la vida, de nuestra naturaleza amorosa, de los demás… Y trabajar por entendernos por aceptar la diferencia y vivir juntos y re-vueltos y gritones y silenciosos y gestionando las necesidades, los deseos y los miedos. Y darnos cuenta de que casi nada de lo que nos importa tanto tiene tanta importancia… porque una casa vacía,en ocasiones, es una cápsula donde nos escondemos cuando no nos sentimos capaces de estar.

Mirar por la ventana siempre le parece que es mirar un tesoro, pero hoy la luna llena sobre el cristal empañado de la furgo o entrando por la habitación… vuelve lo de fuera de plata y hace el tesoro más brillante y más blanco.

Y en los días de lluvia, entra bajo la puerta un viento remoto. A veces viene del mar, otras de los montes lejanos y enormes como catedrales imaginarias de diosas imaginadas.

El viento agita el fuego, que dibuja en la pared naranja una película de sombras chinas con los objetos de la estancia, sombras en las paredes y el techo, que se cruzan las unas con las otras por las esquinas y a veces se funden o desaparecen a vivir su propia vida sombreada y cambiante… o quizá el viento las deshace al tirar ráfagas de lluvia contra ellas o puede que el fuego las derrita en su danza arcana… y de pronto las sombras se hacen pequeñas y vuelven a recogerse… el viento ha cesado… las sombras mueren y una tenebrosa soledad regresa a esa casa vacía. Con un silencio ligero en el que unos pasos ausentes casi podrían oírse.

Pero la casa se llena de nuevo. De todas las vidas. De pasos fuertes y pisar sutil. Y el ciclo del árbol que crece en el jardín, que se derrumba con la tormenta, y alimenta la chimenea le parece hermoso, y Ella poco a poco va conociendo la leña: la que da llamas tristes y la que da llamas alegres, la que hace hogueras fuertes y oscuras… El fuego que danza con el viento, el que se lleva las sombras, el que calienta y hace olor a leña y viene desde el bosque para llenar la casa de todas las vidas.

Sin recuento

Hace tiempo que no cuento los días, que no los sigo para ver en cual vivo exactamente en relación al calendario.
El calendario ha dejado de tener valor entre nosotras.

Es curioso como la sensación de desapego de una persona desaparecida nos hace creer, con sentimiento de culpa primero y de alivio después, que lo hemos superado.

La palabra superar no es de mis preferidas. Inevitablemente algo, alguien, queda debajo, detrás, ausente en esa superación. Parece que superar sucede exterior a ti: tú superas la muerte de un ser querido como si saltases un obstáculo que está en el camino… Prefiero la palabra colocar, asimilar, vivir… Me da la sensación de que pasan dentro de mí en lugar de fuera. Y tu partida no quiero que me atraviese, quiero recorrerla.

En cualquier caso no cuento los días y aún así te veo, quizá en mi deseo de escribirte para que no te desvanezcas, quizá porque estas en mí, inevitablemente y por suerte no puedo superarte porque estás en mí.

Te veo en este otoño que se me cae encima, que me baña en amarillo y granate, y me estremezco cuando te encuentro digna y seria esquivando un beso, risueña y alegre entendiendo todo, concentrada y ausente colocando el mundo…

Y me encuentro contigo a menudo, en mis reacciones espontáneas que tanto deseo cambiar, en algunas de mis mejores versiones, en lo que temo y lo que admiro. Me encuentro contigo en el humor de las hermanas, en la fuerza de ellas, en sus ojos, sus gestos… te encuentro enredada entre mis recuerdos más queridos, enredada entre mi pelo, enredada entre los sueños que se rompieron en pedazos y los que se reconstruyen cada día. También en la vida sin ti.

Y te encuentro en esos pequeños resquicios que me dicen quién soy y de dónde vengo: una pizquita de por aquí y otra de por allá.

–Mira echas un poco de harina y leche, algo de sal…

–¿Pero “algo”?  ¿Cuánto?

–Pues no sé una pizca… y luego en el horno calentito .

–¿A cuanto lo pongo el horno?

