En paradero desconocido

Había un lugar que nadie conocía.

Ella tampoco… o si lo conocía era de esos sitios misteriosos por donde has pasado una vez y te han cautivado, allí has vivido una hermosa experiencia: un beso, una despedida lanzada al aire… pero que por mucho que lo buscas en mapas, calles, fotografías ya nunca lo vuelves a encontrar. ¿Existió? Y como ha perdido todas las respuestas (Ella que creía que sabía mucho sobre sí misma) solo puede seguir dudando…

Paseaba descalza por ese lugar. A veces desnuda. En ocasiones acompañada por una Amiga justo después de la lluvia mientras la ciudad duerme. O con Él mientras la luna habla con el mar de esos secretos que luego cuenta el viento. O en una cabaña perdida sobre un valle de paredes de roca donde encuentra el refugio necesario, más entre sus mujeres que bajo su techo.

Se preguntaba (justo mientras hacía la maleta) por qué el mundo se había convertido en una especie de gran hermano que todo lo ve, y observa la vida ajena y necesita que se comparta la propia.

Una esfera, en un universo, donde los que inventan las maneras de hacer crean mordazas en lugar de alas. Un mundo.

Solía soltar frases del tipo “tododependedecómoseuse” confiaba en esa frase pero había algo dentro de Ella (quizá ese lugar al que no recordaba cómo volver pero que realmente le había resultado hermoso???) que intuía que lo uses como lo uses cuando existe ya no se puede no coexistir con ello y eso inevitablemente convierte el mundo en algo distinto y a ti en alguien diferente como pieza de ese mundo. Da igual si mejor o peor, no le gustaba hablar de mejor o peor, sabía que esas etiquetas variaban con el tiempo y envejecían mal y eran muy chaqueteras y no describían realmente nada de lo que sucedía. “Antes era mejor” antes de qué? Mejor que qué? En relación a qué? Para quién? Pero sí le gustaba decir: «antes no poder comunicarnos en la distancia hacía de las cartas un salvoconducto hasta tu corazón». «Antes cuando quedábamos en la plaza a las 3 tenía que estar porque quizá no habría otra oportunidad» y la gente se buscaba por las calles y cogían los trenes equivocados… esos que en ocasiones te llevan donde deseas ir.

A Ella le gustaba aquello que solo sucede una vez. Ni siquiera hay que repetirlo ni fotografiarlo ni contarlo… solo vivirlo con la fragilidad que se merece.

Ahora se sentía muy frágil, incapaz de vivir lo que le tocaba vivir.

Así que se guardó el secreto no fuese a cambiar de dirección al pronunciarlo al escribirlo al… En su estado solo ponía: en paradero desconocido.

Pensó en mandar una carta. Pero no tenía dirección donde mandarla ni tampoco remite.

Estaba muy mal visto no contestar mensajes que efectivamente había recibido hacía días o no coger el teléfono a pesar de que sonara insistentemente… pero es que ese lugar era donde a Ella le gustaba viajar. Un país inaccesible y plagado de paisajes, de silencios y sonidos, de olores… sin intromisiones ni fugas.

Ella era la chica de la sonrisa blanca que pasaba por delante… hace mucho tiempo antes de que los lugares cambiaran de forma y los dolores lo emborronaran todo. ¿Era esa chica? ¿Ella?

Quisiera viajar a ese lugar desconocido en el que Ella era otra Ella y lo demás estaba por pasar.

Necesitaba adentrarse también en el dolor porque le decía mucho de quien era, de donde estaba y de todo el camino que le faltaba por recorrer.

Y no hay suelo… esa era su única certeza ahora.

Nada a lo que agarrarse.

Un abismo bajo los pies.

Descubrió que vivir sin suelo tiene sus ventajas: ya no importa lo grande que sea el salto porque no hay ningún lugar al que caer. Y las volteretas pueden ser infinitas y removerte las entrañas y ponerte los pelos de punta (todos los pelos de punta) y desacomodarte y desmigarte. Y algo te conecta a la vida de manera muy intensa… una toma de tierra invisible.

También tenía sus desventajas: una textura a tientas que quizá tuviera algo que ver con lo de desmigarte… con la falta de solidez que alimentaba lo gaseoso y voluble de los sin suelo. Y también Ella al perder pie se redescubre una parte monstruosa y ruin y rota… el ogro que se escondía bajo la cama, ahora sin suelo no sabe dónde esconderse y sale no a comerse la oscuridad sino a zamparse la luz.

Entre tinieblas, a tientas, devorada, sin cacharro con el que avivar su nomadismo ya solo busca una cabaña perdida, desconectada pero bien acompañada, una casa familiar… y entonces el coche ambulante se convierte en un hogar cambiante… y como no hay suelo ni está en ningún lugar que pueda compartir solo va hacia arriba (cuando no hay suelo no está implícito que no haya techo) por las rocas, o hacia dentro en el agua.

Ahí sí se deshace en burbujas que depende de quien las mire pueden parecerse a besos a lágrimas o a mundos diminutos.

 

No todos los días

Veo el mundo de colores.

A menudo lo oscuro me parece que se come la luz.

