en Cajón desastre

Veneno

Lo noto, por todo el cuerpo. Intento que no se extienda, intento que se diluya, me aferro a estrategias practicadas durante mucho tiempo y -mientras una suave brisa me alienta y el río abajo murmura- me resigno: hay que sufrir el reposo.

La piel me duele porque he ido tan al límite en la zona dura del desplome que he lanzado desesperada, reteniendo la roca caliza con los pellejos de los dedos que ahora se quejan en este intervalo de calma, donde todo se para, justo cuando he conseguido regular la respiración.

Todo se para menos mi cabeza que va viajando a la secuencia que tanto me cuesta allá arriba, donde la roca cambia de color. La paro porque sé que tengo que estar aquí y ahora, cada lugar, cada momento… concentrada, intensa. Si me anticipo me voy a caer, como otras tantas veces me ha pasado allí arriba, donde la roca cambia de color.

Los músculos del antebrazo se hinchan como si les hubieran infiltrado litros de veneno.

Y viajo por distraerme a nuestro castillo ambulante, y a las perlas que rescatamos de cada día como una hamaca en una terraza desde la que ver la negrura granítica de La Pedriza… o el halcón de roca, el castillo abandonado y la montaña con dos culos. O buscar tesoros escondidos en los bosques cercanos al mar…

Pero el veneno no se va, así que le abro paso, le digo: vale, venga, atraviésame, quédate ¡haz lo que te plazca! yo pienso seguir para arriba como si no estuvieras. Hasta que se me abra la mano o el codo pretenda acariciarme la oreja.

Sé que mañana me levantaré con los dedos doloridos y los pies hinchados. Quizá el río me despierte en mitad de la noche o la lluvia sobre el techo como agujas de cristal. Y seguiré durmiendo, tan tranquila, deseando que suene el despertador para levantarme cuando el río está bajo y las lavanderas se acercan a beber. Lavarme la cara en el agua helada y, aunque en este valle apretado no hay mucho cielo, sí el suficiente para mirar hacia lo alto y ver una pareja de buitres que se posa en la repisa de siempre.

Ya son dos bolsas gigantes de ropa sucia. Las zapatillas rotas, los pies de gato sudados, unas cajas de comida cada vez más escasa… ¡Cómo me puedo sentir tan rica con tan poco! Y me acuerdo de nuestra última lectura común mientras viajamos por paisajes infinitos en un viaje que aún continúa: Momo. Pienso en los hombres grises, ladrones de tiempo, y en la frase escrita por el mago Ende «porque el tiempo es vida y la vida reside en el corazón».

Esa es mi riqueza, este tiempo detenido en el último reposo.

He conseguido llegar al último reposo donde no consigo que el corazón, ahí donde habita mi tiempo, deje de latir como un caballo desbocado.

Y es que el tiempo en ocasiones es como un puñetazo en la mesa.

Mi casa es un refugio de chapa. Y tiene una bandera pirata que pintó la pirata salvaje que la habita, con tres mariposas para mí. Por la tarde el río va cargado y rápido y el sol hace brillar la superficie como si fuera de purpurina. Entonces nos bañamos.

Aún me queda para ese baño regenerador, tengo que salir del reposo y afrontar la zona que me da miedo y que me hace caer. Antes de salir me hago el firme propósito de no aferrarme a mi miedo, dejarlo ir como he hecho con el veneno insuflado a mis antebrazos.

Me siento ligera a pesar del cansancio, en la última chapa se refleja el sol, pero no dejo que eso me paralice, al contrario, con el sol viene un viento fresco que me revuelve el pelo y me recuerda al otoño y dejo de pensar ¡por fin! confiando en los gestos, en el cuerpo, en el silencio, en la vida…

Subo los pies, agarro la regleta pequeña con izquierda, subo más los pies, cojo la chorrera con derecha y lanzo al canto como si el miedo fuera veneno y yo fuese una pluma que vuela en la superficie dorada del río, allá, mucho más abajo, donde la vida no se para.

Y me pierdo en esa imagen de la luna iluminando la pared. Si miro la línea oscura que dibuja el contorno de la montaña recortada en el cielo, me da vértigo, como si viera el abismo detrás del cielo. Como si cayera en esa última chapa. Como si el tiempo, realmente, fuese un puñetazo encima de la mesa.

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