–Qué esté bien caliente…

–Y lo saco…

–¡Pues cuando esté hecho! ¡ya irás viendo!

 

Te encuentro en esas gotas que dibujan la ausencia en el cristal, mientras me duermo en el sofá y meto mis pies debajo de tus piernas, un lugar sin duda protegido. Y tú ya debes ser camino o encina o jara…

Te encuentro en el sol que inventa una alegría ficticia… porque se llevó tu olor con tanto dejarnos girar ¡dos vueltas le hemos dado sin ti!, sin que nada se apague o quizá hay pequeñas velas que se han ido apagando porque te llevaste algo de luz, algo de esa capacidad de ser la reina del lugar, de hacernos sentir las reinas del lugar, aunque el lugar en cuestión fuese lúgubre y estuviera lleno de telarañas.

Vamos a llorar abrazados, a celebrar que un día anduviste entre nosotros y que ahora andas en nosotros. Porque aunque me he olvidado del calendario no se me olvida que tal día como hoy dejaste de ser y mucho se fue contigo. Pero nos seguimos cruzando, a menudo, y te saludo… por suerte, me llevo mucho puesto.

 

 

 

Vigías

Después de cerca de treinta años sigo sintiendo nostalgia del río, de vivir en una ciudad con un río grande, la humedad cuando cae la noche y estás cerca, las brumas matutinas, el otoño cayendo sobre el agua, mirar la corriente que es un poco como mirar una vida, pasar.

Hay un edificio en el que casi no he pensado y ayer por alguna razón volvió a mí, igual que el río. Puede que conducir de noche, tras un día de escalada, escuchando una canción de Neil Young… volar bajo no es muy recomendable…

Un edificio destartalado y sin encanto pero que en la parte de atrás tiene unas escaleras olvidadas que ya no van a ninguna parte, se oye el ruido de los coches cuando pasan por la autopista una cadencia repetitiva que es casi relajante, se ve la sierra a lo lejos, y alguien ha pintado grafitis en la puerta abnegada. Me dieron allí uno de mis primeros besos, en un atardecer otoñal, hace siglos de eso. Hace aún más de cuando iba a ese mismo lugar con mi padre, a un bar que hacía esquina y donde a veces me invitaba a una hamburguesa, o al cine que ya no existe (ahora creo que hay una tienda de zapatos, ¿contarán más historias los zapatos que las películas? seguro que sí) pequeño e incómodo donde vi la primera peli de mayores que recuerdo, una de Indiana Jones con mis hermanas y todos mis primos y me aburría tanto que me escapaba de la butaca y me ponía a enredar a gatas entre las piernas conocidas y extrañas.

En la rampa de entrada del edificio comíamos pipas y fumábamos unas adolescentes ávidas de conversación trascendental y superflua. Pasábamos de la metafísica al liso del pelo o del amor verdadero y único y para siempre al chico tan guapo que acababa de aparcar… y viendo pasar la gente se nos pasaban las tardes de invierno con olor a chimeneas y calefacciones y tubos de escape, el verano con el asfalto ardiendo y la rampa que nos quemaba el culo por culpa de las diminutas faldas que nos hacían pertenecer a algo o eso creíamos entonces… en primavera siempre estaba todo revuelto, como siempre pasa en primavera, y los almendros en flor quedaban demasiado lejos pero empezar a quitarse la ropa era una liberación en esa piel en ebullición. El otoño mojaba la entrada y a nosotras nos daba igual (siempre que no influyera en el liso de nuestro pelo) porque hablábamos de cosas importantes con tremenda naturalidad.

Después de mucha gente entrar y salir también nos movimos a otros lugares y otros mundos, dispersándonos, y esa entrada a ese edificio resultó ser punto de encuentro para partir a las paredes, y había adolescentes en la rampa mirándonos ir y venir mientras comían pipas y fumaban hablando de cosas importantes.