No se está tan mal entre penumbras. Aunque solo sea porque desde ese lugar lo único que puedes hacer es permanecer o buscar algún claro.

No todos los días el amor es incondicional y el mundo lo encuentro en un grano de arena. Y puedo aceptar todas las miserias, y  mis miserias.

Y el viento mueve lo que encuentra a su paso pero a mí, no todos los días me tambalea su roce en la piel.

Vivir como quiero vivir no todos los días me interesa más que conseguir lo que quiero conseguir.

¡Es tan frágil la vida! La vida que se espera y se escapa.

Cutre a morir me siento esos días en los que miro desde arriba, en mi montaña.

No todos los días me doy contra esa pared, que es la mía. A veces fluyo por las paredes de roca como si la consciencia absoluta de mi cuerpo me ofreciera la oportunidad de desplegar unas alas.

No todos los días voy a paso de tortuga, a veces corro muy rápido, y es un gusto sentir el vértigo de la velocidad sostenida solo por el rozamiento del viento.

No todos los días soy capaz de apreciar tus zapatos vacíos en la entrada.

Y anhelarte y descubrirte y desconocerte y encontrarte.

No todos los días dejo que lo importante brote, y me empeño, me empeño, me empeño.

No todos los días como con hambre, duermo con sueño, escribo sin remedio, escalo sin límite.

Hay días que me siento como un pajarillo atrapado en la nieve.

Veo volar mis plumas entre pasillos de hospital, salas de espera, pantallas de ordenador, miedo, desapego… y me quedo desnuda, sin pelaje… temblando.

No todos los días lo hago sin premeditación. Y me desprendo de supersticiones y establecimientos y hadas y príncipes y todas esas mierdas que tengo tatuadas en las entrañas.

Y podría haber escrito más libros, escalado más vías, ganado más dinero… todos los días… pero entonces ¿quién habría mirado correr las nubes mientras haces dibujos en la arena?

Algunos días, como hoy, no hago absolutamente nada más que contemplarme como en un viaje inmóvil, íntimo… que me hace creer que todos los días caben en un solo e intenso instante.

Muchos días últimamente… pero no es todos los días… también sucede que personas, momentos, luces… te hacen pensar que las cosas pueden cambiar.

No todos los días me alejo lo suficiente del maniobrar mercantilista, bajuno, sobrepasado, patriarcal… del que en el fondo me siento tan lejos.

Algunos días veo así las cosas.

Otros los matices, las arenas movedizas, lo inevitable, lo contradictorio… me llena de esperanza.

No todos los días me sumerjo, la mayoría navego por la superficie.

Y hay días, como hoy, en los que me cuesta que el agua potable sea imbebible… como tantas incongruencias del sistema.

Y aceptar que también soy “el sistema”.

No todos los días soy capaz de ver que en ocasiones mis grandes fracasos han sido un éxito, que los supuestos éxitos han sido fracasos que lo abandonado en realidad ha resultado un comienzo… porque no hay final.

Yo que pensaba, yo que creía, yo que soñaba… No todos los días puedo apagar el ruido que me aleja de la escucha, del sentir, del mirar…

Y cuidar las ganas. Con mimo. Como ese latir delicado de un pajarillo en las manos.

Y algunos días tiro la toalla y me seco al sol. Tan a gusto.

No todos los días siento nostalgia del presente.

Hoy sí.

Echo de menos esos días en los que poso mi atención en ese instante que da sentido al tiempo entero.

 

Hilos invisibles

La alegría siempre tiene prisa.

No le apetece esperar a que la pena se marche de puntillas sin hacer ruido y por la puerta de atrás. Entra ruidosa, sin disimulo, abriendo todas las ventanas por las que inevitablemente también se cuela la insoportable primavera.

Le gustaría que tuvieran más respeto. Que no llegaran de cualquier modo y sin avisar como si no pasase nada. ¡No os dejé entrar! Dice gritando, y también llama a la lluvia, para que le ayude a refugiarse en un abrazo.

Y son cosas que pasan a menudo, dice la gente, con la misma inocencia de quien intenta consolar a un moribundo con la certeza de que todos vamos a acabar igual.

Pero lo peor es que no haya ni rastro. Ni por dentro, ni por fuera. Su cuerpo vuelve a ser el mismo, absorbiendo la muerte como un aspirador ansioso que solo quiere vomitar vida. Sus dedos vuelven a enlazarse entre las rocas.

Y todo se mueve igual, y la garganta suelta carcajadas inevitablemente, y la melancolía deja paso de nuevo a esa primavera tan provocativa. Pero hay algo que ha cambiado: observa desde lejos, fascinada, como la vida sigue.

El limonero hace una segunda floración que parece decir en un susurro algo mordaz: «querida, si es que estamos aquí para la vida».

Y deja paso a la alegría. Que siempre tiene prisa.

Mientras… se siente como un árbol que ha ensanchado sus fronteras, arraigándose sin límites de esos que los humanos inventan para definir su mundo y así poder sentir que encajan en algún lado.

