en Cajón desastre

No todos los días

Veo el mundo de colores.

A menudo lo oscuro me parece que se come la luz.

No se está tan mal entre penumbras. Aunque solo sea porque desde ese lugar lo único que puedes hacer es permanecer o buscar algún claro.

No todos los días el amor es incondicional y el mundo lo encuentro en un grano de arena. Y puedo aceptar todas las miserias, y  mis miserias.

Y el viento mueve lo que encuentra a su paso pero a mí, no todos los días me tambalea su roce en la piel.

Vivir como quiero vivir no todos los días me interesa más que conseguir lo que quiero conseguir.

¡Es tan frágil la vida! La vida que se espera y se escapa.

Cutre a morir me siento esos días en los que miro desde arriba, en mi montaña.

No todos los días me doy contra esa pared, que es la mía. A veces fluyo por las paredes de roca como si la consciencia absoluta de mi cuerpo me ofreciera la oportunidad de desplegar unas alas.

No todos los días voy a paso de tortuga, a veces corro muy rápido, y es un gusto sentir el vértigo de la velocidad sostenida solo por el rozamiento del viento.

No todos los días soy capaz de apreciar tus zapatos vacíos en la entrada.

Y anhelarte y descubrirte y desconocerte y encontrarte.

No todos los días dejo que lo importante brote, y me empeño, me empeño, me empeño.

No todos los días como con hambre, duermo con sueño, escribo sin remedio, escalo sin límite.

Hay días que me siento como un pajarillo atrapado en la nieve.

Veo volar mis plumas entre pasillos de hospital, salas de espera, pantallas de ordenador, miedo, desapego… y me quedo desnuda, sin pelaje… temblando.

No todos los días lo hago sin premeditación. Y me desprendo de supersticiones y establecimientos y hadas y príncipes y todas esas mierdas que tengo tatuadas en las entrañas.

Y podría haber escrito más libros, escalado más vías, ganado más dinero… todos los días… pero entonces ¿quién habría mirado correr las nubes mientras haces dibujos en la arena?

Algunos días, como hoy, no hago absolutamente nada más que contemplarme como en un viaje inmóvil, íntimo… que me hace creer que todos los días caben en un solo e intenso instante.

Muchos días últimamente… pero no es todos los días… también sucede que personas, momentos, luces… te hacen pensar que las cosas pueden cambiar.

No todos los días me alejo lo suficiente del maniobrar mercantilista, bajuno, sobrepasado, patriarcal… del que en el fondo me siento tan lejos.

Algunos días veo así las cosas.

Otros los matices, las arenas movedizas, lo inevitable, lo contradictorio… me llena de esperanza.

No todos los días me sumerjo, la mayoría navego por la superficie.

Y hay días, como hoy, en los que me cuesta que el agua potable sea imbebible… como tantas incongruencias del sistema.

Y aceptar que también soy “el sistema”.

No todos los días soy capaz de ver que en ocasiones mis grandes fracasos han sido un éxito, que los supuestos éxitos han sido fracasos que lo abandonado en realidad ha resultado un comienzo… porque no hay final.

Yo que pensaba, yo que creía, yo que soñaba… No todos los días puedo apagar el ruido que me aleja de la escucha, del sentir, del mirar…

Y cuidar las ganas. Con mimo. Como ese latir delicado de un pajarillo en las manos.

Y algunos días tiro la toalla y me seco al sol. Tan a gusto.

No todos los días siento nostalgia del presente.

Hoy sí.

Echo de menos esos días en los que poso mi atención en ese instante que da sentido al tiempo entero.

 

  1. Y aceptar que también soy “el sistema”. El sistema es un embudo que todo lo atrapa y aunque no quieras te empuja hacia su centro y a que pases por la parte más estrecha. Evitarlo, nadando contracorriente, es agotador. Yo me rendí, puede que sin llegar al agotamiento, pero cuando por fin te dejas llevar, uno se da cuenta de que no es tan malo, y que dentro del estrecho canal del embudo hay hueco para pequeños sueños y conquistas.

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