Y en el bar de Carlos debatíamos nuestros sueños, sin miedo a que se nos rompieran en pedazos, solo los poníamos sobre la mesa entre café y café y cigarro y cigarro antes de ir a trepar…

Recuerdo aparcar una furgoneta amarilla después de venir de correr y mirar un cielo de noviembre. Entrar en el bar de la esquina con la emoción de que iba a estar ahí, y ver el brillo que él veía en mis ojos, sentirme en casa en ese edificio destartalado y fuera de lugar. Predecir el comienzo de algo.

En las mesas altas con taburetes incómodos, hablar durante horas. Con amigos del alma, con él… pasando el tiempo sin prisa, de vuelta o de ida a alguna parte o simplemente permaneciendo, mientras alrededor todo cambiaba de lugar.

Y con el útero tremendo de vida desayunar hasta hartarme tostadas y café y notar que las sillas eran demasiado incómodas para un cuerpo transformándose.

Verla trepar por esos taburetes, golpearse con todo, porque no es un lugar adaptado para un bebé que gatea… y seguir hablando de cosas importantes, porque nunca se acaban por mucho que crezcas y los problemas son igual de intensos aunque parezcan más serios.

Hace tiempo que no entro por esa rampa, que no me siento en el bar de la esquina, que no aparco mirando la autopista y el cielo, o me escabullo a las escaleras abandonadas de la parte de atrás. Pero es mi lugar vigía.

Las paredes no se mueven, nosotros somos los que nos iremos algún día, y ellas seguirán ahí. Eso me esperanza, pensar en el trascurrir y en el misterio de lo que ellas verán cuando ya ninguno andemos aquí.

El edificio blanco y terrible, un cubo boca abajo en mitad de un cruce de muchos caminos, quizá también se vaya, como yo. De momento permanece. Y yo me muevo y me remuevo aunque él ya no me puede ver crecer.

Sin sentido

Tengo unos ojos que ya no saben ver. Cómo voy a mirarte a ti si tengo unos ojos que ya no saben mirar. Cómo voy a entender tu mirada con estos ojos ciegos de imágenes auténticas, plagados de copias y copias y copias y copias de las miradas de otros, de otras, de miradas y miradas que no son mi mirada.

Creo que ante un amanecer puedo ver. Imposible no mirar ese rayo de sol que, a primera hora de la mañana, hace dibujos en la pared y los dibujos, igual que las cortinas, se mueven con el viento.

Cómo voy a acariciarte con estas manos que no saben nada del tacto. Que llevan años tocando el mundo pero son infinitamente menos sabias al roce que tus manos.

En la roca pinchuda, a la que creo que subo esperando encontrar algo arriba, algo que se deje tocar que me deje sentir el tacto… poder ver desde lo alto. Puede que ahí sí sienta algo parecido a lo que tú debes sentir tocando un minúsculo grano de arroz, la arena de la playa, una mota de polvo, el barro, las baldosas…

Cómo decirte a qué huele este aire de otoño en mi olfato atrofiado de tanto que huele y huele sin pararse a olfatear como tú… Los almendros en flor, el sudor en la piel, tu olor recién llegada… me hacen conectar un poco con ese olfato del que tú no has desconectado.

Y si te hablo del gusto… sin saber que lo que tú degustas y deseas es realmente lo que necesitas mientras que mi gusto maltrecho en años de colorantes aromatizantes y mil mierdantes está muy por detrás del tuyo.

Los sonidos… la noche que te asusta en la que escuchas hasta el caer de esas pajitas que trae el viento. O las conversaciones en la distancia. O los aviones a lo lejos. ¿Puede ser que me haya acostumbrado tanto al ruido que ya no puedo oír? Y aún me atrevo a decirte desde mi sordera ¿me escuchas?

Y ya ni te cuento acerca del sexto sentido del que tanto habla todo el mundo pero al que no hacemos caso… intento que razones, darte razones que yo pueda (sin vista ni tacto ni olfato ni oído ni gusto) entender, que estén entre mis certezas sin comprender que tú portas tus propias certezas basadas en tu pulso interno, en tu escucha, tu mirada, tus caricias, tus olores y sabores y que tú ya estás formada. Vienes hecha sin necesidad de que yo te haga.