No encajaba porque eso suponía pertenecer a un cajón y siempre quiso huir de cajones y casillas… aunque estaba de nuevo en la casilla de salida: qué emoción, qué vértigo, que miedo.

¿De dónde soy? Se pregunta. La respuesta no está en ninguna parte pero algo dentro de su savia transformadora le dice que no es de ningún lugar y a la vez es de todos. Será por los infinitos lazos que le unen a personas formidables,  tejiendo desde ese  ovillo que sigue guiando en mitad del laberinto,  incansable al hilo de la vida.

Sin duda durante un tiempo no muy largo pero sí muy intenso ha sido de ese lugar desde el que se ve el mar, donde en otoño las viñas son de color ocre y hay una casa de la que nunca sale nadie y una curva donde siempre sopla el viento. En el aparcamiento gentes inquietas que revisan lo establecido y ponen un mundo patas arriba a ver si así se sacude un poco. Y una montaña de arena con dos niñas y algarrobos como cabañas… y los hilos que se guardan aquí es difícil que se rompan igual que no se olvida ese paseo hasta el columpio gigante… junto a él que solo les miraba sostener la ilusión…

Lo esencial es invisible a los ojos, decía el Principito, y siguen tejiendo todo lo invisible con sutiles hilos que casi ni se ven, solo se sienten.

Se cargan la mochila de nómadas. En ella no quieren guardar nada menos importante que calcetines manchados de barro, mapas en blanco, blocs llenos de palabras que no existen en ninguna lengua, un mucho de alegría, pocas certezas, agua para las heridas, voces para el aliento, casi todas las aventuras, un tarrito para las lágrimas (que luego puede ayudar al tema de las heridas) un espejo para no olvidarse de mirar en él aquello que se esconde tan auténtico detrás de tanta imagen…

Y no están en búsqueda, hay un sendero (tortuoso, hermoso, difícil, floreado, duro, polvoriento) por el que transitan desde hace tiempo… solo que ahora quieren detenerse en un lugar donde la realidad sea más acorde a sus pequeñas almas.

Y es que siempre pensaron que lo pequeño era una medida más cerca de las personas.

Pero dejan un poquito de ellos por aquí y por allá, sin ninguna intención más que la de descuartizarse para que los restos sean hilos invisibles con los que otros seguirán tejiendo todo aquello que no se ve… pero que huele tan bien.

Se llevan mucho de esas gentes que les van regalando pedazos para nutrir los sueños… y cuando apriete el hambre y el camino se estreche tanto que casi se vuelva oscuro e indescifrable, sacarán de la mochila unos trocitos y comerán durante mucho tiempo de esos alimentos que casi ni se ven… pero que saben tan bien.

Un pitido… una voz que grita ¡viajeros al tren!

Y se suben con sus agujas y sus hilos. Mientras se alejan de un hermoso paisaje no ven la próxima estación.

Será que lo esencial es invisible a los ojos.

Entre las piernas

Un canal de vida.

Un viaje hacia la muerte.

El camino hacia el placer.

Un dolor que se extiende… el dolor… tensión… si destenso… otra vez el placer que trasporta la vida a este mundo inverosímil.

Y se escapa entre las piernas… la vida… y es de color rojo. Como las mejillas de una recién nacida.

Los campos llenos de amapolas, duelen.

Se fue entre las piernas… la vida… escurridiza, frágil, roja… el pedacito que cacé lo lancé al mar y así no solo las lágrimas eran de sal. No solo las olas se llevaron su nombre.

¿Quién trae los nombres al mundo?

Sería una gran pregunta en un mundo verosímil y habría una respuesta grande o, tan pequeña, que parecería invisible a unos ojos poco entrenados para todo lo que no se ve de cualquier manera… por suerte sus ojos, aún, ven todo lo que no se ve.

No lo sé… solo te soñé y te nombré y así ya existías.

Quizá, como las olas que te llevan, solo eres el despertar de un deseo, en tu breve camino tan presente.

Se fue entre las piernas… y ya no era portadora de vida… era la barca a la otra orilla… esa donde las olas chocan y todo es posible.

Porque ¿sabes? los nombres nacen de los sueños.

Y dice Elvira Sastre, en un poema que me palpita, como la sangre roja «te echo tanto de menos que en mi reloj aún es ayer».

Y es que ayer lo vacío estaba lleno.

Y ayer ya sabía que la vida y la muerte hacían juntas el camino. Ahora también sé que se tocan con la punta de los dedos, que son de color rojo:

Los mofletes de una recién nacida, las amapolas, el líquido por el que te diluyes.

Ahora sé que, por mucho que pare los relojes, la vida no se para.

Ahora me siento muy viva. Incluso con tu vida desperdiciada entre mis piernas.

Despegar los pies del suelo

Le hacía tomar perspectiva.

Y reconoce que es un deporte misterioso. Con tanto aire alrededor que en ocasiones parece que el espacio se derrama hasta el infinito.

Desafiando el equilibrio, la gravedad, las referencias comunes para “caminar” una absurda verticalidad que en ese instante (y en muchos otros) le parece lo único no absurdo.

Un mundo concreto y perceptible.

Sin miedo, con miedo, buscar su centro, su equilibrio que se descentra cuanto más lejos tiene el seguro de los pies o cuanto más lejos tiene los pies del suelo… el suelo… la tierra.

No parece el lugar en el que Ella quiere habitar.

Cuando no aprecia los ligeros cambios que suceden en un mismo y monótono paisaje es que no está prestando atención a los matices.

Hoy le impresiona esa amapola que ha crecido en el asfalto, sin que Ella se de cuenta. Como una isla roja.

Sabe que hay dos lugares que son sus preferidos:

Una roca y un libro a medio hacer.

Escribir es para Ella un lugar al que viajar, y además no está sola porque numerosos personajes la acompañan y se mete ahí, en su historia y en sus gentes, y permanece el tiempo necesario, no solo para avanzar en la historia, sino para equilibrar todo lo demás.

La roca. Que a veces es como un paisaje inexistente entre tanto asfalto entre tanta arena desmenuzada…

Entre tanto.

Intuye, como una premonición, que si cierra los ojos es ahí a donde viaja… al lugar en el que su cuerpo, su mente, la naturaleza y el otro se unen.

 

Recuerda el frío del amanecer, el horizonte irreconocible al abrigo de la niebla y el olor de su cuerpo silvestre, pero Ella nunca estuvo allí. Y siente como sus pezuñas rebuscan en la tierra húmeda, una tierra en la que nunca ha escarbado…  y aúlla a la luna y menea la cola.

Quiere ser esa Mujer Salvaje y sabe que si la deja, si se deja, un pedazo de vida también es para Ella… pero suele partir los pedazos e ir dejando miguillas (no sea que no encuentre el camino de vuelta) ¿y si es solo un camino de ida? Eso no lo pensó cuando empezó a desmenuzar el bocado, a lo mejor las miguillas son para que la encuentren ¿a dónde va tan decidida sin apenas mirar atrás?

Al cielo abierto.

A ser Ella.

A trepar y reptar y escribir y amar.

A escuchar.

A cerrar los ojos y dejarse llevar por el tacto.

A besar.

También quiere tumbarse boca arriba en una pradera que huela a musgo y enredar (durante mucho rato) una pajita entre los dientes. Cruzar los pies. Descruzarlos. Estirar las piernas. Doblarlas. Perderse en su voz.

Una mariposa revoloteando. Se acerca a ella delicadamente sin hacer ruido, alarga la mano con suavidad y deja que se le pose y le haga suaves cosquillas y luego la observa un buen rato viajar de flor en flor. Y la deja ir…

Y también Ella (la misma) corre alegre tras la mariposa y, cuando se posa en su mano, la intenta acariciar con los dedos y el polvillo de sus alas se le queda pegado a la piel, como un tatuaje con el que poder respirarla un poco más, ¡es tan difícil dejar marchar algo tan hermoso!

Quiere estar abierta al cambio y se mueve, inevitablemente se mueve, pero le entristece todo lo que su movimiento genera en otros, en Ella…

Y en el cielo se ve claramente la estela de dos aviones que parecen volar el uno hacia el otro en un imposible encuentro… le da lástima que solo puedan cruzarse para evitar el choque, sin dibujar jamás la estela de un beso.

¡Y está tan cerca! que cuando el viento sopla de levante huele a mar. Ya dijo Ella, al principio de todo, que el mar era apertura, así que ¡ahí va!

¡Abre las alas!

¡Que hermoso despegar del suelo y que el calor de la tierra se convierta en un viento fresco que hace cosquillas en los pies!

Y zarpar lejos… al profundo azul del mar abierto… justo en el momento de izar las velas.

 

 

Misterio

Uno de los grandes temas de la humanidad es qué habrá después de la muerte. Sabemos que nadie lo puede comprobar hasta que no le esté sucediendo, que nadie lo puede trasmitir, que nadie te puede traer una prueba, un estudio científico…

El gran misterio en un mundo desprovisto de misterios.

Quizá por eso me fascina, como me fascina todo lo que seré incapaz de desvelar.

A menudo me comentan ¿Qué querías contar en tu novela, en aquel texto? Me quedo un rato pensando, sin querer ser borde o desagradable. Lo que realmente me gustaría responder es: quería contar lo que he contado ¿qué has leído tú?

El espacio que me interesa a mí no es el que está entre la obra y el autor sino el que se encuentra entre la obra y el lector. Ese misterio que la gran lectora hace de todo lo que lee convirtiéndolo en algo propio. No me interesan demasiado las conclusiones intelectuales de quien lee, me importa todo lo que es incapaz de decir de lo que ha sentido leyéndolo, todas las preguntas que no se pueden formular porque están dando vueltas en la cabeza, aquello que se introduce en las entrañas y luego sale por algún otro lugar indescriptible… me interesa el texto que ha leído él más que el que he escrito yo. Me apasiona la incertidumbre de saberme incapaz de comprender lo que ha leído, cuál ha sido su viaje, porque eso solo lo sabe ella.

Y tantas palabras nos alejan.