Desconozco quién vas a ser y además no me importa estoy deseando conocerte, vivirte, acompañarte.

Aun así insisto en prepararte, acondicionarte, asegurarte, lo que creo que es importante que entiendas y aprendas de este mundo. Un mundo que sin duda es el mío pero desconozco más qué tú cuál va a ser tu mundo.

Y tú me miras, disimulando, con el tacto suficiente para no decirme a la cara: mamá yo ya sé, ¿quieres que te cuente?

Y yo con estos pelos

Parecía que todo estaba roto o estropeado, pero ella quiso pensar que para ser subversiva en lugar de tanto hablar, pretender convencer o decir a los demás cómo deben hacer su vida, había que intentar ser la heroína de su propio cuento… al menos algunos días.

Quería vivir sin depender tanto de lo externo y material, sin depender tanto de todo el decorado que hace de nosotros y de nuestro mundo, de los demás y su mundo… una imagen: las cosas bonitas, las caras bonitas, lo perfecto, lo armónico… quería poder desprenderse.
Así que fue a casa de una amiga muy querida y le dijo que le cortase el pelo. No era peluquera ni lo pretendía pero no pensaba ponerse en manos de desconocidos para esa tarea, solo quería alguien en quien pudiera confiar. Alguien a quien confiarle su cabellera de tres años de vida. En ella había enredado los dedos ¡más de una persona!, y también había estado el viento y se había mojado con la lluvia, con el mar, con el sudor, con la saliva… solo flaqueó cuando la niña le dijo que se despidiera del pelo porque no lo iba a volver a ver.

–Ya pero volverá a crecer igual…

–Tú no lo sabes, a lo mejor te sale todo blanco…

Demasiado tarde, la larga trenza ya había sido muerta a tijeretazos.

Busca heroínas ficticias sin largos pelos, no las encuentra (a no ser que sean mujeres disfrazadas de hombres) está harta de princesas de pelos largos, de sirenas de cabellos brillantes, quiere ser su heroína particular: la de pelo rapado que a veces no actúa como el cuento se cuenta.

Esa que dobla la esquina por donde el viento silva, y pasa por el árbol caído y se encuentra un cielo en llamas. A lo lejos las siniestras agujas conglomeradas. Los dos, de la mano, no es un príncipe azul ¡menuda pereza! es un compañero de vida.

 

La misma que sube jugando con el viento que casi les arrastra. Sobre la cresta, el mar al fondo, el cansancio de un día de escalada, las cuatro juntas… dos madres y dos hijas mecidas por el viento. La caricia en la nuca, el soplar en la cabeza, sin pelo, le recuerda que todo lo que está fuera a veces nos desconecta de lo que llevamos dentro.

 

Aquella que escribe arriba, mientras abajo dibujan mundos en papel. Cada una con su taza de café, con su imaginario, compartiendo sin estorbarse. Le gusta sentirla cerca, como si las musas, al repartirse entre las dos, fueran más creativas y generosas.

Para ella ahora ni siquiera es importante el espacio que habita (que hace tiempo le parecía su reino) las paredes, el suelo, los cristales, las camas, las sillas… forman parte del mobiliario de las convicciones.

Renuncia a una ventana concreta desde la que mirar, sabe que en su cuento de brujas no es necesario asomarse a ningún sitio, a veces solo con cerrar los ojos y mirar para dentro y sentir el cuerpo, el movimiento espontaneo… el movimiento… el movimiento… la vida que se mueve… ese es su propio reino.

No quiere ser gobernada, ni siquiera por el subconsciente propio o colectivo. Sueña un anarquismo absoluto, una autorregulación total, buscar lo que viene realmente de ella… sus deseos auténticos.

Eso sí no piensa renunciar a un cielo en llamas. Ni a su compañía. Ni a la belleza de todo lo que le resulta hermoso sin adornos ni artificios. Y si el mundo se derrumba es cosa suya. Se queda aquí. Sin nada. Contigo.

Y en su cuento, cuentan, que dice una sabia mujer: ahora soy menos ficción.

 

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