No pretendo ser la dueña de las palabras… solo las uso cuando no sé cómo decir lo que necesito decir. Me gusta la comunicación entre lo que escribo y lo que se lee… todo lo misterioso que queda entre medias y se parece más a una mirada, un abrazo, un silencio.

Sucede lo mismo con la escalada. Saber qué es esta vía, cuánto mide, qué tipo de escalada es, cómo son sus agarres y por supuesto el gran temazo: qué dificultad tiene. Es muy útil, es parte del juego, pero a menudo me gusta jugar a otra cosa:

A trepar sin expectativas, sin triunfos ni derrotas.

A saborear todo lo que envuelve cada movimiento, cada duda, cada miedo.

Y disfrutar de ese diálogo interior a veces consiguiendo un espacio en blanco.

A subir y sacar mis conclusiones que muchas veces tienen más que ver con cómo estoy yo (emocionalmente sobre todo pero también físicamente por supuesto) que con lo que pone en una guía o lo que opinan los demás. Y desde luego para mí serán más reales.

Es una necesidad buscar referentes, un marco por el que moverse. Pero cada vez más siento la necesidad de que en la vida haya amor y misterio.

Me gustaría librarme de todas las certezas.

Y navegar hacia el misterio sin buscar la respuesta, solo sujetar esa puerta que se abre sin saber a dónde me lleva.

Transitar por la vida.

Consciente de que el camino es un continuo aprendizaje.

Me pregunto si seremos capaces de crear un mundo que no nos arroye. De luchar por sueños en los que también quepamos nosotros, entender que es imposible separar lo emocional, de lo intelectual, de lo motriz…

En ese sentido hace un tiempo que he aceptado mi ser integral. Si no me muevo como necesito, si no tengo el tiempo de reflexión que necesito, el tiempo de emoción que necesito… no funciono… para esto la escalada me resulta esencial, es lo que me equilibra, lo que consigue que todo lo que habita en mí encuentre su lugar. Y sino voy poniendo parches y tirando pa´lante porque claro ¡me enseñaron a ser una luchadora! a esforzarme mucho por aquello en lo que creo y blablabla…  pero a veces lo que se queda en el camino, en la cuneta del camino durante esa lucha que se instaló en mí, es muy hermoso porque a veces es la vida en sí…

Y siempre está esa duda colgada en el aire ¿cómo ser capaz de perseguir algo que deseas sin vaciarte? Quizá no existan respuestas y ese sea el misterioso terreno donde se entienden los sueños y las ilusiones con lo real… quizá solo haya que estar dispuesta a ser traspasada por la experiencia, abierta a la transformación, al aprendizaje, a la pérdida…

Lanzarse, sin más, al abismo de todos los misterios.

 

Abre la puerta…

Que la primavera ya está llegando.

Los almendros en flor me lo han dicho al pasar por esa casa de la que nunca sale nadie, justo en el alto de las viñas, desde donde se ve el mar y huele a romero. Sí, sí, al lado del cartel de hierro que chirría con el viento, en el desvío del viejo algarrobo.

Y traspaso la puerta en busca… de otros mundos, de rincones que sean más pequeños que este mundo ficticio, y si nos damos con el cielo en la cabeza (de tanto cielo) y nos balanceamos en el columpio gigante (tan gigante) parece que el mundo (el grande) se ha dado la vuelta.

Y al darse la vuelta se han desparramado un montón de historias por el suelo… las recogemos con delicadeza para que cada cual se meta en el bolsillo la que más le cuadre a su ser, a su vivir, a su crecer… las que sobran las dejamos perderse o las convertimos en volcán aunque haya quienes insistan en que se trata de una montaña de arena.

A algunas de las personas más pequeñas se las confunde con las piñas y las algarrobas, y aunque los adultos siempre tienden a adultar demasiado, dejan espacio para que las flores crezcan sin ser pisoteadas y no las riegan, solo soplan un poquito para que les llegue la humedad de los charcos cercanos. De los suaves soplidos a veces surgen lindas melodías.

Y estamos cerca del mar y de los árboles pero también soñamos en estar cerca de nuestra naturaleza amorosa, de un mundo en movimiento, y los conejos se pasean a sus anchas mientras las mantis hacen casas a nuestro alrededor… y puede que ya haya volado aquella mariposa. En el gallinero de momento viven las ocas y se espera que pronto lleguen las gallinas… y como es difícil esperar nos ponemos en búsqueda porque hemos descubierto que es nuestra mejor herramienta: buscar y buscar lo que realmente deseamos hacer con nuestra vida única, querida, irrepetible, fascinante.

Y en el solsticio de invierno hicimos una hoguera para quemar miedos y deseos y desde entonces a veces lo quemamos todo y bailamos cualquier cosa.

Los susurros conviven con los gritos y los cuentos con las canciones y las palabras con los números y las estrellas con las montañas y con ese rico olor que llega desde la cocina. Y como no espero nada de ti la esperanza nos sorprende por cualquier parte y la plantamos en el huerto y nos la comemos en el desayuno.

Vamos caminando agradecidas y doloridos y riosos, y soñadoras y enfadados y de cuando en cuando nos paramos a mirar la luz que se filtra entre los pinos, y dudamos buscando el equilibrio sobre una cuerda floja que separa tantos matices y ahí (donde habitan los matices) nos hemos construido una cabaña. Y no nos preocupa que a veces tenga cortinas de lágrimas.

Algún día nos vestimos con falda y bigote por si el mobiliario de las convicciones se puede mudar. Otro nos dejamos el pijama así quizá los sueños, en lugar de esconderse en las sombras, sigan en nosotros, aún mojados por la lluvia del amanecer.

Y debajo de una pesada piedra hemos descubierto que sin hacer todas las preguntas ni contar con todas las respuestas se anda con ligereza; encontrando y desencontrando, relacionándonos, aprendiendo, jugando, inspirando (sin aspirar). Montando y desmontando millones de torres.

Trabajamos juntos y hacemos viajes en solitario y elegimos el camino y, cuando se pone cuesta arriba, apretamos las piernas o nos acompañamos de una mano cálida o quizá sea que ha llegado el momento de correr a toda prisa y cuesta abajo para sentir el aire en la cara… sin que nadie me persiga ¡que yo corro muy rápido no me vayas a hacer caer!… pero gracias por abrirme la puerta y sostenerla no sea que, con esa fuerte ráfaga de tormenta, me golpee a la que vuelve.

Subimos paredes de roca porque hay quienes encuentran en sus bolsillos calizos un montón de secretos sobre sí mismos y a cerca del mundo que les rodea.

Y dicen las ardillas que al pájaro muerto se lo están zampando pequeños gusanos blancos, y un ejército de hormigas se lleva algún gusano a su agujero cercano y como estamos despiertos y vivos imagino que antes o después veremos planear un pájaro que alzará el vuelo con una hormiga en su pico…

Y así el movimiento sigue su senda sugerente, generoso… confiando… nos subimos a ella.

Resistencia

Me resisto a pensar que el mundo que estamos construyendo es este lugar artificial, que destrozamos de mil maneras, mientras cada cual va a lo suyo.

Me resisto a que nos preocupe tanto quién nos gobierna y tan poco quiénes somos y qué hacemos para gobernar nuestra vida.

Me resisto a resistirme a mis impulsos auténticos porque las convenciones sociales sugieren que no es lo correcto.

Me resisto a que querer sea posesión y control en lugar de aceptación y confianza.

Me resisto a vivir con miedo.

 

Me resisto a poner las cosas en una balanza porque a mí lo que me gusta es balancearme a poder ser: con el viento en la cara, el horizonte en la mirada y una cuerda que me separa de la muerte y me une al suelo, a ti, a la vida…

Me resisto a esta sociedad hipócrita en la que no sabemos ni cooperar con nuestra pareja, nuestra hermana, nuestro colega… y luego defendemos la cooperación internacional y las cooperativas como modelo sostenible.

 

Me resisto a tomarme demasiado en serio cuando las conversaciones del tren me agreden, el ruido de los coches me agrade, las prisas me agreden…

 

Me resisto a creer que esta manera de tratarnos los unos a los otros es lo que hay.

 

Me resisto a no estar en sintonía con el mundo de lo vivo y lo real. A no soñar un mundo sostenible donde solidaridad no sea un término.

A que el tiempo y el espacio me condicionen y a girar porque todo gire cuando solo quiero estar.

 

Me resisto a que cuidar a otros sea decirles lo que tienen que hacer en lugar de confiar en que ellos lo saben o tienen la capacidad de descubrirlo.

¿Quieres que vayamos de la mano a inventar mil maneras?

 

Me resisto a que mi cuerpo se acabe aquí en mis extremidades.

Y si los extremos se tocan ¿cómo es que estamos taaannn lejos?

 

Me resisto a que luchar sea el único modo… no estoy en lucha.

 

Me resisto a quienes me digan cómo debo vivir, cómo debo hacer, qué es lo mejor para mí… incluso si lo dicen con las mejores intenciones.

Me resisto a las expectativas que generan un montón de cosas que detesto.

 

Me resisto a que la rebeldía necesariamente tenga que hacer ruido. Y a que el silencio no sea una opción cuando no sé qué decir.

Y a que tu naturaleza y la mía, tan distintas, no encuentren un lugar común en su diferencia… quizá en un rincón soleado donde nos dejemos ser, sin pisar al otro, imponer al otro, convencer al otro… solo levantándonos un poco de nuestra silla cuando la convivencia y el amor lo requieren.

Me resisto a que nos escudemos en la tecnología como progreso y abandonemos el contacto: con la piel, con la tierra, con el cielo, con los árboles… porque siento que nos desvanecemos.

 

Me resisto a sentirme bien cuando echo un cable a alguien, como un acto superior o inverosímil, cuando debería ser lo normal.

Me resisto a usar las palabras debería y normal pero se me escapan.

Me resisto a TODO lo que me aleja de mi naturaleza amorosa.

Y a que educar a los niños sea llenar un cajón que creemos vacío con aquello que consideramos interesante… y es que el saber sí ocupa lugar.

 

Me resisto a que me acompañes dándome empujones ¿no has visto que tengo unas preciosas alas de colores? si quieres volamos…

 

Me resisto a que realmente no sepamos que todo es todos.

Y a convertir individualidad en sinónimo de egoísmo, aceptar de conformarse y luchar de no rendirse.

 

Me resisto a no inventar nuevas palabras para nuevos pensamientos.

Y a que tengas que ser como yo quiero que seas para sentirme bien siendo como soy.

 

Me resisto a que las modas, los decorados, los adornos, disfraces sociales… Digan realmente algo de quien eres.

Me resisto a resistirme a lo que me trasforma.

Y a que la vida no sea una aventura.

Y a que el objetivo consista en llegar a algún sitio en lugar del viaje en sí.

Me resisto a ti si tu manera de ser y de tratarme me daña.

 

Resisto resisto resisto con placer el peso de la lluvia y de los besos, de todo lo delicado que me ayuda a no darle la espalda al mundo.

 

Me resisto a convertir los referentes en dogmas.

Y a que naufragar no sea un buen comienzo.

Me resisto a no basarme en mi propia experiencia para sacar mis conclusiones y a vivir con los ojos cerrados.

 

Me resisto a que lo exterior: modelos, arquetipos, imágenes, tradiciones, espejos… condicionen nuestro interior.

¡Venga va!… te cambio resistencia por resiliencia.

Me resisto a desentrañar todos los misterios.

Y a que ser una hormiguita sea más valioso que ser una mariposa.

 

No opongo resistencia ni escudos ni muros… solo me voy muy dentro de mí, replegándome en mi crisálida… sola… silenciosa… no estoy en lucha.

 

 

Mientras tanto

Me gustan los gatos porque no se dejan domesticar, siempre esconden dentro su lado salvaje.

Me gusta lo salvaje por lo que guarda de auténtico, pertenencia a una raza en la que quizá lo que en otras se considera negativo en ella es una virtud o una expresión.

Ella nunca se ha dejado domesticar. Con su nombre de flor, hubo un tiempo en que se le escapó la primavera. Pero nunca se ha dejado domesticar.

 

Mientras… me duele cuando lo agarro y también cuando lo suelto como si el miembro fantasma tuviera aún el recuerdo de ese roce. Igual que si agarras en la mano muy fuerte una pelota y la dejas ir… sigues sintiéndola aunque no la sostengas.

Dejar ir. Para sentir. Para que no se escape lo esencial, lo que queda cuando no lo agarras.

 

Mientras en el mundo los tiros se tragan libertades y colores y humor. Ella sobrevive a pesar de todos los dioses. Siempre que no intentes vestir su piel desnuda, porque Ella los disfraces no los sabe usar.

Y pasábamos entre los toros bravos y Ella sin miedo pedaleaba con fuerza, me quedaba atrás con mis piernas cortas y frágiles, el corazón late como un caballo desbocado… a su lado todo es un caballo desbocado. Pero es imposible tener miedo porque Ella le habla cara a cara y en el lado salvaje lo salvaje se entiende. El problema es cuando intentas domesticarla…como una flor en invierno junto a una ventana que solo capta un débil rayo de sol.

Me duele hacerle fuerza y que arañe y me duele también cuando se resbala. Me duele cuando no me deja entrar y también cuando se deja ligeramente, entonces puedo hacer la fuerza que necesito para estar ahí. Agarrada a un monodedo en una pared gris y naranja de roca caliza y mientras tanto me da igual todo lo que se cae en el mundo… yo no caigo.
Y un diente se desprende como una metáfora de lo doloroso que se hace a veces que el tiempo sea imparable, que la vida sea imparable en su camino.

 

Me gustaría meterme en el cuerpo de fuego de Ella ¿cómo se sentiría en un mundo en blanco y negro siendo Ella de colores?

 

Y debajo de la manta hay un mundo.

De pies y pieles y respiración acompasada.

Y debajo de la manta sobra utopía y lo ordinario se viste de bruja. Esa bruja que en una cuerda me deslizaba por la ventana para dar de comer a los gatos salvajes porque Ella nunca se dejaba domesticar. Y en otro mundo habría tenido su reino pero en este ser de colores duele. Y solo nos queda correr por los tejados.

 

Silencio: ni un pájaro, ni el ladrido de un perro, ni una carretera lejana, ni un avión sobre-volando-nos… silencio total… justo en el ruido de la navidad.

Y como el ruido a veces nos silencia pues caminamos hasta esa pared y en el recorrido huele a romero florecido y caben todas las historias, esas que cuentan que estar con Ella es emocionante porque siempre pasan cosas; la gente más inesperada, las aventuras espontáneas, su energía atrae la catástrofe y la alegría.

 

Cuando estoy al pie y toco la roca el aire me dice que estamos en invierno y el sol que la primavera se lleva dentro. Decido guardar mis prejuicios donde no los vea, así que solo busco mi mejor camino, sin pensar. Intento volver al cuerpo, rescatar algo en ese ascender, en ese pasadizo de espejos con formas de regletas y chorreras y agujeros… rescatar mi espíritu gatuno, porque aquí (como Ella en cualquier parte) no soy un animal doméstico.

 

Y mis ovarios bailan al ritmo de la luna llena… mientras el mundo está a veces en sombra otras en sol… en ese claro de luna mi mundo (los tres camino de una casa con ruedas acompañados de recién nacidas y de nómadas) es hermoso, aunque sea un mundo sin respuestas.

Le agradezco al jabalí entre los arbustos que decida no cortarnos el paso. Y donde se esconde el manantial huele a lluvia y el olor se nos pega en la nariz.

Mientras tanto Ella no se rinde, con esas uñas de gata salvaje que se aferra a un mundo del que a veces es fácil caerse si no quieres que te domestiquen. Y yo me agarro a las rocas y así, como dice la canción, “No hay quien nos rinda”.

 

De un Fuego un Viento y una Casa Vacía

El fuego era apenas un rescoldo. Hurgando en las brasas con un palo de hierro se podían ver muchas cosas… en esos maderos quemados había otras vidas, la sabiduría de un árbol caído y muerto y ceniciento, como un ciclo vital que te transporta a su propio viaje.

Una casa vacía:

Solo habita el ordenador sobre la mesa: solitario, inmóvil, innecesario si nadie lo teclea… aunque el mundo imaginario y de ficción le parece necesario, Ella es una total defensora de la realidad, lo que se experimenta con el cuerpo: coger leña, tocar tierra, subir por una pared de roca donde lo esencial y lo animal y lo espontáneo del movimiento se sincroniza.

Dicen los expertos que durante la infancia necesitamos la materia, que el aprendizaje sobre nosotros mismos y el mundo se realiza a través de los sentidos y las emociones. La fuerza vibrante de un niño está en lo que oye, lo que ve, lo que toca… La fuerza de Ella también está ahí. Aun así se sienta frente al ordenador porque sabe que la mente es virtual, inventa realidades a base de interpretar, reflexionar, asociar, analizar, evaluar… porque su imaginación la viaja a tantas vidas y lugares que sabe que ahí también quiere estar, y es entonces cuando la tecnología puede convertirse en una aliada, siempre que tenga cuidado y no se enganche a la “virtualina”, sustancia seriamente adictiva.

Porque Ella tiene necesidad de presencia, de mirar a los ojos, de hablar con el de al lado y aprender a convivir, tiene necesidad de que al otro lado de unos ojos no haya una pantalla: de móvil, de ordenador, de televisión…. ir por la calle cruzando miradas.

Necesita ver, detrás de una voz, una garganta por la que observar el pasar la saliva en un trago amargo cuando nos cuenta algo doloroso, en un tragar apresurado de emoción, en un pecho que se hincha en un suspiro… Ella necesita poder escuchar solo viendo, ese lenguaje que por teléfono, por teclado y emoticonos es imposible hablar.

El tiempo no es lineal, ya lo dicen los nuevos científicos; el futuro es una incógnita y será lo que queramos que sea. Ella reflexiona que el progreso tecnológico no es bueno en sí mismo, eso nos lo han vendido los que se benefician de él. El progreso en el que Ella cree es el proceso social que nos permite estar cada vez más cerca de nosotros mismos, de la fuerza de la vida, de nuestra naturaleza amorosa, de los demás… Y trabajar por entendernos por aceptar la diferencia y vivir juntos y re-vueltos y gritones y silenciosos y gestionando las necesidades, los deseos y los miedos. Y darnos cuenta de que casi nada de lo que nos importa tanto tiene tanta importancia… porque una casa vacía,en ocasiones, es una cápsula donde nos escondemos cuando no nos sentimos capaces de estar.

Mirar por la ventana siempre le parece que es mirar un tesoro, pero hoy la luna llena sobre el cristal empañado de la furgo o entrando por la habitación… vuelve lo de fuera de plata y hace el tesoro más brillante y más blanco.

Y en los días de lluvia, entra bajo la puerta un viento remoto. A veces viene del mar, otras de los montes lejanos y enormes como catedrales imaginarias de diosas imaginadas.

El viento agita el fuego, que dibuja en la pared naranja una película de sombras chinas con los objetos de la estancia, sombras en las paredes y el techo, que se cruzan las unas con las otras por las esquinas y a veces se funden o desaparecen a vivir su propia vida sombreada y cambiante… o quizá el viento las deshace al tirar ráfagas de lluvia contra ellas o puede que el fuego las derrita en su danza arcana… y de pronto las sombras se hacen pequeñas y vuelven a recogerse… el viento ha cesado… las sombras mueren y una tenebrosa soledad regresa a esa casa vacía. Con un silencio ligero en el que unos pasos ausentes casi podrían oírse.

Pero la casa se llena de nuevo. De todas las vidas. De pasos fuertes y pisar sutil. Y el ciclo del árbol que crece en el jardín, que se derrumba con la tormenta, y alimenta la chimenea le parece hermoso, y Ella poco a poco va conociendo la leña: la que da llamas tristes y la que da llamas alegres, la que hace hogueras fuertes y oscuras… El fuego que danza con el viento, el que se lleva las sombras, el que calienta y hace olor a leña y viene desde el bosque para llenar la casa de todas las vidas.

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